Entre dos tramos

Está lloviendo pero quedo con mi vecina de enfrente para tomar café y mientras el líquido negro se convierte en una sucesión de cañas el bar se transforma en un hervidero de enanos: hay una fiesta de cumpleaños de algún crío y nos alborota una marabunta de niños diabólicos de entre cinco y diez años armando jaleo con globos y disfraces. Mientras pienso qué fácil es ser crío y preocuparse sólo por los colores y sabores de la bolsa de golosinas, mi vecina y yo coincidimos en odiar a los gnomos y decidimos huir despavoridos de los monstruos diminutos que corren a nuestro alrededor.

Nos refugiamos de la lluvia en el bar de un viejo amigo mío y entre anécdotas familiares y chistes de Forges, ronda tras ronda, van apareciendo amigas de mi vecina; primero una, despistada, luego dos surgidas de improviso y al cabo se llaman entre ellas y acuden más chiquillas de su edad que no conozco. Y, en una insólita perspectiva de contemplación áurea de mi propio yo, me dibujo durante una tarde entre dos tierras.

Por un lado, una colección de jovencitas de entre dieciocho y veintidós años con las que hablo de depilación, crema hidratante, vestidos de fiesta y cotilleos varios; por el otro, en el lado opuesto de la barra, mi amigo frunce el ceño ante un amasijo de facturas, cartas y recibos que está colocando ordenadamente en archivadores: con él hablo de dinero, hipotecas, gastos y recuerdos.

Hay algo absurdamente contradictorio entre la fragilidad inmadura de estas chiquillas alocadas que me ríen las gracias como si fuera la primera vez que las oyeran -quizá sea así- y el discurso sereno y ligeramente apesadumbrado del dueño del bar, que es de mi generación y cuya evolución económica y social conozco desde hace más de quince años, y que compadezco y comprendo. Los quebraderos de cabeza de la vida adulta independiente no se los deseo a nadie. Ellas viven con sus padres y su máxima preocupación es quedarse embarazadas con el chico de la otra noche; él está pensando en la nómina de sus camareros y en a quién debe votar para arreglar el país.

Adoro los contrastes pero este es tan cercano, y al mismo tiempo tan diametralmente opuesto entre sí, que me asusta comprobar que hay franjas vitales que cruzamos sin darnos cuenta. Pero lo verdaderamente aterrador es un anciano al final de la barra, a solas refugiado en su vino, que no parece querer saber de nada ni enterarse de nada pero de vez en cuando levanta la vista, como buscando. Me pregunto qué busca y si podrá alcanzarlo alguna vez. No todas las barras de bar son iguales.

Y entre niños disfrazados, jovencitas risueñas, autónomos endeudados y viejos pensativos, contemplo con qué facilidad pasan los años, las experiencias y los sueños. Hay una primera vez para todo y también una última. Mirando a mi alrededor, hablando con unos y con otros, me gustaría saber dónde estoy yo. Y lo que es peor: me gustaría saber dónde estaré en unos años. Los ciclos vitales son tan fugaces como las dudas y los orgasmos: se autodestruyen cuando se acaban.

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