Iluminarse

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El dieciocho de enero de 2016 Carlos Belmonte, de los Belmonte de Cuenca, llegó a la cima del monte Jyen Hie. Arrastrando los pies entumecidos por la nieve, con un último esfuerzo se dejó caer ante el pórtico del templo de los monjes a los que los locales llamaban Tigres Blancos. Una vez recuperado de la fatiga del viaje -había tardado dos días en llegar por avión al pueblo más cercano y casi dos meses en encontrar el templo-, escuchó a los monjes hablar en un extraño idioma. No era chino y, desde luego, no era español ni inglés. Decían los académicos, en base a lo poco que se sabía de los monjes, que la lengua de los Trigres Blancos era anterior al indoeuropeo y al sinotibetano. Y las gentes locales juraban que había existido antes incluso de cualquier protolengua porque los monjes hablaban el idioma de los dioses.

Estando ya famélico por la exigua alimentación del viaje, los Tigres Blancos le tuvieron en ayuno durante días. Al tercero, cuando pensaba que iba a morir de inanición, los monjes le trajeron una manzana. Mordisco tras mordisco, Carlos devoró la fruta y, sin embargo, no pudo terminarla. En el penúltimo mordisco, se convirtió en libélula.

Voló primero por la habitación y después se arriesgó con el frío exterior, donde el viento de la montaña le remolcó más allá del país de la China y hacia Europa. Sobrevolando España, se vio a sí mismo de niño jugando en el portal de la casa de sus padres en Cuenca con un Pinocho de madera que le había encantado de pequeño. Todavía hoy conservaba en una estantería en su moderno piso de diseño minimalista el muñeco de nariz alargada. “No mientas”, recordó cómo sus padres le ordenaban, “o te crecerá la nariz”.

El viento le guió en otra dirección y sus endebles alas de libélula no pudieron resistirse. Tampoco quiso hacerlo. En las calles de Granada, revoloteando alrededor de los transehuntes, reconoció a Caroline, a quien conoció con veintitrés años. Había sido un verano y se habían enamorado. Después él volvió a Cuenca y ella a Lyon. Tardó menos de dos semanas en decidir que que quería casarse con ella y compró el primer billete de avión para ir a verla. Fue como si la persona que había conocido en Granada ya no existiera y en su lugar se encontró a una Caroline que no conocía y que ya no le quería. Con el corazón roto y sin dinero, volvió a España haciendo autostop. Recordó cómo se había prometido a sí mismo no volver a amar jamás. “No desees”, se había ordenado, “o volverás a ser herido”.

El viento le arrastró hacia el norte, a Madrid. Allí se vio a sí mismo más mayor, con treinta y cuatro años, en el calabozo. Junto con un amigo, habían bebido mucho antes de coger el coche y les pareció bien acelerar por las calles casi desérticas de Madrid a las cinco de la mañana. Carlos no vio a la chica cruzando la calle oscura hasta que no fue demasiado tarde. Varias costillas rotas y problemas de espalda para el resto de su vida, fue el regalo a la chica. No le importó que le retiraran el carnet. Le importó, cuando fue a visitar a la chica al hospital, que la joven no quisiera hablar con él. “Pase lo que pase”, se ordenó a sí mismo aquél día, “jamás hagas daño a otros”.

Despertó en el templo de los Tigres Blancos sediento y hambriento. A su vera habían dejado viandas en abundancia y tres brebajes distintos: agua, vino y zumo. Dio buena cuenta de los manjares y supo lo que tenía que hacer. Los monjes sonrieron y le abrazaron felices, sabiendo que había encontrado la respuesta a la pregunta que había ido buscando. Le despidieron afables.

De regreso a Cuenca, Carlos tenía muy claro el propósito de la vida y la razón de existir. Atándose firmemente a la cintura una gran roca redondeada con agujeros que encontró en la orilla, el dos de febrero se arrojó desde el puente y murió tan rápidamente que ni siquiera el helicóptero que envió Cruz Roja pudo hacer nada por él. En los últimos segundos de vida, otorgó un sentido al universo y a su propia existencia, y lo vio con tanta certeza que sonrió mientras caía. Sabía que los Tigres Blancos, desde su templo, sonreían con él.

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