Los Caracoles

En mitad de ninguna parte, en algún punto entre Gandía y su playa, está Los Caracoles. Es el lugar donde escapar cuando hay que huir, el rincón desde el que desconectar -de una vez por todas y para siempre- alejado del mundanal ruido. Es también motor de vida y de viejos conocidos, de cervezas y rayas, de conversaciones que recuerdas años después, de alguna chica que prefieres olvidar, de algún local al que siempre vuelves. De alguna historia que contar.

Allí combatí las olas del mar cuando era niño, trabajé identificando plaquetas de una excavación arqueológica, probé las paellas más buenas del globo, robé naranjas de los terrenos mal vigilados, discutí con pinganillos a la puerta de los garitos y descubrí la profundidad y el calor del fuego de esos monigotes altos quemados para turistas que fundían el hielo de mis copas de vodka, año tras año. Allí he sentido, llorado, amado y esquivado las noches más amplias, y he aprovechado, reído, alzado y vivido los días más cortos. Allí es donde regreso cuando quiero no regresar.

Mi DNI está escrito a la par en castellano y en valenciano. Ese DNI me define también en una naturaleza más acérrima: me define en el corazón y en el alma. No hay nada en Gandía que me resulte extraño, salvo los madrileños que la pueblan en verano e incluso ellos son mis paisanos. Gandía es mía. Creo que alguien muy patética usó una vez esa expresión en un triste programa de televisión. Pero Gandía es mía y la reclamo propia: en cada esquina, en cada calle, en cada bar, en cada gota fría, en cada puto rayo de sol.

Si algún día desaparezco y nadie sabe adónde he ido. Si algún día desconecto todos los cables y me pierdo. Si alguna vez me llamas y no estoy. Si alguien me busca y no me encuentra. Si abandono esta ciudad para escapar de ella. Si algún día, por cualquier motivo, dejo de pensar en ti y en todo, es que me he ido. Lejos de aquí, lejos del ruido, lejos de mí. Varias veces al año me reclama Los Caracoles.

Y varias veces al año acudo a él.

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