Ojos rojos

He visto lágrimas, he visto risas, he visto declaraciones de amor y declaraciones de guerra. No hay nada especial en eso, sólo es la vida. Pero los he visto allí donde no creí que existieran: sobre un campo yermo.

El código crece de la nada. Lo que en su naturaleza es frío, impersonal, meros bites configurando un orden dado, se me antoja ahora plagado de realidad, de corazón, de sentimientos. La red es un lugar frío que las personas que lo habitan calientan con su fuego.

Y se enamoran y se odian con una facilidad pasmosa. ¡Qué confundido estaba! Yo, que consideraba internet un lugar para el trabajo, para la cultura, para las reflexiones, para el mero tránsito de información, encuentro sentimientos allá donde miro.

La gélida red está plagada de emociones, porque la gélida red está formada por personas. Aunque se expresen a través de extraños caracteres, aunque no se conozcan cara a cara, aunque oculten su identidad bajo una identidad inalcanzable, son personas.

Y las personas no pueden evitar sentir.

Leo una y otra vez los mismos senderos recorridos: amores no correspondidos en todas partes, grupos de amigos peleándose o echándose unas risas, etcétera. Como la vida misma, vamos. Se liga, se hacen amistades, se sufre, se conecta, se habla. Se vive.

Me acerco al horizonte que creí vacío y lo descubro lleno, vibrante, sensitivo. Veo ojos rojos, leo sueños, sonrío ante la alegría y comprendo los llantos. Veo lo que no veía antes.

Personas conectando en un océano de código.

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