Los relsucos

En algunos azulejos de las mansiones más rancias, esas en las que ya se ha perdido la ilusión, quizá porque nunca la hubo, y se han muerto desde los abuelos hasta los nietos para dejar un rastro de nada en absoluto, sobreviven sin duda encaramados en las ramas y las vallas los más tiernos animales: los relsucos.

Los relsucos tienen una única misión en la vida que les viene dada por genética, como una leona acecha y persigue a sus presas por instinto, y que los padres transmiten a sus hijos, de generación en generación, con consejos sobre la mejor forma de hacerlo. La misión de los relsucos, desde que nacen hasta que mueren, es siempre la misma: tienen que espiar a alguien.

Si viéramos a los relsucos tal como son, escondidos donde están entre las ramas y las tapias, veríamos que sus reuniones sociales se parecen mucho a sesiones de clubs de yoga y sus edificaciones tienen un aire a templos budistas. Me gustaría pensar que los relsucos son vegetarianos, pero les he visto morder. Nunca a personas, pero muerden. La mayoría viven en cuevas, aunque anden disimulados por el mundo entre reojos y espejismos, y se escondan a la menor sensación de humanidad cercana.

Sin embargo, cumplen su cometido: el espionaje. Pues un relsuco no se siente realizado en la vida si no espía, y utilizará todos los recursos y armas a su alrededor para espiarte. Por ejemplo, si llaman y no reconoces el número no contestes al teléfono, porque podrían ser ellos. Podría ser un relsuco espiándote. O, si oyes tu nombre por la calle, no te vuelvas y mires, no respondas al sonido, porque muy probablemente sea un relsuco siguiéndote. A veces pierden el rastro y te llaman, por teléfono o de viva voz. Así que ya sabes.

Te conocen bien, saben cuándo has tocado fondo y cuándo estás en la cima, y cuándo lloras y cuándo ríes, y cuándo quieres y cuándo odias, porque, al fin y al cabo, te siguen a todas horas. Están donde tú estás, ven lo que tú ves, oyen lo que tú oyes. Están siempre contigo, espiando, mirando, cotilleando.

Y a veces te traicionan. Pero otras veces te ayudan. Están ahí, siempre, y no sabes por dónde van a tirar con sus ojitos diminutos.

A veces, pienso que los resulcos son nosotros. O sea: que son tú. Quiero decir: que tu resulco eres tú mismo.

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