La diviso a lo lejos

La diviso a lo lejos, en el bosque, y me acerco a ella despacio, extrañado: he estado más veces en aquel lugar y nunca había visto a nadie allí. Está sentada a la entrada de uno de los extremos de un largo puente que cruza un río de aguas bravas; no hay nada al otro lado salvo más bosque, pero ella mantiene la vista fija en la otra orilla. Acurrucada, envuelta en sí misma, se sujeta las rodillas con las manos mientras mira al otro lado. Está llorando, pero tiene una expresión de furia dibujada en la cara. No sé si son lágrimas de pena, de rabia, de alegría o de mera desesperación.

-¿Por qué lloras? –pregunto.

-Porque no lo entiendo –contesta.

Es una respuesta curiosa. No sé muy bien qué es lo que no comprende, ni por qué no comprenderlo es malo.

-¿Qué es lo que no entiendes? –digo- ¿Cuál es el problema?

-Que no me dejan pasar –responde-. No me dejan cruzar el puente.

Recorro lo que nos rodea con los ojos y estamos solos en aquel claro de bosque.

-¿Quiénes no te dejan?

-Ellos –contesta, y señala con el dedo el otro lado del río.

Acompaño su índice con los ojos pero no hay nadie en la orilla opuesta. Está vacía.

-No hay nadie al otro lado –contesto, perplejo.

-Están allí –dice, y asiente para sí misma varias veces mientras lo dice-. Están allí.

Vuelvo a alzar la vista, pensando que quizá este loca, buscando a aquellos que menciona, y al fijarme creo descubrir unas sombras que se mueven susurrando al otro lado del puente. Sí, al contemplar la orilla con la suficiente profundidad se distinguen claramente seres al otro lado; no es difícil verles una vez te han dicho dónde están.

-¿Por qué no te dejan pasar? –pregunto.

-Dicen que no valgo lo suficiente, y que las ropas que llevo no son las que debería.

La examino detenidamente: viste vaqueros y camiseta de manga corta; es ropa normal y corriente. Sólo destacan en ella un par de pendientes dorados y una pulsera de malaquita en la muñeca izquierda.

-¿Por qué no te cambias? –propongo.

Niega con la cabeza.

-Esta es mi ropa. Esta soy yo.

-Ah, entonces haces bien en no cambiarte.

-A veces lo hago. Hay días que me pongo vestidos de noche de miles de euros, y otros días me enfundo unos pintores rotos y un top viejo. Depende.

-¿Y por qué no te pones lo que ellos quieren?

-Porque sólo yo decido qué visto y qué no –hay una determinación feroz en esas palabras-. Sólo yo decido qué visto y qué no –repite-. Y creo que aunque me pusiera la ropa que ellos quieren, aún así me echarían: sólo pretenden reírse de la gente, y que hagan lo que a ellos les de la gana. Todas las veces que he estado al otro lado se han reído de mí, por cómo soy y por otras cosas que se inventan. La última vez superaron cualquier límite. Así que no pienso cambiar nada.

La respuesta me parece lógica, aunque hay algo que no encaja en todo aquello.

-¿Por qué quieres cruzar, si te putean cuando vas?

Se encoge de hombros.

-Ya no quiero cruzar. Las únicas personas que conozco en esta isla pasaban mucho rato allí, pero ya no quiero ir. Esas personas no son lo que yo creía. Además no creo que haya forma de pasar: creo que la gracia consiste en ver cómo lo intento una y otra vez. Fui demasiado buena al pensar que ellos lo eran, o podían serlo.

Ahora sí que me he perdido: acaba de decirme que está llorando porque no la dejan pasar, pero al mismo tiempo dice que no quiere hacerlo, y mientras tanto sigue sentada a la orilla del puente. Vuelvo a mirar al otro lado: si se presta atención se oyen risas y gritos; parece un buen lugar para pasar el rato, pero no creo que merezca la pena tanto esfuerzo.

-Si no quieres cruzar, ¿por qué no te vas a otro lugar? En esta isla hay muchas aldeas, y hay buena gente en ellas. Conozco a algunos. Si quieres, puedo presentártelos. Y que les den a estos.

Vuelve a negar con la cabeza.

-Ya lo he intentado. Me siguen hasta las otras aldeas. No me dejan irme, no puedo irme. Saben quiénes son mis amigos y dónde están, tienen vigilada a mi familia, controlan a mi gente. Amenazan con llegar hasta ellos. Ya lo han hecho. Entraron en mi casa y robaron mis direcciones, mis números de teléfono, mi diario, mis álbumes de fotos, mis grabaciones caseras. Dicen que los usarán si no me cambio de ropa.

El asunto se enreda demasiado y empiezo a entender la desesperación de esta chica.

-¿Estás segura de que tienen todo eso? ¿No será un farol para asustarte?

-No –contesta, con seguridad-. No sé si todos ellos lo saben, pero desde luego algunos sí. Y lo han usado en mi contra. Creo que incluso entre ellos se han aportado datos falsos que no se corresponden conmigo. Se engañan también los unos a los otros tanto como a mí.

-Qué hijos de puta. ¿Y por qué sigues aquí, sin hacer nada? Yo les partiría la cara.

-Al principio no quería hacerles mal, me daba igual lo que hubieran hecho. Era entre divertido y provocador que se pudieran hacer cosas así. Me pareció incluso bien que lo hubieran hecho conmigo y quería conocerles para felicitarles por ser tan gamberros. Quería hacer amigos y unirme a la fiesta. Me dijeron que si me ponía ropa de pobre podría hacerlo, pero no les creí: creo que si me vistiera de pobre habrían conseguido lo que querían y ya no les importaría nada. Intuyo que no les preocupa tanto la ropa como lo que soy, y creen que soy pobre aunque no sea así. Últimamente, a veces yo misma lo dudo. También dudo mucho, siquiera, que ser pobre o no serlo importe algo: lo que importa es la apariencia. La mayoría de lo que dicen es mentira y no se les puede creer nada.

Por un momento se queda en silencio, mirando al otro lado. Está como ida, perdida.

-Se van rotando –afirma.

-¿Qué? –digo, sin entender.

-Cada vez habla uno.

-No te entiendo.

Me mira un instante y luego vuelve a salir del trance para continuar hablando:

-De todas formas, cualquier cosa que intentara implicaría comprometer a mi gente. Si estuviera sola, podría manejarme con más recursos, pero a la gente que me rodea no quiero que la alcancen. Lo planearon bien.

-Sí. Por lo que cuentas, lo planearon muy bien.

-La última vez me imputaron probablemente lo peor que se puede imputar a una persona: me llamaron pederasta y lo repitieron lo suficiente como para que cualquiera que estuviera allí lo creyera al menos en parte. Si cualquiera de mis conocidos leyó aquello, no volverá a mirarme jamás igual. Hay acusaciones que, por descabelladas que sean, repetidas lo suficiente generan sospechas.

-¿Te acusaron de pederasta? Dios mío. No puedo creerlo.

-Créelo. Y lo montaron tan bien que, ante una acusación así, a quien leyera aquello siempre le quedará la duda. Siempre, por mucho que me exculpe.

-Es increíble. ¿Cómo se puede ser así?

Se encoge de hombros y suspira.

-Yo también les ayudé. Cometí muchos errores al principio, cuando me fiaba de ellos, cuando pensaba que era un juego. Les atribuí bondad donde no la había. Y les dije a mis amigos quiénes eran y dónde estaban. Ahora ni siquiera puedo ir allí para defenderme o atacar, porque quizá alguien que me conozca haya seguido el rastro, y ellos se empeñan en revelar mi identidad aportando datos sobre mí. Tampoco quiero ir –repite-, porque la gracia está en que vaya una y otra vez para así poder lanzarme tantas piedras como quieran. Soy el entretenimiento de la fiesta. Ya digo que mienten más que hablan. Hubo un tiempo en que era divertido, en que no me hubiera importado ganar o perder, irme o quedarme, era un juego y en los juegos a veces se pierde. Luego lo estropearon. No sé cómo pueden ser tan listos y tan estúpidos al mismo tiempo: ahora me hacen preguntas del tipo “¿qué opinas de los hombres bajitos?”, en los que por supuesto tengo que responder algo como “les adoro si me pagan las copas mientras los altos duermen en mi cama”; pero no lo hago. A veces ellos hablan de una cosa y yo de otra: a lo mejor hablo de un hombre bajito en concreto (uno real, verdaderamente bajo), o no entiendo a qué se refieren, o me confunden adrede. Da igual, diga lo que diga o haga lo que haga se inventan las razones y las usan contra mí.

-Joder, no tienen compasión –digo.

-La compasión para quien la necesite –responde-. Hubo un tiempo en que jugué a sentir algo, y a apelar al corazón. Todo eso quedó atrás. Ni ellos ni yo sabemos ya nada de buena voluntad.

La situación es cruda, no puedo negarlo. Miro en derredor. De vez en cuando pasan por aquella zona tanques del ejército que están para evitar ese tipo de cosas, y para eliminar a quienes las hacen.

-¿Por qué no avisas a los militares? Que se ocupen ellos, que es su trabajo.

Vuelve a encogerse de hombros.

-No quiero hacerlo. Por un lado, no estoy segura de que pudieran hacer nada: no tengo pruebas. Lo haría, de todas formas, pero es que además los de allí –vuelve a señalar la otra orilla- son mala gente: en cuanto les denunciara probablemente propagaran videos que me pertenecen, joderían a mi gente y me putearían a mí. Saben dónde vivo, dónde trabajo. Han estado en esos sitios y lo han reconocido públicamente. Podría intentarlo, de todas formas, y que se jodan. Pero algo no me gusta de eso: es mi problema, y mis problemas no los soluciona el ejército, los soluciono yo

Sonríe al pronunciar la última frase y hay un rictus en su cara que no me gusta nada. Creo que han conseguido que se vuelva tan mala como ellos.

-Entonces –sugiero-, quizá lo más sensato sea hacerles caso. Cámbiate de ropa y si aún así te siguen tratando mal al menos les habrás concedido lo que piden y podrás irte.

-No –vuelve a decir, con firmeza-. Nadie me dice lo que debo ponerme, lo que debo decir o lo que debo hacer. Y ya te digo que la gracia está en que no importa la ropa, se trata de que vuelva una y otra vez para poder insultarme. Es el ego lo que tienen roto, y necesitan intentar humillar a alguien para sentirse bien. De hecho, han falsificado las pruebas. La mayoría de ellos creen una realidad que no es cierta porque me han saboteado desde dentro. Quizá los mismos que me apoyaron al principio, si es que lo hicieron: mienten tanto que no hay forma de distinguir la realidad. Me encantaría poder ir allí, insultarles a todos y largarme, pero ya no puedo hacerlo: la gente real que me conozco

Es un callejón sin salida. Si no cede, la putean; si cede, la putean.

-¿Y qué piensas hacer?

-De momento, nada: esperar a ver si se cansan. Parte del juego es hacerme creer que están a mi favor, que hay una posibilidad de hacer las paces, para luego hacer todo lo contrario. Es engañar por engañar, y si eres lo suficientemente crédula pueden hacerlo tanto como quieran. Cuanto más vayas a su sitio, más divertido es. Por eso repiten tanto lo de “habla o muere”, como si a estas alturas me importara ya vivir o morir. No se puede hacer nada, es un callejón sin salida: si no vas, te joden: si vas, te joden. Ahora es cuestión de esperar a que se les pase y busquen a otra.

-¿Y luego?

Vuelve a sonreír.

-La venganza es un plato que se sirve frío –responde.

Lo pienso durante un rato.

-No creo que debas contar todo esto. Si ellos lo supieran, cometerías el error de decirles lo que sabes y lo que no.

Vuelve a sonreír. Qué sonrisa más gélida, más maligna, más dura.

-Sí, les diré todo esto. Voy a darles ventaja. Se merecen una oportunidad.

Luego se echa a reír. Hay algo en esa risa que me hace pensar que se ha vuelto completamente loca.

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