La extrañeza

Vivimos, todos, en un mundo donde abunda lo mágico. No lo ultraterreno, no: lo mágico. Y, en su mayor parte, proviene de las relaciones sociales. El calor en las eternas miradas de los enamorados, el eco de una risa en la risa de un amigo, el apretón de manos de un extraño al que te acaban de presentar. De las relaciones sociales, sí, pero no sólo. También de las sensaciones inmateriales que lo material produce. Por ejemplo, el cine. Por ejemplo, la música. Por ejemplo, la pintura. Qué nos crea, qué nos construye, qué nos genera. Y a la inversa, qué y cuánto se destruye.

Y ahí está la magia. En las emociones. En las sensaciones. En la intensidad de lo sentido. El mundo es de colores. No, yo no: el mundo. Aunque en realidad no lo sea; es neutro. Los que somos de nubosidad variable somos la gente. No, yo no: la gente. Todo está ahí para nosotros, pero nosotros – todos- no somos los mismos. Ni tú que yo, ni tú ayer como hoy. Ni mañana, ni pasado, ni nunca. No porque todavía haya clases, que las hay, sino por el color de tus ojos en los que nada es verdad.

No es mentira que el mundo sea neutro. Sí en mi caso. Pero lo fue en el pasado y podría, quién sabe – no depende de mí- volver a serlo en el futuro. Decía Wittgenstein, ese pequeño gran islote entre la epistemología global, que el mundo es todo lo que acontece. Vale. Hace no mucho decía Vicente del Bosque que, en general, todo lo que acontece conviene. Je. Será que Del Bosque sólo ha perdido un partido en dos años. Ya saben, el color.

No miramos -nadie- sin sentir. Nunca, aunque lo parezca. Vemos con lo que somos, por lo que somos, en lo que somos. Si alguien alguna vez quiere hablarme de algo que pueda llegar a interesarme, que lo haga del si (me, que no self) reflejado en el espejo de la mirada del otro. Porque eso es tan real como imaginario, salvo cuando te deslumbra un rayo absurdamente certero en las gafas de sol de cristales de espejo de tu compañera de galeras. Gafas, que no ojos. Los ojos no son artificiales. Y entonces cobra forma -palpable, tangible, empírica- la magia. Negra, si es el caso. Brujería, acaso. Pero magia al cabo, en la medida en que desparece la neutralidad del mundo y crece fuerte lo extraño. Como arenas movedizas en la imagen ya de por sí difusa de tu propio yo reflejado en el espejo de la retina de los demás.

Hay un otro generalizado que nos mide -a todos- en la fortuna de un juego de espejos. Ni balas perdidas, ni falsos besos. Si alguna vez he deseado algo con todo mi ser es que el mundo sea neutro, donde sobra lo extraño. Tan neutro como pueda serlo el cristal de mis ojos, que nunca lo fue.

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