Miedo escénico

Jorge Valdano, ese referente internacional para la intelectualidad, acuñó hace tiempo una expresión singular que ha venido a convertirse en la frase que define la sensación que sufren los equipos pequeños cuando visitan en su casa a los grandes conjuntos. Valdano solía hablar de “miedo escénico” describiendo el estado que producía el Bernabeu cuando él estaba en el Real Madrid: se juega contra uno de los mejores equipos de fútbol del mundo, se hace en un campo con 100.000 espectadores, siguen el encuentro millones de televidentes, la prensa deportiva hablará durante días de lo que allí suceda. El “miedo escénico”, decía, es un punto a favor del equipo de casa, acostumbrado a jugar en esas condiciones cada quince días; para los visitantes, sin embargo, jugar en el Bernabeu producía un aumento de la tensión y del nerviosismo.

A mí nunca me quedó claro que el “miedo escénico” jugara a favor de los de casa. Más, al contrario, siempre he pensado que jugar contra los grandes equipos en sus estadios suponía un aliciente, una fuente de motivación, para los jugadores menos acostumbrados a ser el centro de atención continuamente. Lo cierto, creo, es que estar en el punto de mira produce dos efectos contrapuestos.

Los escenarios son un lugar curioso, raro en su naturaleza, que altera los comportamientos, juega con nuestro sistema nervioso y produce sensaciones desconocidas. El otro día oí hablar por la radio a una mujer cuyo trabajo consistía en enseñar a altos ejecutivos a hablar en público; daba algunos consejos prácticos que se referían a modular más la voz, entonar con más intensidad que en una conversación normal, etcétera, pero también enseñaba a controlar la respiración, vigilar el ritmo cardíaco y explicaba cómo calmar los nervios y obtener serenidad.

Hablar en público, actuar en un escenario, suele producir nerviosismo, pero no siempre. Durante las veces que yo he estado subido en una tarima los nervios no han supuesto un problema, casi nunca, en el mismo sentido en que jamás me ha importado hacer exposiciones en clase o dirigirme a un grupo grande. Hay personas, sin embargo, a las que ser el centro de atención les supone un problema. Lo interesante, más allá del carácter de cada uno, es el hecho de que ser objeto de multitud de miradas altera nuestro comportamiento, en un sentido u otro.

Por un lado puede producirse, y de hecho así es, el conocido efecto Howthorne. Elton Mayo, sociólogo de Harvard, estudió durante largos periodos de tiempo el comportamiento de los trabajadores de una empresa de relés. Su intención era jugar con variables ergonómicas (temperatura, iluminación) para tratar de dilucidar qué factores incidían más en el ritmo de trabajo y aumentar así la productividad. Su descubrimiento escapó a lo pretendido y acabó dando pie al inicio de la Escuela de Relaciones Humanas en recursos humanos. Comprobó que, cuando mejoraba la iluminación de los puestos de trabajo, la productividad de los trabajadores aumentaba; pero también constató que, al reducir las condiciones de visibilidad, la productividad seguía aumentando. Le sucedió lo mismo con todas las variables ergonómicas que puso a prueba: no importaba lo que hiciera con los elementos físicos, la productividad siempre aumentaba durante su estudio. La solución es simple: los empleados trabajaban más cuando se sentían observados, ni más ni menos.

Por otro lado, sin embargo, la mirada ajena es a menudo fuente de inquietud y nerviosismo. Las tareas que requieren concentración suelen verse afectadas por la presencia de otros: es el alumno de golf que golpea bien a solas pero es incapaz de darle a la bola cuando le mira el profesor, las meteduras de pata que nos llevan a dejar caer objetos al suelo cuando descubres que te observa alguien, el actor novel de teatro que olvida el papel al encontrarse delante del público cuando en los ensayos lo recordaba a la perfección, las bailarinas a las que les tiemblan las rodillas cuando llega el debut. Las reacciones nerviosas de ser el centro de atención son muchas y muy variadas, y provocan una inestabilidad que no se produce en la vida cotidiana.

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