Las tres reglas de las emociones

Las tres reglas de las emociones

 

Me llamo Lucas, había bebido un poco de más y no conocía a nadie en aquella discoteca. No suelo hacerlo mucho. Beber de más, quiero decir. Lo de conocer gente en discotecas, depende del barrio. Cada vez, para ser sincero, voy menos a según qué sitios. Me hago viejo, aunque tenga 29. Hay noches que me siento muy mayor, como si hubiera vivido cien vidas y me bastara un parpadeo para comprender la naturaleza humana y los misterios del universo. Incluso entiendo el llanto de los bebés, entiendo su lenguaje. Ellos también se pierden sin saber dónde andan. La edad no tiene números, tiene vivencias. Creo que no deberíamos contar nuestra edad en años, sino en sucesos. Por ejemplo: “Yo tengo doce mil quinientos besos de edad” o “Ella es muy anciana, ha tenido 12 accidentes de tráfico”. Y así, quizá, los diálogos sobre madurez tengan más sentido y a la pregunta “¿Cuántos años tienes?” la respuesta pudiera ser “Me han roto el corazón dos veces”.

Pero me lío. Decía que aquella noche había bebido un par de vodkas con naranja en exceso, de esos que entran fácil y se multiplican hasta agotar todo el dinero en la cartera. Y lo que de verdad se lleva el dinero de la cartera, y es lo que más me apetece últimamente cuando sujeto un vodka en la diestra, es un gramo o medio gramo de farlopa en el bolsillo. Cuando digo últimamente digo los últimos diez años. Está muy rica. No se equivoquen, sólo consumo por diversión. Lo llaman “uso recreativo”, creo. Y les trato de usted a ustedes aunque no sé si corresponde, igual son ustedes niños. No sé, depende, ¿cuántos corazones han roto?

No pueden responderme, claro. Y aquella noche yo tampoco respondía de mí mismo: me notaba las pupilas dilatadas y me lo estaba pasando muy bien, demasiado bien, hablando con la gente. Esa que no conocía. Sólo me faltaba una mujer que me hiciera más mayor y medio pollo en el bolsillo. Así que traté de solucionar primero lo más importante y empecé a preguntar por doquier si alguien pasaba perico. Las prioridades hay que tenerlas claras. Me acercaba a los que aparentaban consumir, como si hubiera un tipo de cocainómano. Uno podría pensar que cualquier punki vestido de negro enrevesado en metal con vaqueros de pitillo tenía más probabilidades de hacer de camello, pero no es así. No es así en absoluto. Yo vestía aquella noche, como otra cualquiera, un polo Ralph Lauren y zapatillas HB. No cualquier HB: las más caras. Y no pasaba coca, pero podía haberlo hecho si hubiera tenido necesidad de dinero: conocía el mercado lo suficiente como para encontrar farlopa en cualquier lugar, y aquella noche al final lo hice. O creí hacerlo.

Era un gigantón de gimnasio probablemente atiborrado de esteroides que me sacaba una cabeza y cuyo brazo eran tres míos. Tres al menos, porque estoy delgado y no he practicado más deporte que el fútbol en mi vida. ¿Ves?, en ese sentido soy muy joven, casi no cuento partidos en mi haber. ¿Que qué edad tengo? Casi un niño: unas cuantas pachangas con los amigos. Y ahora os trato de tú, porque no sé quiénes me estáis leyendo ni qué edad tenéis. Quizá nunca os han besado. Quizá os hayáis divorciado ya dos veces y merezcáis un “usted”. No sé. El que seguro que no se merecía un “usted” (y, para el caso, tampoco ni siquiera un “tú”, ni un nada) era el gigantón que me dijo que podía conseguirme un gramo. Cincuenta napos, me dijo. Y le dije que no, que cuarenta euros. Y me dijo que vale, que lo intentaba. Y le di un billete de cincuenta, me devolvió uno de diez y me quedé esperando, con mi tubo de Beluga blanco con naranja en la diestra, a que me lo trajera.

¿A ti te lo trajo? Pues a mí tampoco. Y esperé y esperé pero mi gramo no vino. Mis cuarenta euros tampoco. “Cuarenta napos”, en términos del gigantón hijo de puta, tirados a la basura. Joder, eso es cabreo. Cabreo es poco, quise matarle. Si le veo, le mato, me juré a mí mismo. Es triste, no tener a nadie a quien amenazar y tener que perjurarte la amenaza a ti mismo. Porque no solo te duelen los cuarenta euros, te duele el engaño. “Si le veo, le mato”, me repetí. Probablemente no hubiera podido hacerlo, todo sea dicho. Matarle, quiero decir. Verle era bastante fácil, porque era muy grande. Y, sin embargo, ni rastro de él por toda la discoteca. Le busqué en cada rincón, llegando incluso a preguntar por él (“un tío grande con camiseta de mazas, ¿le has visto?”) a las camareras, que me miraron como si fuera tonto. Y quizá lo fuera, la verdad, porque me acababan de timar cuarenta euros. Me sentía tonto. Por un momento entendí cómo se habían sentido los de las preferentes: tan pletóricos de rabia como convencidos de ser idiotas. Aunque el que era idiota, idiota de cojones aparte de un mamón, era el gigantón estafador de mierda. Le iba a matar, iba a… Quizá algo mejor, se me ocurrió, al atisbar a su novia al final de una de las barras. Novia, o lo que fuera. Les había visto dándose el lote antes de que le preguntara por coca, y ella se había quedado a su vera mientras intercambiábamos el dinero. Novia, o parecido; estaban juntos. Guapa. Lo suficiente como para estar segura de sí misma pero no tan guapa como para ser imbécil. Sí, quizá podía haber una venganza mejor que matarle.

– Hey -le dije-, ¿dónde está tu novio?

– ¿Qué?

El ruido de las discotecas no me gusta. Cada vez me gusta menos, será que me hago mayor. ¿Mi edad? Tres mil novecientas cuarenta y siete conversaciones en bares entre las once de la noche y las diez de la mañana. Esa es mi edad. Y a veces pienso que el llanto de un bebé transmite más información en un solo berrido que yo en las más de tres mil conversaciones. Total, ¿para qué? Para soltar dinero y soltar besos, y risas, y que me estafen. Bueno, dicho así quizá merezca la pena. Lo que no merece la pena es la música a todo volumen de las discotecas, que me obligó a acercarme más a la novia del matón timador de mierda.

– Que dónde está tu novio.

– Ah, no sé. Por ahí.

– ¿Cómo que no sabes? Si estaba aquí contigo.

– Ya, pero ha salido. No sé a dónde, se ha ido. Volverá luego, supongo.

Va a volver por los cojones, pienso. Tiene el pelo liso, la sonrisa fácil y las tetas pequeñas. Me gusta. Me gusta como puede gustarme un automóvil: te lleva a dónde quieres. A mí me lleva a una sensación difusa a la que estoy enganchado, más que a ninguna otra cosa, y que sabe Dios qué clase de desajustes químicos en el cerebro la provocan. Por un segundo nos miramos sin saber bien qué decir. Yo nunca sé qué decirle a las mujeres, ni siquiera con dos copas. A veces, todavía menos con dos copas, porque suelo decir tonterías. Para qué engañarnos, suelo decir tonterías a menudo incluso sin alcohol, y todavía me sorprendo, cada día un poco menos, cuando amanezco al lado de alguna, o con teléfonos apuntados en la app de recordatorios del móvil acompañados de notas tipo “Laura, la del Ventura” o similar. Para la novia del gigantón la nota al lado de su número sería algo así como: “Pelo negro, dientes bonitos, culo grande”. Y con este número de copas la descripción quizá no bastara para acordarme. Miento: me acordaría seguro, ya he dicho que me gustaba, y tiendo a recordar lo que me gusta. Es sorprendente la facilidad con la que me enamoro. Todo el mundo sabe con certeza, desde tu vecino hasta el último friki de foros de internet, que lo de enamorarse con facilidad es malo en temas de sexo. Yo digo que es lo único que puede hacerse bien en un campo de batalla plagado de minas. Cuando te has enamorado tantas veces que has perdido la cuenta, aprendes a sobrevivir casi sin rencores ni dolor. ¿Y tú, qué edad tienes? Yo tengo setecientos treinta y nueve rechazos y noventa y cuatro síes de edad. Como si los contara, y no los cuento. Son sólo números para entender lo que digo. Lo que importa es que soy muy mayor. Muy, muy mayor, con 29 años, y hay pocas cosas que puedan marearme ya en el terreno pantanoso del tonteo. Sin tener ni puta idea, así que no me preguntéis por qué quedan luego a tomar café. O a pasear al perro. Me gusta pasear perros.

También me gusta la novia del gigantón y va a pasar de mí como de un perro en breve, está perdiendo el interés. Rápido, Lucas, di algo. Odio tener que ser un mono de circo al ligar, como si recayera sobre mí toda la responsabilidad de mantenerla entretenida, forzando que la conversación viva como si se le hiciera reanimación cardiopulmonar al diálogo a base de preguntas, temas traídos por los pelos y comentarios que cubren silencios. Odio eso, pero hace falta. Cualquier cretino te dice que “tiene que fluir, surge natural, si hay que forzarlo olvídate”. Al parecer en el mundo hay un montón de capullos convencidos de que la magia existe por sí sola. Capullos vírgenes, claro. Al amor, como a casi todo lo demás, hay que darle impulso. Hay que empujarlo. Hay que activarlo. Así que no se trata de entretenerla: se trata de emocionarla.

Por eso digo que es mejor enamorarse rápido, y es mejor hacerlo intensamente. La clave son las emociones. Que haya que hacerle RCP al diálogo no importa en absoluto, siempre que no se note demasiado que te estás esforzando, y lo importante es que fluyan las emociones. Los humanos somos adictos a las emociones. No es lo que digas ni lo que hagas: es las emociones que provoques. Y en eso estaba.

A lo largo del tiempo, de esas tres mil y pico conversaciones en bares de noche, he aprendido algunas cosas. Una de ellas: no le preguntes su nombre. Si se interesa por ti, lo preguntará ella. No la atosigues con cuestiones sobre de dónde es, en qué trabaja, etcétera. Ya lo hará ella desde su parte de la cancha. Querer saber más del otro, de ese desconocido que se encuentra en una discoteca, es un indicador de interés. No seas mono de circo: deja que sea ella quien recorra su parte del camino, si le gustas. Lo de gustarle es un tema clave, aunque la mayoría de chicos que conozco pasan un punto tan fundamental, el gustarle a ella, por alto. Para mí, ya digo, es clave. Tan clave, como que es mi primera regla en cuanto a conocer chicas: nunca entres a una mujer que no se sienta atraída por ti.

Nunca entres a una mujer que no se sienta atraída por ti.

Sólo tengo tres normas básicas ligando que nunca ignoro, y ésta es la primera de ellas. A más de un ligón de playa esta norma le sacaría de quicio, rompería sus esquemas y no sabría qué hacer con ella. Y, sin embargo, es mi primera regla. Una que no me salto salvo que el tiempo apremie y haya que intentar un tiro complicado, y a veces ni siquiera entonces. La atracción hay que crearla, esperar a que exista en cantidad -o mejor: en intensidad- suficiente. Una vez que se siente atraída, entonces es cuando puedes avanzar. Hacia el beso, si es el momento. Hacia el “podemos ir a mi casa, vemos ese capítulo de esa serie de la que hemos estado hablando”. Hacia el “dame tu número”. Hacia lo que haga falta. Pero antes de poder atacar, tienes que haber generado atracción.

La atracción, al contrario de lo que la mayoría de mujeres y los hombres vírgenes piensan, no es espontánea. Más allá de un primer escalón de apariencia física, que sirve más para descartar que para elegir, la atracción se va construyendo entre ambos. Y no es fácil. La mayoría de conversaciones no conducen a nada, no generan nada. Hay que llevarlas. Hay que traerlas. Hay que iniciar contacto físico en su justa medida, de forma escalonada, durante el proceso de conocerse. Hay que imprimir los puntos de insolencia o confort que hagan falta para generar emociones cuando toque hacerlo. No es fácil.

No es nada fácil. Por eso digo que no entiendo de mujeres, que no sé cómo hacerlo, porque es complicado. Ellas dicen “surgió”. Yo digo: “me costó un huevo lograr que surgiera”. Y a veces depende de la suerte. Creo que nunca dejará de sorprenderme amanecer al lado de alguna, o que quieran quedar un par de días después, cuando las llamo. Algunas noches creo en la magia. Aunque sepa con certeza que no hay tal, que es todo habilidad y marcarse un propósito, algunas noches creo en la magia.

– ¿Crees en la magia? -le digo.
– ¿A qué te refieres?
– A que si piensas en un número te lo puedo adivinar. Piensa uno.
– Ya.
– ¿Ya?
– Sí.
– Vale, concéntrate.
– O.K.
– ¿Estás concentrada?
– Sí.
– Es el siete, ¿a que sí?
– No, era el cinco.

Sonrío.

– Me dejas la rima a huevo.

Sonríe.

Como niños. Es un juego. Lo de ligar, quiero decir. En realidad es todo un gran juego. Y de entenderlo así, y entenderlo bien, surge todo lo bueno que pueda haber en temas del corazón: cuando lo ves como un juego que no tiene importancia todo duele un poco menos, y todo es más divertido, y todo merece la pena. Y eso me lleva a la segunda regla de oro, otra de las tres que nunca me salto porque, cuando lo hago, estoy condenado al fracaso en todos los sentidos, y a pasarlo mal. La segunda regla es la más sencilla y, aunque debería ser la más obvia, la mayoría de gente de mi edad que conozco se la salta a la torera, o se le olvida: diviértete.

Diviértete.

Diviértete, coño. Que son dos días en esta mierda de vida. Y, además, una regla así convierte el proceso en una historia más fácil, más llevadera, mucho más fluida. Si te lo pasas bien con ella, tienes la mitad del trabajo hecho. Corrección: si te lo pasas bien con ella, no se trata de trabajo en absoluto. Pasárselo bien no es necesariamente reír, porque divertirte no es necesariamente ser divertido. Pasárselo bien es sentir sensaciones que te crean emociones.

– Tengo otros poderes -continúo-. También sé tu futuro.
– A ver, ¿qué me va a pasar?
– Déjame ver tu mano.

La novia del gigantón me ofrece su palma izquierda y le digo que es la derecha, que la izquierda es el pasado y no sé leerla, sólo sé leer el futuro. Examino las líneas de su diestra y llamo su atención sobre la línea del destino que, le digo, está cortada en dos.

– ¿Por qué? -pregunta.
Tiene que ver también con cómo se curva tu línea del corazón, le explico. Todas las líneas de tu mano están relacionadas entre sí, y cuentan la misma historia. Tu historia, que es única y diferente a las demás. Por ejemplo, ¿ves aquí? Esta es tu línea de la cabeza, lo que dice de ti es muy claro.

– ¿Qué dice?
– Hay poca luz aquí -respondo-, no se ven bien los detalles. ¿Salimos fuera y te la leo?
– O.K.

Mientras andamos hacia la salida, una nota para ustedes, que se merecen un usted sólo porque me apetece: lo tengo estudiado, no me creo una palabra de lo que yo mismo digo. El futuro no se puede predecir y leer la palma es una chorrada. Probablemente, lo sea para ella también. Pero funciona, ¿y saben por qué? Por la segunda regla: es divertido. Y también por la primera norma: genera atracción. Verán, salimos a la calle con la excusa perfecta, sí, y ya hemos caminado un rato juntos, porque al avanzar entre la masa de gente la he cogido de la muñeca. No de la mano, no, sería un error de novato. De la muñeca. He descubierto que une, pero no es tan íntimo como para resultar incómodo, y transmite seguridad. Así que la he guiado a través de una discoteca abarrotada hasta la salida cogiéndola de la muñeca derecha, y ahora ya estamos juntos, hemos viajado juntos y cambiado de lugar. Ya no es “yo” y “esta tía en la barra”, ya no es “yo” y “este tío que me ha entrado”, ahora es “nosotros”. En la calle ando todavía un poco más, como buscando una farola que alumbre mejor. Sólo quiero apartarme de la gente. Una chica jamás hará nada, ni perderá los papeles, ni cometerá locuras, ni se dejará llevar, ni podrá soltarse si le apetece, con gente alrededor. Jamás es una palabra excesivamente simple, quiero decir: lo hace más difícil. La presión social es demasiado fuerte. Así que un poco aislados, casi a solas aunque todavía se oye el ruido de la gente hablando en la noche -creciendo, haciéndose mayores-, retomo su mano y comienzo a leerla. Y es todo contacto, estamos cogidos de las manos, mirándonos a los ojos y hablando de temas profundos. De temas de pasiones, de temas vitales. A veces es tan sencillo como eso, y si la luna brilla luminosa en esa lectura de mano puedo avanzar al primer beso, en la calidez de la noche, con muchas probabilidades de éxito. Porque la atracción está ahí, ya la has creado, la has alimentado y has forjado el momento y el lugar. A veces hace falta más tiempo, más conversación, más cambios de lugar, más divertirse juntos. Y una vez que la atracción se ha creado, es fácil. Por eso la primera de las tres normas, nunca entres a una mujer que no se sienta atraída por ti, es fundamental. A veces hay que esperar, y alimentar más el fuego.

Pero me enrollo. Podría hablar de mujeres durante horas, incluso cuando duermo. Literalmente cuando duermo, dicen que musito cosas entre sueños. A la novia del gigantón no la besé, era demasiado pronto. Cuando terminé de leerle la mano, le pregunté si había acertado. Me contestó que sí. “Entonces me merezco un beso”, le dije, y le ofrecí mi mejilla. Sí, la mejilla. Si piensas que es cursi, es porque no tienes ni puta idea: es el movimiento perfecto para un primer contacto. Nos estamos conociendo y ninguna chica rechaza dar un beso en la mejilla al tío con el que acaba de hablar de intimidades durante quince minutos y por el que empieza a sentirse atraída. Todavía no lo sabe, pero se lo está pasando bien y las sensaciones que la pueblan derraman ríos de conexiones sinápticas placenteras que darán lugar a emociones. Hablamos durante un rato más. Es maja. Podría quedarme hablando con ella mucho tiempo más, y me apetece hacerlo, pero debo cortar la conversación y la cercanía.

Y es importante que lo haga. Hay que dejarla en la cumbre, interrumpir la interacción en lo más alto, cuando ella está disfrutando, y quiere más, y se queda colgada, como anhelando, y preguntándose, ¿qué he hecho mal, por qué no quiere seguir hablando conmigo? Es un error bastante común, el insistir. Cuando los tíos ven que tienen la más mínima oportunidad, tratan de explotarla al máximo y alargan hasta lo indecible cualquier conversación. Craso error. Déjala pidiendo más. Hazla ver que tienes otras opciones, que hablas con otra gente. Genérale dudas. Que piense ella en cómo lograr tenerte al lado otra vez. Corta en lo más divertido, cuando cualquier otro cretino la habría aburrido a muerte.

Dios, las cataratas de atracción que genera eso. Se desbordan las emociones.

Le dije que tenía que volver a entrar. En otras circunstancias, le habría dicho que tenía que irme con cualquier excusa -mis amigos están en otro lado, mañana juego partido muy pronto, lo que fuera- y, al marcharme, le hubiera pedido el número. Y me lo habría dado. Me lo habría dado, pero esta noche eso no era suficiente. Había una venganza que cumplir. Tenía que hacerlo todo en la misma secuencia. No valía un número hoy, hablar después de un par de días, quedar otro par de días después. No, tenía que ser todo en la misma noche, que era mucho más complicado. La mayoría de las veces, imposible. Pero hoy tenía que liarme con ella esta misma noche. Ánimo, Lucas, tú puedes. De momento, nos separamos en el interior del local.

La ignoré durante casi una hora mientras hablaba con otra gente, esos desconocidos que pueblan las discotecas. Les entendía menos que a los llantos de los bebés. Compré medio pollo a un maromo que no me timó. Compartí una raya con una muchacha de pelo corto y rubio que pensó que se estaba aprovechando de mí, cuando era al contrario: me aseguré muy bien de que la novia del gigantón me viera hablando con la rubia, andando con ella por la discoteca, desapareciendo en el baño juntos. En realidad, había comprado su tiempo con la raya. Barato me vendió el ganar el corazón de la novia del gigantón. También charlé un rato con un grupo de personas que no se mostraron muy receptivas, abrir grupos era mi asignatura pendiente, no se me daba muy bien. Era muy útil, en las noches en las que salía solo, pero no tenía del todo dominada la técnica. Salí de nuevo a la calle, volví a entrar y, esta vez, como de pasada, como si por casualidad hubiera acabado a su lado pidiendo en la barra, le pregunté:

– ¿Todavía por aquí?
– Todavía por aquí -me respondió.

Me miraba muy fijo. Me preguntó cómo me llamaba, a qué me dedicaba. Indicadores de interés. Nos sentamos en los sofás a oscuras al fondo de la discoteca, charlamos un rato, nos reímos. Le besé los labios. Me respondió al beso. Continuamos hablando mientras las lenguas interrumpían la conversación, cada vez más. Quizá hubiera podido tirármela esa misma noche. El siguiente paso era hablar de algo que tuviera en mi casa y, cuando se sintiera interesada, decirle que no estaba lejos y podíamos ir a verlo. Para entonces los dos ya sentiríamos la suficiente atracción y ella estaría lo suficientemente cachonda. Cachonda no es la palabra: lo suficientemente emocionada, plagada de emociones, entre ellas las que producen los besos y las manos. Sólo quedaba buscar la excusa y tender el puente.

Y entonces, pasó lo que tenía que pasar. Mi venganza no podía haber sido mejor. Fue de libro. El gigantón volvió de donde fuera que se hubiera ido. Le vi caminando como un mastodonte enfurecido hacia nosotros, que nos abrazábamos. Si me partía la boca, e iba a partirme la boca, habría merecido la pena. No sólo por ella -se llamaba Silvia-, que era un encanto de tía y me había gustado conocerla y compartir su saliva, sino también por robarle la novia al estafador que me había timado cuarenta euros. Yo habría perdido algo de pasta, pero él había perdido una relación. Con un poco de suerte, incluso la quería. Chúpate esa. Literalmente, chúpate esa ahora.

Silvia le vio un poco más tarde que yo, cuando ya casi le teníamos encima, y se levantó con rapidez como por un resorte en el culo. Yo hice lo propio, más despacio. El gigantón me sacaba una cabeza. Dios, me iban a caer hostias por todos lados. Por el rabillo del ojo, sin dejar de mirarle fijamente, traté de localizar a los seguratas de la discoteca. No había ninguno a la vista, me iba a tocar correr.

No dijo nada. Nada en absoluto. Sólo me miró fijamente -mientras le sostenía la mirada- y me tiró algo que se sacó del bolsillo. Era una pequeña bolsita de plástico que rebotó en mi pecho y cacé con la mano antes de que tocara el suelo. Una bolsita de plástico con lo que parecía medio pollo de perico dentro. Me cago en la puta. Me cago en la puta, no me había timado.

No me había timado, sólo había tardado un poco más de lo normal en traer lo que le había pedido.

Joder. Miré a Silvia, que trataba de interponerse entre él y yo. La chica no quería problemas. Era tan culpable como yo, quizá algo más porque la que tenía las ataduras previas era ella, y lo último que le apetecía -supuse- era que su novio -novio, o lo que fuera- se pegara con el tío con el que acababa de enrollarse. Vaya noche la de aquella noche.

Cuando vi que el grandullón la apartaba de en medio con el brazo zurdo, sin hacerla daño pero con firmeza, inmensa firmeza, y con la mano derecha se lanzaba a mi cuello, di primero unos cuantos pasos hacia atrás y luego anduve con rapidez, sin llegar a correr pero a buen ritmo, hacia la salida, esquivando cuerpos, tan nervioso como puedes estarlo ante la inminencia de violencia física. Miré hacia atrás buscando al gigantón lo suficiente para entender que Silvia le estaba reteniendo, no por la fuerza, que no hubiera podido, sino con palabras, liándole, para que no me siguiera. Lo consiguió. Salí a la calle.

Y era libre.

Era libre y gilipollas.

Ya sé de un sitio adónde no puedo volver, pensé, mientras andaba hacia mi coche. Había incumplido mi tercera regla. La tercera y última, la que me prometí a mí mismo mucho tiempo atrás que no rompería jamás otra vez. La que le permitía a mi conciencia hacer todo lo que hacía sin sentir remordimientos. La tercera norma de oro que no debía incumplir: déjala siempre mejor de lo que la encontraste.

Déjala siempre mejor de lo que la encontraste.

Había sido tan sumamente idiota que a una tía maja, que no se merecía mal, la había dejado peor de lo que estaba, cuando menos, y en una situación de vulnerabilidad, cuando más. La rememoré besándome. Bueno, quizá sí la hubiera dejado mejor de lo que la encontré. Es lo que tiende la segunda regla, divertirse, que siempre ganas algo, aunque pierdas. Y ni siquiera teníamos nuestros números. Tardé quince minutos en llegar a mi piso en Núñez de Balboa, otros quince en desvestirme y muchos, muchos más, en quedarme dormido. La coca, la adrenalina y el recuerdo de los momentos carnales con Silvia complicaban hacerlo. Ah, las emociones. Al comenzar la noche tenía «siete huidas despavoridas de una discoteca antes de que me pegaran» de edad. Al acostarme era bastante más viejo, un viejo de los que arrastran bagaje, de los que han vivido. De los que se las saben todas a la vez que no se saben ninguna. Algo caído en el suelo al lado de los vaqueros captó mi atención como lo hace para los adultos el llanto de un bebé: una bolsa pequeña de plástico con medio gramo de cocaína, muy blanca, en su interior. No me había timado, el gigantón. Me maldije por tonto. Sonreí un poco, de todas formas. Ah, las emociones.

– FIN –

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