Hoy por ti

Para realizar un buen swing, en golf, conviene tener una persona al lado que te observe describirlo; de lo contrario, puedes perder la pelota por no saber dónde ha caído. Sucede que, si sigues con la vista la trayectoria del tiro, necesariamente modificas la posición de la cabeza y el ritmo del giro, por lo que el golpeo no puede ser bueno. Mi profesor de golf se cansa de repetirme que no preste atención a la pelota, que me concentre en la posición del cuerpo y la secuencia de movimientos. Tiene razón, el golpeo es mucho mejor si te despreocupas de la trayectoria posterior, pero para cuando completas el golpe y levantas la vista la pelota puede haber desaparecido. Así que es bueno tener a alguien cerca que siga el arco por ti.

A menudo, en la vida, conviene estar rodeado de personas que miren por ti. Yo, por ejemplo, tengo una tendencia natural a perderlo todo. Me refiero a cosas materiales. No sé ya cuántos móviles, carteras, cazadoras, etcétera, me he dejado en coches ajenos, mesas de bares, asientos de autobús o salas de espera. En una reciente entrevista de trabajo, sin ir más lejos, olvidé una carpeta en el lugar de la reunión. Quienes me conocen se han acostumbrado a tener que señalarme lo que me estoy dejando olvidado al salir de un local o incluso a tener que decirme si llevaba o no llevaba abrigo diez minutos antes. Mónica, una vieja amiga, se pasó años detrás de mí recogiendo o guardando a buen recaudo los objetos que yo iba abandonando por doquier. Todavía hoy, cuando coincidimos de noche, le doy la cartera para que la guarde aunque mis pantalones tengan bolsillos, porque no sé en qué barra la voy a olvidar al lado de un vaso de tubo vacío. Es útil tener gente al lado que eche un vistazo final y te ahorre una pasta en reemplazos.

Ese vistazo final, esa mirada que sigue la trayectoria de tu pelota, supone un apoyo a veces esencial que sólo pueden prestar personas que no son tú mismo. Todos tenemos limitaciones, descuidos o problemas que resolver, y la ayuda de otros puede facilitar las cosas. Y no, no sean cursis, no estoy hablando de apoyo emocional o sustento afectivo, no hablo de abrazos ni de palabras de ánimo o consuelo; hablo de utilidad funcional, de ayuda material, física, logística. Imaginen tener que trasladar un sofá grande: es posible que con mucho tiempo y esfuerzo puedan hacerlo solos, pero siempre serán bienvenidos -y a menudo necesarios- dos brazos que levanten el otro extremo.

Esas manos alzando el peso, esos ojos que echan el vistazo final, esa persona que observa dónde cae la pelota tras el golpe, no tienen por qué ser personas cercanas a nosotros (amigos, familia). En absoluto. Los seres humanos somos animales gregarios. Nos agrupamos en comunidades, formamos aldeas y ciudades, nos organizamos en grupos. Lo hacemos por muchas razones; una de ellas, la supervivencia. De la especie, sí, aunque sólo fuera por la reproducción, pero también del individuo. La vida en sociedad es útil, además de placentera. Es positivamente funcional.

Hace tiempo leí en algún diario una carta al director que había escrito un hombre agradecido. Hacía referencia a un artículo del periódico pero contaba la historia de un día en que, al salir de algún evento, le había fallado la batería del coche. El hombre había preguntado a un desconocido si tenía cables y juntos habían intentado cargarla, pero la batería seguía fallando. Por casualidad, el desconocido llevaba una segunda batería en el maletero que lograron instalar para arrancar el coche con éxito. Cuando el hombre trató de pagarle la batería al desconocido a modo de contraprestación, éste se había negado a aceptarlo y sólo había dicho “hoy por ti” antes de desaparecer. El escritor de la carta al director había redactado la misiva para agradecerle el gesto al desconocido anónimo, pero lo que en realidad estaba haciendo era agradecer vivir en sociedad, aunque no lo supiera.

Mañana por mí. Los seres humanos tendemos a ayudarnos unos a otros, nos somos útiles los unos a los otros. Es el joven que se levanta de su asiento en el metro para cedérselo a un anciano -algo que va más allá de la mera cortesía y tiene que ver con la facilitazión social de la existencia-, el gasolinero que te ayuda a cambiar la rueda aunque no tenga por qué hacerlo, la persona que te indica una dirección para poder llegar a tu destino. Es también el viandante que llama al 112 si tienes un ataque al corazón en plena calle. No se trata, en el fondo, de mero altruismo o generosidad, sino de lógica recíproca para asegurar la supervivencia y facilitar la vida. Es hoy por ti, mañana por mi: clava tus ojos en la trayectoria de mi pelota ahora, ciudadano desconocido, que yo seguiré la tuya después. No porque te quiera, no, ni porque sea bueno: para que ambos podamos hacer un golpeo perfecto.

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