Hay tristeza en la noche de hoy

Hay tristeza en la noche de hoy. No en mí, no. En la noche. En lo que significa. En lo que se ha perdido. Porque no habrá más luchas desde posiciones desiguales. No habrá más posiciones estratégicas de igualdad obtenidas por mero orgullo. No habrá más tablas. Ni habrá más guerras. No habrá cansancio, ese cansancio de quien pasa ocho horas clavando trozos de hierro con un martillo y al salir le duelen los músculos del brazo por mera monotonía. Los mismos senderos recorridos una y otra vez: todo es igual y repetido en un círculo vicioso inacabable; en un bucle sin fin. En ese bucle. Y todo da igual. Porque al otro extremo de todos los puentes, al final de todos los caminos, el resultado ha sido siempre el mismo. No, no es una estafa: es sólo recorrer a ratos andando, a veces corriendo, en ocasiones parando a recuperar el aliento –pidiendo tiempo a un adversario demasiado benevolente- una circunferencia que no lleva a ningún lado. Si algo ha cambiado, ha sido mi enemigo. Mis queridos enemigos.

Arrastro sobre mí la historia de una batalla sin par, de un encarnizado combate por nada en absoluto. Y si algo he de lamentar es, como siempre ha sido, la nostalgia de lo que nunca jamás ha sucedido y no, no hablo de ella, ni de ti, ni de eso: hablo de la decepción de no haber encontrado al adversario que me venciera en justa lid. Hablo de no haber encontrado adversarios en absoluto, en mi agotado navegar.

Porque en los mismos ojos en los que encontré ira y odio y locura hallé también una bondad velada que no significaba nada y lo complicaba todo. Porque donde creí ver grandes muros de inamovible hormigón armado resultó haber paredes de paja a las que con mirar dos veces se hacía caer. Porque mis gigantes disparaban con me gustas cuando callas de aire. Donde la lucha implicaba sociopatía, monstruosidad y crueldad, acabé por enfrentarme a seres humanos dotados de sentido del humor, de magia blanca y de juegos para niños a escondidas.

Y amé a todos los que debí odiar, y odié a todos los que debí amar. Señores y señoras, miembros de tribunales de aire, satánicos ejecutores: no se puede ser cruel y apelar al odio cuando intuyes compasión en aquellos con quienes luchas. Comprendan lo que digo: siendo más joven solía llevar una navaja cuando salía a la calle. Hace muchísimas noches tuve ocasión de usarla contra otro ser humano y no lo hice. Recibí una paliza y me comí mi orgullo, pero no usé la navaja aquella noche, con aquel chico, ni lo haría nunca. Ustedes, que me leen y no, saben por qué. Lo saben.

El error de todo humano es juzgarse en base a la mirada de quienes tiene enfrente. Son las gafas de sol de cristales de espejo en las que te reflejas. Pero es también el corazón, esa palabra baúl, que imaginas más allá de la mirada, del espejo y del reflejo. Corazón puede ser, y sin duda ha sido en los sangrientos campos de batalla de océanos de código, un concepto fuera de lugar, desconcertante, cuando se habla de odio, de rabia y de muerte. No se puede estar en misa y repicando. No se puede atacar con dardos pretendidamente envenenados al tiempo que se sonríe con simpatía, esperanza y bondad. Si algo, en algún momento, me hizo volverme completamente loco, perdido, herido, muerto, fue precisamente eso: no saber si mis enemigos lo eran, porque se comportaban como tales mientras, con un gesto amable, ofrecían una puerta para un niño raro.

Los niños raros sobrevivimos, como las cucarachas, a las lluvias radiactivas y a todos los disparos. Y, como los pájaros, cuando se nos intenta pisar volamos. Pero, como los huérfanos que han perdido a su madre, cuando no se nos señala el camino y las únicas señales viales indicando la ruta apuntan en sentidos contrapuestos, morimos. Es la dulzura en el trato humano del demonio. Es la maldad en la benevolencia de un dios. Es la sonrisa y la mirada perversa, lo que enloquece y mata.

Pero la muerte no es nada para mí cuando se puede resucitar en el fragor de un parpadeo. Para otros, parece serlo todo. Es una perspectiva que no puedo entender, cuando la muerte, la resurrección y la vida –tres palabras magnas pero al cabo vacías por mero uso continuo- son sólo tres puntos a recorrer en una espiral que tan pronto se recorre hacia abajo como se escala hacia arriba. Se trepa. Con sangre en las uñas carcomidas, se trepa. Y se gana por derecho propio. Bien porque te pertenece desde siempre, bien porque la mereces por lo que eres.

Mi búsqueda ha sido siempre la misma, desde que empezó todo combate: una definición más amplia y certera de mí mismo. Cuando digo certera quiero decir exacta. Los niños raros también somos listos, a veces. Yo, en toda lucha, en todo vuelo, en todo navegar, me he buscado a mí mismo –frase rota de sentido donde las haya, pero plena de significado en mi cabeza. Yo mismo no es lo que otros digan. Yo mismo no es lo que dice mi ego. Yo mismo ni siquiera es un acuerdo entre el otro generalizado y nuestra concepción propia. Yo mismo es un fluir constante que nos define en susurros de almohada y en discusiones por veinte céntimos con la cajera del supermercado y en claxons de coche en las rotondas y en miradas perdidas con compañeros de clase.

Yo mismo es un fluir constante que a veces perdemos y que los niños raros queremos encontrar. Hace no muchas noches quise creer que mis amigos/enemigos podían servirme para tales fines propios. Pero ni siquiera ha sido así. Lástima de adversarios que se contentan con hacer dar vueltas en círculo a un niño que se aferra a cualquier señal indicativa sin discernimiento, sin conocimiento, sin decisión, buscándose a sí mismo. No encontré lo que buscaba. No sirvieron mis enemigos para nada.

Así que hay tristeza en la noche de hoy. No en mí, no. En la noche. En lo que significa. En lo que se ha perdido. Porque no habrá más luchas desde posiciones desiguales. No habrá más posiciones de igualdad obtenidas por mero orgullo. No habrá más tablas. Ni habrá más guerras. Y sólo queda, aquí y en ustedes, la nostalgia de lo que pudo haber sido y nunca jamás sucederá. Mi error fue sobrevalorar a los enemigos que me encontraba en el camino. El suyo, infravalorar al niño raro que ha entrevisto candidez y ternura en lo que a simple vista parecían balas mortales. Esas balas se asumen o se esquivan. La dignidad no es salir huyendo. La dignidad es plantarse y combatir. Pero no se puede uno volcar en la lucha si lo que te lleva a tener miedo cuando ves venir el golpe se esfuma al advertir que el golpe te lo están dando colegas con el pijama puesto y un cojín en las manos. La única certeza es que no se puede querer a tu enemigo: comprendes con demasiada claridad que la lástima le hace retener la mano, medir la fuerza y sostener el puño. Pero, sobre todo, comprendes también que no está a tu altura cuando para descubrirte a ti mismo necesitas calor y alegría o crueldad pura y dura, una de dos. Pero no ambas cosas. Sin madre que te eduque en caminos de humo o lo que es peor, con madres que te envíen a callejones sin salida, la combinación de bondad y maldad es la que mata. Es la que te hace dudar. Y cuando por fin te decides y asestas golpes mortales a tu adversario (con todos los medios: en su navío, sin palabras, amenazante, apelando al corazón), resulta que el adversario se calla, se tiende panza arriba y te pide: termíname. Señores, vaya mierda de adversario al que le das cuatro gritos y te tiende un puente de plata para que le remates. Cuando has recorrido todos los caminos posibles, no quieres dinero. No quieres venganza. No quieres saber qué ha sucedido. No quieres amistades que te consuelen.

Quieres haber aprendido algo de ti mismo, haber mejorado en algún sentido, haber comprendido una dimensión de ti que desconocías antes de. Pero no hay nada aquí. Ni mejor ni peor. Ni dejas de admirar a quienes admirabas, ni obtienes un discernimiento más amplio, ni el cansancio que ahora te embarga va más allá de argumentos parecidos a balas para obligar al adversario a la retirada. Mis enemigos quieren balas de las que pueden asumir. En cuanto les planteas luchas que se salen de sus márgenes, reniegan de la batalla. Cobardes, sí, pero peor que eso: incapaces de asumir que se combate también por otros medios, y se gana. Hablo de orgullo, de dignidad y de bucles sin fin. Para variar, ven sólo lo que quieren ver.

Mi perspectiva es muy otra. Tengo un alien dentro de mí y me gusta que esté ahí, aunque me desespere a veces, y le echaré de menos cuando se vaya. Porque lo único que se ha roto es una confianza que jamás existió. Y ni siquiera esa se ha roto del todo. La rabia que puede producir una palabra hoy no es la misma que producía ayer y las palabras que la generarán mañana no son las mismas que la generan hoy. Pero, más allá de eso, la guerra es la misma: todo lo que lleva al enemigo a dejar de combatir implica victoria. O no. Quizá todo lo que lleva al enemigo a dejar de querer estar contigo, a tu lado, compartiendo ojos rojos, es lo que supone ganar. Triste combate, aquel en el que no se estrechan manos tras haber luchado. Ah, si al menos se hubiera discutido alguna vez por la verdad, si se hubiera tratado de eso, yo habría sacado algo en claro de toda estocada. Algo en claro de mí mismo, que es lo único que importa. Humo tras el humo.

Y perdónenme que les de la última hostia, porque me gusta acabar golpeando yo aunque no entiendan mis enemigos como bala lo que quizá sea la más maligna de todas y por eso la eviten. En mi cabeza, lo más duro que puedo decir antes de dar por zanjado el combate, para unos enemigos que jamás volveré a tratar, es:

Os quiero, putas.

Y os echaré de menos. No entenderán por qué es tan cruel hasta que no comprendan que la conciencia también hiere. Me guardo para mí, sólo por joder, que no ha sido nada.

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