Ola rosa

Hay una cara oculta en el mundo. Un lado oscuro de la fuerza. Es el lado del dado cuyo número nunca cae bocarriba. Se entreteje con todo lo que alguna vez cualquiera dijera o hiciese. Late. Late con fuerza. Es una garra inagotable, inaudita, rauda, en los colores del mundo. Colores no es la palabra correcta, nunca lo fue. Lo invisible se encuentra más allá del arcoiris.

                Lo rosa también.

                Decía Iker Casillas, en uno de sus discursos catedralicios, que a veces el elogio debilita. Tenía razón. Especialmente en los tonos más intensos de rosa, pero no sólo. También en las guerras asombrosas que acontecen celéricamente en los grises pavimentos de las ciudades modernas. Oh capitán, mi capitán, fuego a discreción. Fuego, ya. Que rugan los cañones, que disparen los fríos fusiles, que se extiendan las miras telescópicas cegadas y hallen su presa con determinada pausa. Que desenganchen las balas.

                A lo rosa no.

                Lo rosa es hoy, como lo fue siempre, parte no de las ciudades sino de nuestras montañas y valles. Es un color que abunda en los sonidos impertérritos de todos los alféizares tranquilos, menos en el del barrio donde habitas. Una guerra no es un combate manido y roto de violines en éxtasis. No, una guerra es una guerra y punto. Y existe.

                Como existirá siempre lo rosa.

                Hay ternura caramelizada en los combates más crueles que nunca fueron rosas. Hablo de la ira fundida en un momento fugaz. Y de los piñones disparados con malicia acto seguido en una tarima velada por un telón sempiterno. Ese escenario es la historia de nuestras vidas. De todas las vidas.

                La vida es rosa.

                Lo cantaba apasionada aquella y dulce lo cantó después Audrey en un Ford cabrio del 54 perfectamente acompañada. Y toda compañía, perfecta o no, es una ola tautológica. Las aerodinámicas tablas azules de windsurf no pueden portar largas velas por motivos ajenos al control de los astros, pero se puede navegar brillantemente ante los sesgados rayos del sol majestuoso y cándido de las carreteras perdidas de éstas nuestras ciudades.

                Debería haber un color rosa en los semáforos.

                Entre el rojo y el verde. Quizá el naranja lo sea, para algunos. Rosa, quiero decir. Para los daltónicos y los enamorados. Parar despacio, comer relajada, sentarse intensiva en el rumor de un aliento. Un aliento vital de los que hacen época. Dorado el sol, encontrado el tesoro, el universo pierde su sentido. Ese sentido que alguna vez tuvo aunque nunca estuviera en ese lado. Es la cara del dado que siempre cae bocarriba. El lado maligno de la debilidad. Ese lado vistoso de un mundo en el que nada, nunca, sucedió jamás.

                Y menos en rosa.

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