Llantas (II)

No le digo nada a mi compañero mientras salgo a la pista y me acerco a ella, a su coche y al puesto de aire. En cualquier otro contexto me lo hubiera pensado dos veces ante una mujer 9+, pero esta estación de servicio es mi reino. No hay encargados, jefes, directrices o normas que te digan cómo has de llevar el asunto cuando pasas turnos de ocho horas completamente sólo y tienes que enfrentarte a una miríada de clientes locos sin nadie a quien poder llamar, sin nadie a quien preguntar, sin nadie a quien consultar y sabiendo que el más mínimo error -un solo cambio mal dado, un solo timo pasado por alto, algo urgente en la pista que te lleva a dejar las registradoras solas, un fallo en los ordenadores- te costará una pasta descontada de un sueldo de mierda que no llega ni para los bolis bics que gasto. No: la estación de servicio es de mi dominio, yo soy el amo del universo, para mí giran los astros y por mí mana el petróleo de las entrañas de la Tierra. Y al que no le guste, que se vaya a llenar su mierda de depósito a la Repsol, a la BP o al fin del mundo. Que me la pela. Así es el mundo y yo soy rey, por usar palabras de aquél.

Así que me acerco a ella mientras aprecio progresivamente cada vez más detalles: no lleva medias, es bonita de cara aunque no está a la altura del resto del cuerpo, tiene los brazos finos, se desplaza con decisión. No usa tacones quizá porque no le gusta conducir con ellos, pero mientras me acerco creo que no los usa tampoco en su vida cotidiana por otro motivo; porque es alta, puede, pero no es eso – intuyo también que no los lleva por algo más que no sé explicar bien: es el mismo motivo por el que no va maquillada, no lleva pendientes, la ropa es sencilla de colores sólidos y cortes firmes, y no lleva adornos ni en el cuello ni en las manos. Apenas reparo en el significado de esto último porque estoy pensando en otra cosa de su forma de vestir que me absorbe y me hace jadear -es un modo de hablar-: ha logrado combinar el pack “comodidad, llaneza, naturalidad” con el pack “clase, buen gusto, estilo”. Es más allá de su ropa: es el peinado y los aires, los ojos grandes y el amarillo y el negro, la falda corta y los labios cerrados.

Me freno a unos diez metros de ella. Está muy oscuro pero ahora la veo con más claridad a la luz de la marquesina cuando se agacha a recoger el manómetro y lo engarza en su rueda delantera derecha. Cintura estrecha, culo insolente, rodillas caprichosas, tobillos finos. No lleva calcetines para los zapatos negros. Por un momento se me pasa por la cabeza la idea de los dedos de sus pies desnudos jugueteando con los pedales del coche. Sigo parado a diez metros de ella y no parece reparar en mi presencia. Claro, por qué iba a hacerlo, pero es que no quiero acercarme más: es de noche, no hay un alma en la pista, cree que está sola y no puedo, porque se asustaría, acercarme de repente. Así que le digo “hola” desde lejos.

Ni contesta ni gira la cabeza buscando el origen del sonido ni despunta ningún movimiento que yo pueda percibir. O no me ha oído, o me ignora deliberadamente. Apostaría por esto último. Es difícil calcular cuántos tíos babean delante de una pava así y se corren con sólo lamerle los zapatos. No hay muchas mujeres, en una escala de cero a diez, por encima de nueve deambulando por ahí. Son casos insólitos que pueblan algunos locales de moda, calles a plena luz del día cuando menos te lo esperas -con una bolsa de Fnac en la mano izquierda- y esa amiga que es la más guapa del barrio, todo el mundo lo sabe, y a ti ya ni te llama la atención hasta que ves cómo tiemblan y sudan por ella los desconocidos.

Pero aquí yo soy dueño plenipotenciario de todo el universo: para mí zumban las abejas, por mí sale y se pone el sol; así es el mundo, y yo soy rey. Alguien ha sentido eso antes que yo. Sigo sin querer asustarla así que repito, en voz más alta, el “HOLA”. Su respuesta: para de llenar la rueda, se queda quieta y describe una ligera inclinación de cabeza, sin mirarme, hacia mí. Sin levantar la vista, sin buscar la causa del saludo, sólo un movimiento de barbilla, varios segundos de espera, y vuelve a centrarse en lo que está haciendo. Me está ignorando deliberadamente, seguro. Ahora ha tenido que haberme oído a la fuerza: lo he dicho con voz plena y no hay ruidos en la noche que puedan mitigar mi saludo. No ha querido oírme.

Pero ya es inercia. Ciertas reacciones, en vez de disuadir, generan la necesidad de intentarlo con más ahínco. Es parecido al deseo que generan las cosas prohibidas, el mismo ímpetu que provocan los desafíos, la misma sin razón infatigable de las causas perdidas.

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