Fin de año (epílogo)

ciervo blanco club del libro

– ¿En qué fecha estamos, Carolina?

Me lo pregunta en ese tono que al principio identificaba como de preocupación, pero que hoy reconozco como rutina médica edulcorada con algo de exasperación, según el día.

– 17 de diciembre de 2015 -respondo, complaciente.

– Bien, bien. Se acerca Navidad y el año nuevo. ¿Vendrá a visitarte tu familia?

Contesto con un “sí, claro” en forma de murmullo. Me hubiera gustado pasar las navidades en casa, pero él me mantiene encerrada. Dice que me hace falta. A veces, cuando grito, dice que me hacen falta también las correas.

– Carolina, ¿cómo va tu estado?

Es un eufemismo. Llama “estado” a las cosas que cuento. Siempre me pide que le hable de mi vida, de mis cosas. Me está enseñando a identificar “el estado”. Para él, para ellos, cuando hablo de ciertas cosas mi estado “va mal” y cuando hablo de ciertas otras “va bien”. Como si hubiera diferencia entre lo malo y lo bueno. Entre su realidad y la mía.

– No sé. El otro día, en el taller de escritura, hubo un par de personas que me miraron raro, creo que quizá…

– ¡Carolina, por favor!

– ¡Es cierto! Puede que esté un poco paranoica, y que no me miraran tan mal, pero al menos a una de ellas, seguro, no le gustó mi relato; y otro me tiró los tejos, creo, porque me hablaba de quedar un día a leer no sé qué juntos. Igual sólo estaba siendo majo, no sé. Que a veces confundo lo que me dice la gente, lo sé, un poco de paranoia, a lo mejor.

– Carolina, hemos hablado de esto antes -levemente exasperado. A veces se frustra conmigo, pero no sé por qué, sólo intento comprender-. Lo que percibes no…

– Sí, ya digo que a veces me confundo con la gente, igual sus intenciones no son las que yo interpreto, y…

– Para, por favor. Otra vez, repasemos tu estado: ¿este taller de escritura al que acudes…

– Ciervo Blanco.

– Sí. El club del libro Ciervo Blanco. Que también convoca encuentros de escritores, ¿no?

– Eso es. Es verdad, ya lo hemos hablado antes. Llevamos unos textos que hemos preparado con antelación en base a disparadores creativos que nos da el organizador. Y los leemos en voz alta. Luego votamos al que más nos ha gustado, aunque no sé para qué, porque siempre gana una tal Eva. José también, cuando está inspirado. Personalmente, los relatos que más me gustan son los de Juan y Petra. Al que lleva el club, Adrián, no le podemos votar. Tampoco lo haría nadie, de todas formas, porque escribe de pena, pero en fin. Y cuando se nos ocurre algo, a veces comentamos los relatos, nos criticamos, nos alabamos… es divertido. Después, si hay tiempo, improvisamos algo con otro disparador, otra foto que Adrián nos enseña en un iPad. Para mí es la parte más difícil, hay que pensar rápido, pero siempre sale algún texto bueno en esta segunda ronda. Y últimamente están viniendo narradoras a leer los relatos, dobladoras profesionales que también tienen programas de radio, y que…

– Ya, ya. Gente famosa.

– No, bueno, es sólo que se dedican a eso, y…

– Entiendo. Carolina, efectivamente, ya hemos hablado de esto. Toda esa gente, Ciervo Blanco, el club, los talleres, nada de eso es real.

– Pero cómo no va a ser real.

Quise añadir: gilipollas. Cómo no va a ser real, tarado. Pero me callé. Me subían las dosis cuando decía esas cosas y luego me quedaba jilgorio, se me caía la baba. Literalmente, se me caía la baba con la medicación. No tenía sentido discutir. Para él tampoco, así que no lo hacía, sólo intentaba enseñarme lo que él llamaba “el camino”. Siempre hablaba así: el camino para identificar esto, el camino para entender esto otro. Para él el camino era que yo estaba loca y él lo sabía todo.

– Es real -afirmé-. Son reales.

– Carolina…

– ¿Y todos los textos, todos los relatos que escriben? ¿Me los invento yo? ¿Y las cañas al salir de los talleres? Por Dios, no tengo tanta imaginación. Podría escribir una novela si la tuviera, en lugar de relatos de trescientas palabras.

– Verás, llevas ya un año tomando esta medicación, y no parece que esté surtiendo efecto. Al contrario, los efectos secundarios te resultan difíciles de tolerar, parece.

– No lo parece, lo son -le encasqueté.

– Sí, lo sé. Quizá haya llegado el momento, un año después, de cambiar a otra medicación. Hay un nuevo fármaco, recién salido de la fase experimental, que quizá pueda ayudarte a…

Carolina

…equilibrar los niveles de dopamina que en este momento…

Carolina, ¿estás aquí?

…no te permiten percibir la realidad tal y como es…

Carolina, que te duermes, coño.

Ah sí, perdonad, estoy aquí.

Estabas leyendo tu relato, pero te has quedado callada al terminar.

Sí, estaba imaginando… pensando en una idea para una historia, me he quedado embobada. Se me ha ocurrido jugar con la locura, esquizofrenia paranoide diagnosticada de tipo II, un hospital psiquiátrico con macetas repletas de geranios rojos y begonias rosadas en las ventanas, ventanas que no se pueden abrir salvo por los celadores, aunque sólo Carlos, el peruano que lleva viviendo dos años en España y planea casarse en tres semanas y teme perder este trabajo en la planta de psiquiatría, las abre a diario para nosotros, estos talleres, camas con correas a las que atan a los pacientes más agresivos, como a Laura el otro día porque no le gustaba el pollo, que sinceramente estaba sosísimo, siempre le ponen poca sal, mezclando realidad y parte onírica, componentes de realidad con ficción, todo entremezclado.

Podría funcionar.

No da en trescientas palabras, eso sí.

… y es muy posible que la nueva fórmula de estos laboratorios funcione mejor en tu caso, a juzgar por las últimas pruebas clínicas y la peculiaridad de tus síntomas. Vamos a empezar con una dosis progresiva de transición, y si en quince días hemos notado mejoría podrías estar de vuelta en casa con la familia para Reyes. ¿Qué te parece?

– Muy bien, doctor.

– El año que viene será mejor, ya lo verás.

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