Le daba por hacer preguntas estúpidas

Le daba por hacer preguntas estúpidas. Hacía muy poco que le había dejado Rub y estaba destrozado: miraba cada diez segundos el móvil, sólo sabía hablar de ella y era imposible que dejara de pensar en otra persona que no fuera Rub e incapaz de pasárselo bien ni con nosotros ni con nadie. Se llamaba Drac, le conocía desde el colegio y lo estaba pasando mal; todo aquel al que le haya dejado una persona a la que se sigue queriendo sabe la clase de desesperación que se siente y la espiral descendente en la que uno entra. Drac estaba más hundido de lo que quizá lo estuvo nunca. Incluso de vacaciones, en plena costa, rodeados de mujeres guapas, garitos caros, fiesta continua y buen rollo entre amigos, él contemplaba el móvil como si lo significara todo y se le perdía la vista pensando en las musarañas una y otra vez. Aburría hablando de ella y preguntaba cosas como “¿tú crees que si me asomo a la terraza y la grito que la quiero ella me oirá?”. Comprendan la magnitud de la locura: nos separaban cientos de kilómetros de Brunete cuando preguntó aquello.

No sé cuántas llamadas desesperadas, de esas de las que te arrepientes, o cuántos mensajes le envió, pero al final Rub le contestó con uno que ofrecía una doble interpretación según se leyera: o bien no había sido lo suficientemente tajante en el rechazo, o bien no había sido lo suficientemente clara en el afecto. Drac me lo mostró y me dijo: “¿tú qué crees que quiere decir?”. Le compadecí en aquel mismo instante. Era mi amigo y sufría, pero Rub también era buena amiga mía y me había contado su versión de la historia: no le quería ver ni en pintura, aunque seguía cometiendo el error de mostrarse bondadosa con él para no hacerle daño.

-No, Drac, tío. Te dice eso porque ya no hay nada que hacer. Se acabó, no tienes posibilidades.

Casi le tembló la barbilla al oír aquello. Él sabía que me llevaba bien con Rub y que hablábamos de él. Sabía que yo sabía lo que ella pensaba. Y le dolía escucharme decir que ella ya no le quería.

-Joder, Adri, a veces parece que no eres mi amigo.

Lo dijo con el tono lastimoso de quien está hundido y ciertas palabras le hunden más. Y a mí me jodió que me mirara como si yo tuviera la culpa, y que me echara en cara algo que a mí ni me iba ni me venía.

-Vale -dije, dándole la vuelta a la idea para que viera la necedad de su postura-. Es mentira: con ese mensaje quiere decir que todavía te quiere. ¿Es eso lo que quieres oír? ¿O la realidad?

Me llamó cabrón en respuesta y no había nada que hacer. Estaba roto por dentro.

No salíamos juntos en el mismo grupo, en Brunete, pero unos meses después coincidimos en el Fran una noche de fin de semana. Estaba sentado a una mesa con gente que yo no conocía: cuatro tías y un par de chavales. Me tomé unas copas con ellos y Drac tenía un buen rollo que no se lo creía ni él: no paraba de hacer gracias, de sonreír, de decir tontunas y de contar batallitas interesantes. Era otro hombre. Tonteaba con las chicas, conectaba con los tíos y a él no se le acababan ni la labia ni las ganas de reír. De hecho yo mismo intenté eclipsarle contando alguna anécdota y no hubo manera de acaparar la atención: él era el alma de la fiesta y se lo ganaba a pulso.

En una de las excursiones a la barra, coincidiendo que yo iba al baño y nos quedábamos solos, me dijo:

-Creo que le gustas a la rubia.

Sí, se le notaba mucho: habíamos conectado un poco y era la única que me escuchaba más a mí que a él; se me quedaba mirando a ratos y flirteaba conmigo en cuanto surgía la ocasión.

Pero era él quien manejaba el cotarro, y se lo dije:

-Tú las tienes locas a todas -afirmé.

Asintió:

-Ya. No sé qué las doy, tío.

Estaba feliz. Le brillaban los ojos, no se le quitaba la sonrisa confiada de la boca y no podía parar de hablar ni de enamorar a quienes le trataran. Era el mismo tío que unos meses atrás, de vacaciones, no levantaba cabeza, y al mismo tiempo era un hombre completamente distinto. Tenía una chispa mágica que sólo se tiene cuando todo va bien y te sientes bien y el corazón está bien.

-No sé qué las doy -repitió.

-Yo sí -respondí. Y era cierto que lo sabía. Se lo veía al trasluz en el alma-. Yo sí lo sé.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta