Luces apagadas

bombillas

Luces apagadas se entremezclan en el ensordecedor desafío del instante en el que entro en la sala. Es ensordecedor sin ruido. Es ensordecedor por las luces poblando la habitación. No sólo ciegan: aturden, acallan, te vuelven mudo y ciego y sordo. Tenía razón Leticia cuando me aconsejó que no fuera. Más que aconsejar me ordenó que no lo hiciera: “No vayas”, me dijo, a medio camino entre la súplica y el ultimatum. “No vayas”.

Pero yo allí estaba, como no podía ser de otra forma. Necesitaba el trabajo, por peligroso y distinto que fuera. Aquella trastienda china, repleta de farolillos y bombillas que quebraban el alma, aquella sala donde mi nueva clienta esperaba, auguraba que todos los consejos, súplicas y ultimatums de Leticia habían sido acertados aunque lo hubieran sido en vano.

“¡Hola!”, dije, en voz alta. No respondió nadie salvo una sombra agitándose tras una cortinilla. “Hola.”, repetí, en voz más baja. Tampoco esta vez me llegó ningún sonido pero también detecté movimiento de nuevo. Y entendí. Entendí que con aquella iluminación que apagaba todos los sentidos, no habría sonidos y sólo movimiento. Sólo cuerpos moviéndose.

Se adelanto hacia mí entrando en la sala y revelándose entera. Asiática, sin duda. En la cuarentena. La mayoría de mis clientas lo eran. Intuí que sólo le cubría la manta de seda con dibujos de tono rojizo con la que se tapaba. Lanzada. La mayoría de las otras eran más retraídas al principio y esto facilitaba las cosas. Aventuré que había estado pensando en lo que iba a hacer conmigo y con mi cuerpo durante todo el día, y quizá estuviera húmeda incluso antes de acercarse a mí, todos los poros de su piel anticipando lo que sucedería en unos instantes.

Me acerqué yo a ella, dando como siempre el primer paso hasta que nuestras narices casi se tocaron. A continuación, hice que se tocaran. Supe, ahora con certeza al sentir en mi mejilla el hálito y la cadencia de su respiración, que estaba lista incluso antes de empezar.

Me pagaría bien. Y Leticia, mi chula, se había equivocado. Mi nueva clienta china chasqueó los dedos de su mano derecha una sola vez, y las mismas luces que al principio me cegaban, se apagaron.

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