Media Vuelta

Daniel Sierra no quería ver a Sofía. Era lo último que quería hacer en el mundo, verla, y, al mismo tiempo, lo deseaba con una intensidad malsana. Habían pasado dos años desde la ruptura y no, todavía no lo había superado. Últimamente, de hecho, la idea del suicidio cada vez rondaba más sus pensamientos. Antaño no había sido así. Daniel recordaba su tiempo en Barcelona, años atrás, cuando era comisario del MACBA y vivía con Sofía, y se querían, y había jugado con la idea de comprarle un anillo. Uno de esos de “te quiero, ¿te casas conmigo?”. Sí, uno de esos.

Hoy sólo dos cosas mantenían a Daniel a flote: por un lado, la bebida. Era un círculo vicioso, el alcohol le rescataba de sí mismo para hacer su vida un poco más llevadera, el dolor un poco más soportable, pero al mismo tiempo le hundía más en el fango. Lo necesitaba para olvidar pero el olvido no llegaba salvo en ráfagas fugaces. Por otro lado, sólo las tertulias del club del libro Ciervo Blanco, los fines de semana, le mantenían a flote. Iba todas las semanas, aunque no leyera los libros que se trataran, porque en esos encuentros, durante un par de horas, sentía que estaba vivo otra vez. A Sofía le gustaba mucho leer. A él también, se lo habían inculcado sus padres, pero el tiempo de la literatura para él había pasado. Era el tiempo del dolor, ahora. Al menos, en las tertulias, se le olvidaba todo. Y no buscaba nada allí: ni un ligue, ni un autor que le maravillara, ni siquiera un rato de compañía con amigos. No, era sólo que las tertulias interrumpían el ciclo de autodestrucción interna en el que se descubría a con frecuencia.

Solía dormirse pensando que si Sofía volviera todo se arreglaría. Lucas, del club del libro, con el que a menudo hablaba de mujeres y amores y roturas, le decía siempre que debía olvidarla, que no merecía la pena. “Para ti es fácil decirlo”, respondía Daniel. “Para ti es fácil”. Irina Komarova le aconsejó lo mismo tras una tertulia: “El pasado es pasado, déjalo estar”. Daniel veía más claro que Sofía era la pieza del puzle que arreglaría su vida, si volviera.

“Pero no volverá”, pensaba, mientras subía en el ascensor a la planta de su habitación en el hotel en Las Ramblas. Todos los años, el 24 de noviembre, el día de su aniversario con Sofía, Daniel viajaba a Barcelona y alquilaba la misma habitación -la 315- en la que años atrás habían pasado su primera noche juntos. Y todos los años bebía hasta que el dolor cesaba. Y como nunca cesaba, nunca paraba de beber. Sofía, sólo con reaparecer, podía arreglar aquello. Pero jamás la vería otra vez.

Al llegar al pasillo de su habitación divisó una forma humana acurrucada frente a su puerta, dormida, como si se hubiera tendido a esperar y hubiese sucumbido al sueño. Era Sofía. Era su sueño hecho realidad, la imagen que había esperado durante los dos últimos años. Que ella volviera. Y lo había hecho: a la misma habitación donde aquella noche hicieran el amor por primera vez. Y había vuelto en su aniversario. Daniel tembló. Aquello era lo que necesitaba para arreglar su perdida existencia.

Así que no lo dudó. Dio media vuelta. Bajó al parking, montó en su coche y condujo hasta regresar de nuevo a Madrid. “No merezco ser salvado”, pensó. “No lo merezco”. Y abrió otra lata de cerveza, recordando a sus padres fallecidos porque él había olvidado cerrar la válvula del gas de la cocina.

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