La fuerza del destino & For once

La fuerza del destino, por Adrián Díaz

For once, by Maureen Lukas

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La fuerza del destino

De entre todas las amenazas que asolaron al planeta Tierra aquél año -entre las que se incluían el nuevo disco de Justin Bieber Junior y la amenaza de la Confederación Intergaláctica de Hidrocarburos de bloquear las importaciones terráqueas de coltán- quizá la más grave, y la que pasó más desapercibida, fue la pequeña cápsula de un sólo propulsor que los Tance enviaron desde años luz de distancia para exterminar a la especie humana. Dentro de la diminuta aeronave un nuevo, desconocido y muy agresivo virus diseñado especialmente para atacar a los humanos se preparaba para extender los siete males. La cápsula, sin embargo, diminuta caja de Pandora, aterrizó en Olmedilla del Campo, pueblo de Cuenca de escasos habitantes y únicamente conocido por su central nuclear, por la que salieron manifestaciones en los telediarios que no sirvieron para nada. Allí, Marcelino el de las orejas grandes, que le llamaban así porque había nacido sin orejas, la encontró en su terreno y, tomándola por una canica, se la regaló a su sobrino Ismael.

De la estrella fugaz que había pasado por el municipio pocos comentaron alguna cosa, y ni Ismael ni Marcelino la asociaron con la canica. Ninguno de ellos comentó, tampoco, que el símbolo tallado en la pequeña esfera era no sólo insólito, sino también muy parecido al escudo de armas Tance, en guerra con la Tierra y con el imperio que la acompañaba. Ni los científicos en sus observatorios ni los sabios, desde los templos, alzaron la vista hacia las estrellas; la mayor amenaza de la humanidad hasta el momento pasó desapercibida para todos, por ser demasiado diminuta: no apareció en ningún radar ni hubo cambio en el sistema de fuerzas energéticas. Sólo Marcelino la encontró, y sólo Ismael le dio alguna importancia.

Estaba programada para abrirse tres días después del aterrizaje, cuando los sensores internos pudieran asegurarse de estar con certeza en la Tierra sin margen de error y, en caso de que intentaran abrirla a la fuerza o romperla, el virus letal emanaría igualmente hasta acabar con el último ser vivo del planeta. A Ismael, que le gustaba jugar con bolones, sólo pudo, en el baile del pueblo mientras los adultos se reían y bebían, ponerse a jugar con sus amigos Alberto y Clara a las canicas. Presumió de nueva pieza con diseño curioso y colores vagamente espaciales mientras la ganaba y la perdía junto con otras canicas. Al final Alberto, el hijo del director de la central nuclear llamado Julián, se llevó varias canicas nuevas en premio por sus hábiles jugadas y, entre ellas, la vírica cápsula. Y, otra vez, un niño de nueve años era la última esperanza de la humanidad. En esta ocasión, al llegar a casa, no fue una estrella fugaz lo que pasó desapercibido: ni el padre de Alberto, Julián, ni él mismo, se dieron cuenta de que la canica, aparentemente de cristal, era susceptible a los campos electromagnéticos, y se había quedado enganchada al llavero de su padre, que contaba con un pequeño imán a modo de adorno. La diminuta cápsula, así enganchada, viajó con Don Julián a la central nuclear, donde en un movimiento brusco salió despedida del llavero y fue a parar a un contenedor de residuos nucleares que fue en seguida sellado tres veces bajo varias capas de muros antiradiacciones, y que pronto, en las próximas horas, sería transportado en cohete por el piloto de ruta más allá de las nubes, al espacio exterior, más concretamente al cementerio nuclear de Vega III, donde el imperio del general Paago había vendido un cacho de espacio por un cacho de fortuna al resto de civilizaciones, y donde la cápsula asesina de manufactura Tance permanecería intocable y cerrada durante centurias.

 


 

For once

Thomas was raised with a silver spoon in his mouth, but one covered with rust. Does silver rust? Is a question Thomas would ask here. He was a very skeptical child. Always questioning his mother´s habit of swinging from the fanciest chandelier in the middle of the grand dining hall and wondering why his father never seemed to notice and where he always disappeared to with that bottle and whether that was really the sort of thing one ought to be doing or not. Thomas inherited three things from his parents: 1) the aforementioned chandelier, 2) a strange form of germophobia from his mother and 3) a habit of collecting odd objects from his father… also, alcoholism.

One day whilst sitting glumly in the garden underneath the freshly scrubbed Japenese terrace, Thomas saw something fall from the sky. «It´s a sign from our god», said his mother, startling Thomas with her presence. «It´s a sign that I must go wash the curtains, again». She departed. How can it be a sign from god, Thought Thomas. Could it be a meteorite? He thought this for two reasons, one because he was a skeptical child and two because he was wearing a NASA badge he had collected from a box of adult oriented cereal and was hoping for some more space related objects to add to the collection.

He wondered farther in to the garden, trying to find where the object had come to earth, but it proved even more difficult than skeptical Thomas had foreseen. He wandered farther and farther thru the bushes, passing a novelty version of the Rodin´s Thinker made out of lollipop sticks that his father had purchased at a flea market in Timbuktu, he passed Clem the gardener hiccupping suspiciously behind one of the many garden sheds, but still Thomas went on and on. Having heard meteorites were metallic he pulled the magnet shaped like Richard Nixon´s pet dog out of his pocket and started waving it around the ground as some sort of primitive metal detector.

Suddenly from out of a mulberry bush leapt a tiny metal object. Upon closer inspection it turned out to be a music box, that played a Viennese waltz… it had belonged to Thomas´ father, given to him by Thomas´mother, but he had lost it long ago in a poker match. Or so he had said, of course, Thomas had never truly believed him and was delighted to find the proof out here in the garden. Thomas opened the music box and was met with a terrifying sight. Clem the gardener came pirouetting out from behind the mulberry bush, waltzing and waltzing in a manner so horrifying as to defy description. «Yeah», said Thomas´ father, suddenly appearing. «That´s why I got rid of it». Thomas, agape with horror, slowly closed the music box. For once, without question, he believed his father.

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