La obra perfecta

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Estaban seguras de que jamás lo encontrarían. Se habían conocido por casualidad frente a una foto de Damon Winter en la galería Kreisler. El ambiente decididamente Hipster les hizo converger: no encajaban allí. Coincidieron también en que la labor de la comisaria de exposiciones era más hábil que la del propio fotógrafo, y en que el vino era mediocre. Se cayeron bien enseguida.

Laura era pintora, y llevaba buscándolo toda su vida. Carla había pasado años tratando de encontrarlo, sin éxito. Se lo explicaron sin saber que se lo explicaban varios días después, en un local de Lavapiés.

– La obra perfecta – estaba diciendo Carla- debe ser subversiva, revolucionaria, rebelarse contra lo establecido.

Laura asentía, y añadía:

– La obra perfecta debe ser parte del mundo, estar formada entre la realidad y el lienzo. Como un detalle de Bansky.

– Para ir más allá –añadía la otra-, el espectador debe ser también la obra, ambas cosas al mismo tiempo.

– Y tiene que ser fugaz –completaba Laura-, tiene que marchitarse y desaparecer de modo que sólo pueda ser contemplada un breve instante.

– Oh, sí, eso es arte. Y la plasticidad debe ser aleatoria, no creada con intención.

– Y tiene que reflejar los problemas subyacentes a nuestra sociedad enferma en sus raíces.

– Sí, sí –coincidían-. Pero nunca veremos esa obra de arte perfecta.

La buscaron durante años, hasta que en una manifestación antisistema un sábado de mayo, tenía que ser mayo, se miraron la una a la otra y casi rompieron a llorar al entender que, por fin, lo habían encontrado. Las dos se sentaron observando la estampa, incorporando a la composición el bullicio a su alrededor. Ante ellas, la obra de arte perfecta.

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