La fuerza velada de las penas de Ariadna

Veo a decenas de personas al día buscando trabajo. Muchas de ellas añaden un “lo necesito” y en ocasiones cuentan sus penas, su situación, su “necesidad” del trabajo. Y quieres dárselo, pero no te conmueven. De algún modo, dan pena adrede; pretenden hacerte sentir lástima, convencerte, hacer que quieras ayudarlos.

Hoy hemos entrevistado Ade y yo a una chica para un puesto de teleoperadora; muy joven, terminando el insituto. Ingenua e inocente, pero tenía algo especial. Verán, las personas acuden nerviosas a las entrevistas de trabajo. A muchas, se las nota a simple vista en los tartamudeos y las piradas de pinza que rápidamente tratan de corregir; otras, sobrecompensan su preocupación por la entrevista con autocontrol orientado a objetivos, adoptando una actitud pretendidamente segura que también revela su inquietud: es demasiada frialdad forjada deliberadamente  para una situación que les preocupa.

De vez en cuando, sin embargo, vienen buscando trabajo personas quizá nerviosas, pero seguras. Es difícil de explicar. Imaginen un experto que lleva toda su vida manejando algo y conoce lo que hace a la perfección, pero un día surge un imprevisto. Aunque se enfrentará a una situación desconocida, reaccionará con más certeza, diligencia y seguridad que cualquier otra persona ajena al trabajo, por accidental e insólito que sea el problema. Captan la idea. Hay personas que, al ser entrevistadas, incluso mostrando nerviosismo revelan un je ne sais quoisorprendente más allá de esa capa.

Como decía, hay también quienes generan lástima ex profeso y no la provocan precisamente por la intencionalidad. En todo contexto, la reacción de compasión surge cuando se describe un hecho triste, pero el efecto es mayor sin intermediación de agencia, como cuando en una conversación casual alguien describe sucesoss sin impregnarlos de emociones y en un momento dado acude a tu cabeza el pensamiento “Dios, lo que ha pasado esta persona, lo que ha tenido que sufrir” sin que ella misma haya pretendido mostrar tal cosa. Quizá en ambos casos el dolor sea digno de lástima, pero verlo por nosotros mismos implica una intensidad mayor en el sentimiento de empatía.

La aspirante a teleoperadora que hemos entrevistado hoy, Ariadna, tenía ese aire de ingenuidad que sólo pueden tener las personas muy jóvenes, y no todas: sólo las que se cubren media cara con el flequillo. Al recibirla, la primera idea que me ha venido a la cabeza tras tres frases ha sido “uf, a ésta el día menos pensado se la come el mundo”. Pero la chica que hemos entrevistado era muy distinta a su fachada. Mientras Ade preguntaba he visto algo insólito en ella. Ha sido la forma en que relataba su experiencia laboral y sus vaivenes vitales: la estancia en Madrid, los motivos que la trajeron a la capital. “Me quedé huérfana”, ha dicho, pero no pretendía dar lástima y eso es lo que me ha llamado la atención: sólo relataba sucesos como el hombre del tiempo explica el clima sobre el mapa de la península: con neutralidad.

El contraste entre el exterior frágil y la fortaleza interna mostrada, carente de emociones destinadas a un fin dado, hablaba de una serie de experiencias catastróficas ante las que tomas las riendas de tu vida porque no te queda otra elección. Si has de mantener a tus hermanos, buscas trabajo. Por joven que seas. Y no eres consciente de estar sobreviviendo: sólo haces lo necesario.

Pero no ha sido eso lo que me ha llevado a escribir sobre ella. Ha sido una palabra y una mirada. Cuando Ade le ha preguntado si le interesaba el trabajo, ha respondido de inmediato, por reflejo, con rapidez y sin dudas. Ha dicho: “mucho”. Buena parte de la gente, ante una pregunta similar, también responde algo parecido, pero no con los ojos desesperados de quien ve cerca algo que ansía porque lo necesita, sino con la mirada ilusionada de quien ve cerca algo que esperaba.

Luego, al terminar, se ha dejado la carpeta. No sé por qué, tengo la impresión de que la mayoría de lo que nos ha contado era mentira, y era una trepa, pero ¿no sería genial que existiera gente así sin necesidad de actuar? ¿Y no sería genial poder explicarle a Ade por qué no quiero que la contrate absolutamente nadie?

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