Ni siquiera una estela

No encuentro las palabras ni el ritmo ni la magia ni la cadencia ni el sentido. No encuentro las luces ni las naves ni la estancia y, por no encontrar, no encuentro ni las llaves. Las que hablan de ti. No has dejado nada. Ni siquiera una estela. Has existido como existen las moscas: viven una semana y desaparecen. Sin dejar rastro. Tenías un nombre pero no sé pronunciarlo ya. Tú nunca aprendiste a pronunciar el mío y algo dentro de mí se alegra de no habértelo enseñado.

Quería escribirte un texto profundo y pasional, sesgado y atractivo, que hablara de ti. Por dedicarte unos versos. Quizá un conjunto de adjetivos que te describiera y unos cuantos sintagmas que englobaran lo que has sido. Quería decirte adiós pero me pongo a la tarea y no me apetece ni siquiera despedirte. Ni una sola llama vacilante de cuantas encendimos sobrevive agitada – ni siquiera remolona – en mi sesera y las palabras arreboladas que pudieran acompañar lo que he sentido se perdieron antes incluso de nacer. Como si nunca hubieras sido.

No te corresponde ni siquiera una estrofa. Ni un recuerdo luminoso que te etiquete en una lista de estrellas ni una frase graciosa que te acompañe en mis anécdotas. No has dejado ni un rastro de vivencias que poder seguir como pisadas en la nieve hasta encontrarte otra vez en mi cabeza. Buscabas más que un orgasmo efímero en la noche y sin embargo no has logrado situar ni un solo punto borroso en mi mapa del cielo. Tampoco yo intenté ponerle tu voz a una estrella, ni regalarte la luna, ni quedarme con uno solo de tus rasgos, comprándolo, para mí. Nada. Por no dejar no has dejado ni un sabor en mis labios que pueda echar de menos. No has subido más allá de las nubes y en buena medida es culpa mía. Por no amarte, por no elevarte, por no entregarte un pasaje cómodo en mi vuelo. Lo único que te di jamás es mi cepillo de dientes, que dormía en tu cuarto de baño y olvidé recoger. Por no volver a verte. Por correrme en tu boca sin penetrarte en la vigilia del sueño. Por abrazarte como si te fuera a ver mañana en lugar de apurar cada segundo como si fuera el último. Por dejarte sin sentido en la mañana de un roce y enredarme en los acantilados de las escaleras de tu piso, al largarme tras no haber dormido nada durante los treinta días escasos que has durado en mi agenda del móvil.

Te regalo este texto porque no puedo darte otra cosa. Porque no sé qué contarte aparte de algún chiste malo sobre lo que nos ha sucedido y tal vez un par de besos que no quiero repetir. No te confundas. Me sigue llamando el sendero de tus piernas. Siguen siendo tus pechos esas montañas enrojecidas por el roce de mi piel mal afeitada que quiero amasar como pan tierno hasta desgatar los dulces picos y lamer hasta convertir su prominencia en profundo valle erosionado. Sigue siendo tu espalda una autopista para mis dedos descastados y tus nalgas caramelos anti-stress que agarrar intensamente con o sin vaqueros. Siguen siendo tus labios bosques humedecidos de flora recóndita y mi lengua su leñador airoso que en la profundidad de un número simétrico los tala. Y más arriba siguen los labios de tu boca parcelados por los míos.

Pero no hay nada más. No hay ganas de recorrer tu camino ni de enviarte mensajes con un lugar y una hora ni de buscar tu mirada como si fuera la mía. Te he dejado marcada como se marca el ganado, con el calor de una succión quinceañera, y hemos jugado a sentirnos en la desnudez de las noches de fuego; luego todo se ha fundido en el vacío. Fugaz. Ojalá te pudiera escribir con más ritmo. Ojalá encontrara algo que decirte para rellenar estos párrafos. Ojalá hubiera un momento único y especial que te distinguiera en el mundo. Pero ni siquiera puedo seguirte en los versos. No has dejado, lo siento, ni siquiera una estela.

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