Mentiras

Tiene miedo de reconocer aquello que pudiera hacerla daño, así que tiene a protegerse de reconocer nada inventando mentiras que la cubren. Y la cubren, sí, pero hasta cierto punto. Porque aquello que podría hacerla daño, en caso de reconocerlo, es precisamente haber mentido. Y si miente para encubrir las mentiras primeras, lo único que hace es aumentar la posibilidad de llegar a hacerse daño, mucho en el futuro, cuando deba reconocer que ha mentido; no sólo a primera instancia, ya, sino mentido sobre las mentiras para cubrir las mentiras.

A veces es como si no oyera sus propias conversaciones, porque se contradice cantidad de veces. Demasiadas. Pero, además, de forma clara. Hoy dice «blanco» y mañana dice «negro», y para ella es como si no hubiera pasado nada, como si no fuera obvio, absurdamente obvio, que está mintiendo. No sé si es que es tan tonta que ni siquiera sabe mentir bien y por eso no se da cuenta de que la han pillado, o si lo hace adrede como diciendo «mira, te estoy mintiendo, me importa una mierda, miento continuamente». Podría ser, en efecto, que tuviera la mentira tan interiorizada, tan hecha propia como forma de relacionarse con el mundo, que no fuera consciente de hacer algo mal, de que la mentira fuera mala, como si estuviera justificado mentir, y fuera correcto hacerlo, y debieran darle un premio por mentir tanto. Y confundir tanto. Y enredar tanto. Porque, claro, algunas mentiras te las crees. Es inevitable no hacerlo. Sobre todo, hasta que entiendes que es mentira casi todo lo que te ha dicho, que lleva un tiempo darse cuenta de algo así; más aún si es alguien en quien confías. En fin.

Supongo que se quedó huérfana de verdades muy pronto, quizá incluso ya de niña, cuando descubrió que si contaba una mentira, a veces, no pasaba nada, y podía salirse con la suya. Podía, por ejemplo, evitar situaciones que la incomodaran con una mentira. Y no pasaba nada. Y podía, por ejemplo, jugar con los comportamientos, actitudes y emociones de la gente al contarles mentiras. ¡Todo eran ventajas cuando se mentía! Así que empezó a hacerlo a menudo, poco a poco al principio, soltando una mentira aquí y allá en momentos de necesidad, hasta darse cuenta de que podía mentir continuamente, sobre cualquier aspecto, y salirse con la suya mentira tras mentira, así que acabó convirtiendo su vida en una mentira completa.

En su cabeza, para justificar tal cosa, de forma progresiva con el pasar del tiempo, argumentándose a sí misma, reflexión tras reflexión, llegó a la conclusión de que mentir estaba «bien», era aceptable, podía hacerse, era un recurso válido para entenderse en sociedad y en las relaciones de género, para tratar a la gente que la rodeaba, ya fueran amigos, desconocidos, familiares, amantes o enamorados. Estaba bien mentirles, manipularles, engañarles. Porque la mentira era ya un recurso más, parte de ella, y estaba bien hacerlo, en su cabeza.

No era consciente de haberse convertido en un monstruo y, si llegaba a pensarlo alguna vez, se diría a sí misma que la culpa era de los que se creían las mentiras, no de ella, y, además, que todos los demás eran tontos si no usaban las mentiras también, como ella, en la vida cotidiana y a todos los niveles.

Así que podía inventarse hechos, sucesos, acontecimientos, y también sentimientos, emociones, lo que fuera. Podía inventárselo todo. Podía decirse a sí misma: «esto lo hace por celos», y creérselo. Lo cual no es grave, el problema es que también podía decirse a sí misma, y a los demás: «esta conversación tuvo lugar» (cuando jamás había sucedido) o la inversa: «esto que nos pasó en este lugar y este momento, nunca ocurrió» (cuando sí había sucedido). Manejaba así la realidad a voluntad, maleándola según se lo exigieran su ego, su autoestima o sus intereses. Y sin ningún pudor, porque había institucionalizado la mentira, la había validado, hecho propia, considerándola aceptable e incluso digna.

Ni siquiera era consciente de estar cometiendo un error, de perderme mentira tras mentira, precisamente porque para ella la mentira era válida, buena, algo lógico. Así que no entendía mi rechazo a ella y a sus mentiras, mi empeño en sacarla de mi vida mientras siguiera mintiendo.

Otras veces, sin embargo, parecía comprender perfectamente lo rastreros y cutres que eran sus engaños, y me los mostrara adrede, obvios, como para decir: «esta es la mierda que soy yo, soy así de mentirosa y ruin», mírame, evalúame, júzgame en mi incapacidad para dejar de mentir, y luego vete o quédate.

Me fui, claro.

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