La corrección del lenguaje

Cualquiera que haya transcrito un discurso oral sabe lo mal que se habla, en general, de viva voz. Allí donde escribiendo se formulan frases con un sentido gramatical complejo correcto, se guardan las coherencias básicas de género y número y, por supuesto, se terminan las frases, es común encontrar en las conversaciones una falta de respeto atroz por el idioma. Yo lo descubrí transcribiendo sesiones de grupos de discusión y entrevistas, donde era absurdamente complicado puntuar adecuadamente las oraciones y reaparecían una y otra vez las faltas que acabo de mencionar, entre otras.

No se trata de una carencia de acceso al capital lingüístico, pues lo hacemos todos, sino de la informalidad que caracteriza al lenguaje hablado respecto al escrito. “Hablar mal”, sin embargo, es una expresión que ha de cogerse con pinzas. Como casi todo en esta vida, lo correcto y lo incorrecto suele depender del contexto, de la situación y de las personas que nos rodeen. Cualquier lengua posee multitud de registros que pueden encontrarse fuera de lugar en un determinado sitio y ser adecuados en otro. La fluidez altisonante del lenguaje barriobajero, por ejemplo, estaría fuera de lugar en el despacho de una firma de abogados, pero también a la inversa: la precisión en los términos o la corrección formal de un grupo de leguleyos desentonaría en la calle pillando hachís.
En este sentido, no “habla mal” quien no domina adecuadamente la sintaxis o no reúne un amplio acerbo de términos, sino quien no ajusta su flujo verbal al entorno que le rodea y, por ende, los mejores hablantes no son aquellos que pareciera que recitaran un autocue para el telediario, sino quienes, pudiendo hacer tal cosa, pudieran también usar otros registros lingüísticos en caso de desearlo. Se trata, por tanto, del dominio de muchos y variados registros, y no la excelencia en uno sólo, lo que nos permitiría referirnos a una excelencia en el uso del lenguaje.
Bourdieu usaba el término de “estrategias de condescendencia” para aquellos casos en los que, teniendo acceso a un capital lingüístico superior, se incumplía deliberadamente la corrección en la norma:

Al igual que para el resto de los bienes culturales, los más ricos en capital lingüístico pueden permitirse transgredir las normas de funcionamiento -pronunciación, etc.- de la lengua dominante: a la “hipercorrección” lingüística de los pequeños burgueses corresponde la “hipocorrección” de los que gozan de una cierta permisividad con la lengua, por la consideración social de que la dominan.

Y también para aquellos casos en el uso de un idioma concreto simbólicamente superior a otro -el caso de los lenguajes mayoritarios respecto a idiomas regionales, por ejemplo-:

La estrategia de condescendencia consiste en beneficiarse de la relación de fuerzas objetivas entre las lenguas que en la práctica se enfrentan (incluso, y sobre todo, si el francés [u otro idioma] está ausente) en el acto mismo de negar simbólicamente la relación de jerarquía entre esas lenguas y quienes las hablan.

Se trata, por tanto, del dominio simbólico que determinadas formas de expresarse ejercen sobre las situaciones, y sobre las personas. A menudo, un lenguaje más campechano y sencillo -o la propia elección de un idioma en lugar de otro- implica una mayor sintonía con los interlocutores al eliminar las jerarquías que el acceso desigual al capital lingüístico impone.

Sin embargo, nuestra forma de hablar es sólo una parte de todo discurso. También el contenido es parte de él, en la medida en que es el sustrato en que se sustenta. Curiosamente, las técnicas de análisis del discurso revelan diferencias entre los hablantes en base al uso formal del lenguaje, sí, pero no sólo: también en cuanto a lo que se dice más allá del cómo. Las diferencias son obvias en lo que a edad se refiere (no son iguales los temas de conversación de un adolescente y de un jubilado), pero existen asimismo distinciones, por ejemplo, entre clases sociales. Donde en las conversaciones de las clases económicas más bajas se repiten temas comunes que aparecen una y otra vez en las locuciones informales (verbigracia, el trabajo y el dinero), el análisis del discurso de las clases sociales más altas revela otros temas que se repiten con frecuencia (como viajes, anécdotas en aeropuertos, determinadas actividades de ocio). Decía Marx que la infraestructura económica determinaba la superestructura, y es cierto: la forma en que vivimos condiciona también nuestro uso del lenguaje.

En cualquier caso, hablar bien o mal no es una cuestión de elección (salvo en el caso de las estrategias de condescendencia), sino que tiene que ver con el entorno del que provengamos -el background social propio- y el entorno en el que hablemos -el background social contingente-. Hablar bien, por tanto, no es sólo el acceso a un determinado registro o capital lingüístico, sino la capacidad de abarcar un amplio abanico de temas y la posibilidad de variar el registro en función de la situación.

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