Los largos despertares

Esos en los que te desperezas deliberadamente engalanado de sueños tranquilos. Y te permites el lujo de estirarte con calma. Aunque haya prisa. Aunque la haya, contigo. Es como comenzar un primer plato del menú o un nuevo puzzle. Primero ordenas la cabeza, luego las piezas. Primero organizas mentalmente el horario de las próximas horas. Yo te sitúo en mi día. Cuándo voy a verte, hablarte por teléfono, pensarte. Eso es continuo, pensarte. Al iniciar el día todavía estás ahí, desprendida de mi inconsciencia y presente en mis siguientes pasos diurnos.

            A veces me gustaría que lo que empieza empezara para siempre. Que lo que hemos iniciado con tanta ilusión no se enrede ni complique. Que todo sea nuevo, sorprendente, fascinante, eternamente. Y seguir descubriéndote hasta el infinito, todo inesperado y todo recién amanecido. Y pensar que eres maga. No, no bruja. Maga. Por no poder explicarte, comprenderte del todo, conocerte del todo todavía. Y pensar en qué clase de magia llevas por dentro, qué clase de poder te hace así, te forma así, te dibuja así ante mí, tan absurdamente esplendorosa.

            Cuentan de Carlos de Haes, belga adquirido, que al presentarse a la Cátedra de Paisajes de la Real Academia de Bellas Artes los candidatos rivales llegaron a descerrajar la caja donde guardaba sus útiles de pintura tratando de encontrar el secreto de su obra, buscando el truco, pensando que hacía trampas. Las trampas de De Haes no eran más que las nuevas técnicas pictóricas que desde Francia e Inglaterra se extenderían por toda Europa y él aplicaba en España,  pero para quienes no las conocían eran magia. Y todo truco de magia tiene su explicación, sólo hay que llegar a conocerla.

            Conocerte a ti. Si yo pudiera descerrajar la cerradura que guarda cada uno de tus  mágicos pensamientos quizá la función, el truco con el que me engañas, desaparecería para siempre. A veces es mejor no saber. A veces, ya lo he dicho, sería mejor empezar para siempre, no conocer, no tener ni idea, sorprendiéndome todo, eternamente. Y no intuir de dónde proviene tu poder, qué sencilla explicación guarda la llave de tu mundano y común truco que, a ojos vista, tanto me embelesa.

            Y ya, lo saben ustedes tanto como yo, decía Clarke aquello de que cualquier tecnología avanzada es indistinguible de la magia. Ya lo creo. Y de qué manera. Qué clase de técnicas pictóricas habrás aprendido tú en tus largos devenires sobre la faz de la Tierra, esos que con tanto ímpetu me cuentas, para hechizarme así. Cuántos secretos guardas en tu sesera que te convierten a mi mirada en el más atractivo de los seres. Cuántos vulgares trucos para niños has practicado para mí, a solas en nuestros ojos.

            Era Nuria Fergó la que cantaba aquello de los zapatitos nuevos de tacón, coloraíto el corazón. Ah, zapatos nuevos. Ojalá no se acomoden nunca éstos a la forma de mis pies. Y siempre tenga esa sensación casi molesta de llevarlos puestos. Esa sensación de no saber. De no poder explicar nada. De no estar habituado a algo que algún día quizá me parezca sencillo y aburrido. Que no termine nunca el comienzo. Que no termine el despertar, este despertar, en el que me desperezo engalanado de ti, con tiempo para estirar los músculos con calma, deliberadamente, como si no hubiera prisa. Aunque la haya, contigo.

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