Nunca fui el hombre que cree

No la entiendo en su empeño de alimentar su propio ego. No puedo comprender ni sus motivos ni su locura, ni su necesidad de convertirme en lo que no soy, y de lucirme ante los demás como si fuera una prueba de su propia valía. Se empeña en ello. Pero no soy quien cree que soy. Ni pasar de ella, ni ignorarla, ni la ironía a su costa una y otra vez en el MSN, ni las conversaciones que yo mismo evité, ni la negación directa, ni los halagos para calmarla, ni nada, le demuestra que nunca soy quien ideó. Que nunca lo fui, aunque me gustara. Sí, hablo de ti, Mercedes.

Hace mucho, mucho tiempo, que le expliqué que ella no era nada, que no significaba nada, que sólo quedé con ella una vez a modo de cita, que no soy quien cree que soy, que ha construido un ángel de la guarda constante a su lado que yo nunca soy ni fui. Pero le gustaba creer que no era así. Creó, equivocada, una persona que yo no era para alimentar su ego, y dijo: “tú estás loco por mí”. Un sin sentido, aunque sí me gustara. Claro. Nunca como ella piensa, nunca con profundidad. Escribí algún retazo de abismo emocional pensando no en ella sino en todas, aunque partiera de su base, exagerando lo vivido, y creyó que sólo hablaba de ella, o que era objetivo al describir tamañas alturas emocionales, cuando todos sabemos que en la literatura se exageran la emoción y el sentimiento. En realidad da igual. Ella quiere creer que la quieren, y nada la hará cambiar de opinión.

Creo que se convenció a sí misma por mucho que yo le dijera lo contrario. En parte es comprensible, al principio también le dije que no quería nada con ella aunque no fuera así. Miedos de uno. Luego, cuando propuse quedar, me rechazó.

Al tiempo, me citó ella. No funcionó. Entre otras cosas porque jamás supe quién era en realidad hasta que no fue demasiado tarde, porque aunque se sentara a mi lado, aunque clavara sus ojos en mi espalda, aunque -menos probable, siempre tuve la impresión de que nunca ella hizo tal cosa- se sentara a esperarme en las escaleras aguardando mi llegada, jamás averigüé su naturaleza. Hasta después.

Y entonces, le expliqué la situación: “sólo fue una cita, me gustabas, quise quedar y conocerte, eso es todo”. Acostumbrada quizá a otras actitudes, imaginó un hombre que yo no era para ella. Le repetí mil veces que no significaba nada, la ignoré, me centré en otras, la esquivé, procuré no insultarla ni tratarla mal. Pero algo en su ego, supongo, necesitaba creer que todavía quería estar a su lado.

Varias veces me llamó para que fuera, lo intentó por todos los medios. No fui. Se lo dije a ella, a sus amigos, a quienes escucharan: “no sé quién crees que soy, pero te equivocas conmigo”. Pero ella necesitaba sentir lo contrario, quería sentir que la amaban aunque no fuera cierto. Y, con ironías que dije para acallarla y que ella tomó como ciertas -porque quería creer como ciertas-, alimenté su proceso. Ella misma construye en su imaginación lo que quiere ver, y cualquier cosa que diga lo acrecienta.

Le gusta creer que gusta, pide a gritos que los demás crean que es así. Quizá lo necesite demasiado. Y se empeña en creer que yo soy ese hombre que está a su vera a cada instante, que la ama, que la cuida, que la idolatra. En cierto modo, quizá así fuera. Pero no como ella piensa.

Y ya no sé cómo explicarle que nunca fui el hombre que cree, porque nada la hará cambiar de opinión. Está obsesionada con ser amada, y no parará hasta convencerme a mí, y al mundo, de que todavía la quiero, como si alguna vez hubiera hecho tal cosa.

No sé por quién me tomó o por quién me toma. Pero se equivocó conmigo mucho más de lo que ella cree. Y todavía quiere creer que la quiero, se empeña en ello, aunque hace ya mucho, mucho tiempo, que dejó de gustarme. Quizá algún día reconozca que fue ella quien dio los primeros pasos hacia mi, la única que planificó todo el camino, la única que se empeñó constantemente en afirmar que la quise, la única que todavía hoy intenta probarlo. Es su bando el que se equivocó del todo. Y ha vivido mil esfuerzos, mil entregas, mil acercamientos, para convencerse de que yo soy el tío enamorado que la guardará hasta el fin de sus días.

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