Nos hechiza siempre el acento

Nos hechiza siempre el acento, la tilde, lo remarcable, lo que destaca, lo que te hace especial, lo que lo hace especial, lo que hace distinto a una letra simple y plana: el acento. Incluso en los combates de boxeo social brutales, bien raudos o de desgaste, lo que nos mata y aniquila es lo original, lo impredecible, lo maravilloso; acaso el golpe que no vemos venir, por inesperado; quizá el beso que no vemos llegar, por imprevisto.

Como en los combates de boxeo, a veces también el Universo™ nos presenta medios de transporte con los que no contábamos. Medios de transporte a otros mundos, quiero decir. Como la barca de Caronte, que te lleva a la muerte más allá de la laguna, también en la vida pasan a veces autobuses que no paran para ti. Y trenes, muchos trenes. Trenes que llevan a otros lados, a otras vidas. A ese lugar.

Y a veces es como si fuéramos ciegos. No, ciegos no. Bizcos quizá sea mejor palabra. Como si miráramos al conductor del autobús para indicarle que pare pero como tenemos la mirada desviada el autobús no para, y lo perdemos sólo para darnos cuenta de que el conductor del coche del escarabajo rojo ha parado pensando que le mirábamos a él. Vaya combates de boxeo nos ofrece a veces la carretera, y las paradas de autobús.

Y las de tren. Las estaciones.

Me cabrea enormemente la gente que no sabe mirar bien. Adonde debe, adonde toca. Que alza el brazo para avisar al piloto de la ruta de que debe detenerse y en lugar de hacerlo bien sólo muestra un gesto raro que confunde a todo el mundo a su alrededor, incluído a quien le quiere. Especialmente a quienes le quieren. Joder, hazlo claro. Hazlo fácil.

Que nadie tenga que preguntarte nunca más: ¿por qué me has llamado?

Por qué cojones se cree la gente que los demás pueden leer sus pensamientos es algo que me intriga y me cabrea a un tiempo, acompasando como un diapasón de izquierda a derecha las sensaciones de “¿por qué?” y “te odio”. La solución, por supuesto, es escapar de la jaula, y que para cuando alce la mano en el combate de boxeo para marcar el acento ya no haya pájaro encerrado al que arrear. Pero joder, qué triste, tener que alzar el vuelo. Sobre todo, cuando el dueño y el pájaro sólo se enfrentaron cuando ya no había otro remedio o, más exactamente, cuando al no entender nada sólo quedaba el enfado, y el disgusto, y la desesperanza. Y el llanto, el puto llanto. Si dejaras por un instante de llorar, podría apreciar lo bonito que tengas tras los ojos empañados. Joder, hazlo fácil.

La locomotora del tren escapó cuando le dijeron que lo hiciera, cuando el maquinista quiso. Peor aún: movida por raíles. En los raíles. Nada más allá fuera de ellos. Ni siquiera la marcha atrás. Ni siquiera hacia el pasado. Sólo hacia el futuro, definido, camino claro y orden de arrancar lanzada.

Sólo controlas el ritmo.

Sólo controlas el ritmo, y a duras penas.

Casi como si estuviéramos haciendo el amor otra vez; sólo controlas el ritmo, y a duras penas.

Así que vamos a escapar de la jaula, de este combate de boxeo, para alejarnos del acento, ponernos un biquini y largarnos a la playa, lejos de todos los barrotes. Pero para eso, ya lo he dicho, hay que coger un autobús. O un tren, igual nos da. Mira, ahí viene el autobús. Páralo, llámalo, avísale. No, ¿pero qué haces? ¡Bizca, so bizca! Así no se va a enterar de que le llamas a él nunca. Nunca en la vida se va a enterar.

Hazlo más claro, más fácil, más definido. No tengas miedo, si lo difuso del gesto es por falta de valor. No temas nada. Practica, si lo nebuloso de tu llamada es por no saber, por no tener idea de cómo llamar, por torpe. Practica mucho hasta hacerlo bien. Porque cuando sepas hacer ese gesto bien, el de llamada al autobús, vas a poder coger el transporte que quieras, cuando quieras, desde la estación que tengas más cerca hasta la estación que más te guste, y podrás escapar de toda jaula, ganar todos los combates y capturar el acento.

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