Llantas (I)

Me llama la atención no por ser el único sino por cómo lo hace: la velocidad con la que entra en la pista, cómo pasa de largo por la zona del aire y luego, sin frenar, mete marcha atrás y se coloca en el sitio. Con el tiempo aprendes a saber quién está conduciendo un coche antes siquiera de verles la cara; has visto miles de vehículos entrar y salir y terminas por clasificar en grupos sociales en base a la cadencia en los cambios, las distancias guardadas, la velocidad, la soltura en el manejo, y no puedes evitar aventurar: es un hombre viejo [y lo es], es un hombre adulto [exacto], es una maruja [bingo]. Se les reconoce a la legua si prestas atención y juegas a imaginar –en el breve lapso de unos segundos- quién será.

Las llantas de éste brillan en la oscuridad de la noche. Sabe conducir. Son casi las once y mi compañero y yo estamos esperando a cerrar turno, matando el tiempo. Ha sido una tarde aburrida, sin apenas gente, en la que hemos estado echándonos unas risas con el micrófono (karaoke guay para una pista vacía) porque no viene ni un alma a visitarnos y nos desesperamos. Ha caído ya la noche y no hay nada que hacer salvo ver correr los minutos en el reloj digital colgado en la pared, hasta que el trueno surge como guiado por la furia: con tal vertiginosa rapidez entra en la pista, que pienso que va directo a la salida y no piensa parar. Lo hace, ya lo he dicho, dando marcha atrás bruscamente y clavando el coche pegado al bordillo en una sola maniobra, con rapidez y certeza. Es azul oscuro, pero tiene llantas plateadas que brillan en la oscuridad. Es un coche caro y bello. Está impoluto.

Mi compañero y yo nos miramos: el vehículo cuidado, la forma de conducir… Pienso que con claridad es un chico joven con padres ricos. Quizá veinte años. Escucha bakalao. Tiene un colega que es mecánico pero que no se va con sus amigos del colegio privado. Le gusta vestir bien para salir de fiesta y lo intenta, pero no sabe cómo y sólo por azar acierta. Es guapo y lo sabe, pero en la discoteca se limita a mirar de lejos a las chicas. Tiene mirada de beta male, aunque trata de comportarse deliberadamente como alpha por puro miedo instintivo. Parece estar siempre a la expectativa y sin embargo se acobarda en los momentos clave. Tiene la cabeza limitada, pero se mueve subido en su turismo azul como si no existieran límites. Es su coche lo que le da, a sus propios ojos, valor como ser humano. Le he visto antes aunque a éste en concreto no me le haya cruzado nunca.

Y no me cae bien. Derivo mi atención hacia algo más interesante y me pongo a jugar al Age of Empires en la PDA. Pilar leía revistas del corazón. Con Marta jugaba a STOP. Raúl, ahora, está ojeando el MAN o el Interviú. A quién le importa el chaval de la pista.

Pero por costumbre ojeo. Se te han fugado ya demasiados como para no hacerlo por norma: recorres la pista con la vista a oleadas constantes y periódicas. No hay cámaras ni dispositivos que sirvan, porque son a posteriori: sólo los ojos prevén los accidentes y los robos. Y entonces la veo al bajar del vehículo.

No alcanzo a distinguirle con claridad la cara, pero es atractiva. Tiene buen tipo y lo luce: la falda, amarilla, es elegante además de corta, y la camiseta oscura ajustada revela pechos pequeños pero firmes. Melena rubia, piernas largas, coche de lujo. Esas cosas que sólo se ven a veces cuando los astros se alinean. Error en mi predicción: que equivocación más absoluta. Sólo en la juventud se asemeja a lo que esperaba.

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