Mírala de espaldas

Mírala de espaldas. Ahora me dice: ven. Ahora: no vengas. A veces me mira y nos miramos. Me da la cara. Mírame. Bien, tranquila. Eso es. Mírame bien. En otras ocasiones no lo sabe, o no lo ve; en esas ocasiones no me mira, sin que eso implique darme la espalda. Pero no me mira. Hay otros momentos, claro. Ése en que sonríe sin mirarme. Ése en que me mira y sonríe. Ése en que llora, con sus ojos en los míos agitando sus lágrimas las mías. Ése en que no. Y hay remolinos entre ambos, lo sabe ella, lo sé yo. Sí, hay remolinos. Pero ella no ve lo que yo veo, no ve desaparecer toda tormenta cuando tenemos los ojos en los ojos. Quizá no se de cuenta de cómo la cadena que une pupila contra pupila disuade a la naturaleza de escarmentarnos clima. O no lo ve, o no lo mira. Mírame ahora, mira. Eso es. Tranquila. ¿No lo ves? Desaparecen las dudas. Sigue mis ojos con tus ojos. Manténlos. Lo estás viendo. Todo bien, y tus ojos con los míos. Vaya, ahora sin los míos. Lo has perdido. Te he perdido. Mírame. Mírala. Mírala de espaldas.

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