Libre

Y en esto se había convertido su vida, pensó mientras barría el salón de casa. En limpiar y limpiar. Se imaginó que escalaba la montaña más alta, con abrigo de guata rojo y botas negras. Pero la realidad era otra: cuando terminó de barrer se puso a fregar los suelos. Aquello no se acababa nunca y mientras pasaba la fregona su cerebro se situó en un mundo imaginario al que bautizó “Mundoagua”, donde buceaba en mares de agua cristalina y donde, además, tenía poderes y podía permanecer bajo el agua sin respirar durante horas, jugando con la fauna marina.

El sonido del tráfico en la calle entrando a través de la ventana le despertó del ensueño. Y pasó a la siguiente tarea: recoger el salón y los trastos que su marido e hijos habían dejado por ahí. Restos de bolsas de patatas, zapatillas y calcetines malolientes, un sujetador de su hija que a saber por qué estaba en el sofá del salón. En fin. Lo ordenó todo, mientras imaginaba que bailaba en una gran fiesta de disfraces en un castillo en Escocia, y la cortejaban los más atractivos cortesanos rodeada de servidores que le traían manjares -jamón serrano, mayormente- y copas de vino.

Soñar despierta la liberaba de su triste realidad: cinco años de licenciatura universitaria para acabar de ama de casa. Pasó a la habitación de su hijo de dieciséis años, donde una jarra de cerveza medio llena al lado de la cama llamó su atención. Al olerla descubrió que no era cerveza, sino pis. El muy cerdo de su hijo a veces meaba en un vaso para no levantarse a ir al baño. Tomó la jarra arrugando la nariz para llevarla al fregadero, mientras se imaginaba que tenía poderes y podía volar como un ave surcando los cielos con los otros pájaros, libre.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta