Martn, el cazador

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Más allá de la frontera de Edan, tierra sobre la que los dominios del general Paago se extendían legalmente tras el pacto de Maen-Maen pero donde la presencia de humanos era nula, tan cerca de los límites del espacio conocido que ni siquiera las Escuadras Siderales se molestaban en rondar la zona, se encontraba el planeta que el registro de la Federación nombraba como RFDX-344 y los locales, con más respeto y miedo del que querían reconocer, llamaban Uoia, que en la Alta Lengua que ya ninguno de ellos usaba significaba “devoración”.

El cazador intergaláctico Martn no le tenía miedo a las supersticiones. Era sólo un planeta inhabitado más, tan cerca de la frontera y tan lejos de los núcleos de actividad humana que nadie le prestaba atención. Pero para los cazadores como Martn el territorio virgen e inexplorado era un sueño convertido en realidad: las historias que podrían narrarse sobre una cacería allí alcanzarían tal vez la talla de leyendas.

Estacionó su nave estelar Tera, con forma de platillo tal y como solía fabricarlas la civilización Aleialeja desde tiempos que se perdían en el olvido de la historia, y comenzó la diversión: extraños animales de cuatro patas que su ojo experto pudo clasificar como mamíferos sin saber exactamente qué eran, tuvieron la mala suerte de cruzarse ante él. A diestro y siniestro disparó su rifle laser y marcó para abdución los seres más insólitos, nunca vistos en el espacio conocido, que los museos naturales e institutos de ciencias se pirrarían por poseer. Sin duda Martn obtendría buen dinero por aquellas piezas. Rió con fuerza ante la noche contemplando los cadáveres de los enemigos salvajes muertos por su pericia, y pensó que una botella de Greg, en aquel campo, antes de partir, sería perfecta para cerrar el trabajo y borrar el recuerdo de los terribles bramidos moribundos que ahora resonaban en sus oídos como un eco póstumo, como una elegía, como una prueba de que matando era el mejor, y que como una maldición impuesta por el planeta no le abandonarían jamás hasta el resto de sus días.

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