Pero a veces no

historia improvisada con disparador creativo

De las peores cosas que le pueden ocurrir a un pobre zascandil cuando va, sencillamente, andando por la calle, es que le caiga sobre la cabeza una maceta. En eso estaremos de acuerdo, ¿no? Sé que en otras cosas, Carlos, me llevarás la contraria. Y qué se le va a hacer, pues bueno, pues a lo mejor tendrás razón y otras veces la tendrás menos, o sea, estarás equivocado de cojones, porque a veces pasa, sí, sí, déjame acabar, coño. Que a veces te pasa, que estás muy equivocado. Pero bueno, que no es ese el tema. El tema es otro. El tema es que si te cae una maceta en la cabeza y te mata, o te deja parapléjico, pues tú me dirás, es de lo peor que te puede pasar.

Y el Sergio, te lo digo con toda sinceridad, entre tú y yo que hay confianza, pues nunca ha sido muy listo. Lo sabes tú, lo sé yo, el único que no lo sabe es él. A lo mejor lo sospecha, porque en su casa se lo tienen que dejar medio claro, pero vamos, que muy listo no es. Ahora bien, tiene un corazón de oro y eso no se puede negar. No lo niega nadie. Y que te caiga una maceta, sinceramente, pues no se lo merece. Especialmente ese día, coño, con los documentos en la mano. Es que es muy mala suerte. Precisamente cuando los tenía.

¿Tú sabes lo de la chavola? La que había heredado de su padre, hacía ya. Nadie quería ese terreñuco de mierda. Quién va a pagar pasta por eso, le decíamos, ¿te acuerdas? Y él decía, pues más barato no vendo, y le decíamos “eres tonto, Sergio”, porque ya sabes, muy listo no es tampoco. O sea, el terreno es una mierda. Y coge hace una semana, como te lo digo, y un tío le contacta por Facebook y le ofrece una pasta por el terreno. Yo no me fiaría de alguien que te contacta por la soplapollez del Facebook, yo ni tengo de eso, ya sabes, pero el Sergio como es medio tonto pues le sigue el juego. Y el comprador, mira tú por donde, pues resulta ser de fiar. Y dispuesto a pagar bien. Joder, que no te voy a decir la cifra, pero a mí me la dijo el Sergio y le dije “te tiene que estar timando. O sea, esto tiene que ser un timo fijo”. Porque nadie paga esa burrada millones por un terruco zarrapastrero que no vale ni para plantar patatas. Pero no son gente de aquí, son de Francia o Bélgica o así. O Luxemburgo. Eso, Luxemburgo, y que quieren un retiro en el monte, y que si van a hacer una casa con una piscina rodeándola, y yo pienso: si rodean la casa con una piscina luego cómo pasan a la casa, que eso es como un foso, pero Sergio no sabe y yo me imagino que harán puentes sobre la piscina o algo, en fin, el caso es que le pagan una burrada de millones. Y le dan un adelanto de señal y todo, como si alguien se la fuera a quitar. Unos cuantos miles de euros, así, sin más, por transferencia, que el Sergio la tiene ya en su cuenta y me enseñó el comprobante. Y yo flipando, tú sabes, joder, que es que le ha tocado la lotería. Y el otro día, el martes, cuando va al notario tan contento porque han venido los franceses de Luxemburgo a firmar y está todo preparado y el Sergio, así sin comerlo ni beberlo, va a ser rico, resulta que le cae una puta maceta en la cabeza cuando va andando por la acera y todo se va al garete. De lo peor que te puede pasar, ya te digo.

Y tú dirás: “Pero por qué se va todo al garete, si el Sergio ha salido del hospital y está bien”, ¿no? Tú dirás eso. ¿Lo dices o no? ¿Sí? Pues yo también, y le llamé el otro día para preguntarle, sin más, por curiosidad, que si iba a concertar otra cita con los franceses para lo de vender el terreno, y no me lo coge él, el móvil. Me lo coge su mujer. La Lucía, joder qué buena está la Lucía. Bueno, para qué te voy a explicar, Carlos, que ya nos conocemos. ¿Te acuerdas de… Pero me lío, que la Lucía está buena es un hecho, y parece mentira que el Sergio, con todo lo tonto que es, tenga una mujer así, pero en fin, ya siempre he dicho yo que lo de ser listo no ayuda a follar, que lo que hay que saber es emborracharlas por las noches. Pero no te rías, Carlos, coño, que te lo digo en serio. A las mujeres les va la juerga más que a un gordo los pasteles. Y Sergio otra cosa no, pero salir de bares lo hace de perlas, y al parecer vender terrenos invendibles también, pero no me lo coge él, su móvil, me lo coge su mujer, y le digo que ande anda el Sergio y me dice “no lo sé” y le digo “pero vuelve pronto” y me dice “no lo sé, estoy preocupada, Jaime, porque está raro desde lo de la maceta” y le digo “¿que tiene dolores, todavía?” y me dice “no, que está raro, un poco confiaba que estuviera contigo, con vosotros”. Pero no estaba, Carlos, conmigo no y ahora sé que tampoco contigo, y a mí también me parece raro y cuelgo a Lucía, que me la follaba sin pestañear, y sigo pensando que es raro que Sergio, que no sabe hacer la O con un canuto, tenga espacio en la cabeza para ser raruno. Y Lucía, que no me lo dijo pero lo sé yo, también debía estar preocupada por otra cosa: qué coño pasa con los franceses de Luxemburgo, cuándo van a firmar, y dónde está Sergio.

Así que me lío a llamar a la gente, la panda y los habituales, ya sabes, y al final me entero de dónde había ido a parar. Y no te lo imaginas. Te lo digo en serio, no te lo imaginas, a ver, intenta adivinar. ¿Qué, al bar? Pues no, ni una gota de alcohol, parece, porque en ningún bar me dicen ni el Cholo, ni el Rata, ni nadie, que haya estado. Prueba otra vez. ¿Fuera de la ciudad? Tampoco. El Sergio no ha salido de estas cuatro calles en su vida y lo sabes. No creo ni que supiera encender el GPS. ¿De putas? Por Dios, Carlos, que hablamos de Sergio, ¿cuándo le has visto tú de picos pardos? Éste fiel a Lucía hasta la muerte. ¿No se te ocurre nada más? Joder, pues peor que todo eso: me lo encuentro, Carlos, no te exagero nada, en la cárcel. En la puta cárcel. Que sí, joder, en la cárcel. Que le habían metido preso. Bueno, el calabozo, lo que sea. Que se le había ido la pinza muy mucho, ahora te cuento lo que me contó él, porque en realidad no le encontré yo, me llamó él desde allí, desde el cuartel. En lugar de llamar a Lucía, se conoce que por no asustarla o algo, me llamó a mí. Y joder, lo que me contó. Vaya historia. Para echarse a temblar.

Como una puta regadera.

Te lo digo otra vez: como una puta regadera.

Coge y me dice, el Sergio, cuando me llama desde la cárcel, que la maceta no cayó de una cornisa ni de una ventana ni nada. Bueno, me dice, primero, que no se cayó. Que se la tiraron, y como yo pensaba que se refería a que se la había tirado un mal vecino adrede como para darle, empiezo “qué hijo de puta, hay que denunciarle, qué cabrón, a quien fuera, hay que denunciarle, o mejor, vamos tú y yo, que estarás todavía débil, Sergio, voy contigo y le abrimos la cabeza nosotros, para que aprenda a tirar macetas a la gente, hombre ya”. Tú sabes como soy yo, Carlos, de arrancao. Y si le tiran una maceta a la cabeza deliberadamente a mi amigo, pues me cabreo. Joder, que esas cosas no se hacen.

Pero no era eso. Me dice, sin que le tiemble la voz, que los que le habían tirado la maceta no eran, y escucha bien esta parte, Carlos, que los que le habían tirado la maceta no eran de este planeta. Y me da por reírme pensando que es un chiste y le digo “qué bueno, Sergio” pero luego pienso que Sergio no tiene neuronas suficientes para imaginar esas cosas en plan gracioso y como él no se ríe ni nada le pregunto “¿pero que lo dices en serio?” y me responde que sí, que la maceta cayó de una nave espacial que ahora mismo -ahora mismo me dijo entonces, ahora ya no sé si estaría- está sobre nuestras cabezas a veinte mil kilómetros de altura. Yo le digo “tú eres tonto, Sergio”, porque ya sabemos que muy listo no es, pero es que más que tonto es de gilipollas, pensar que te han tirado una maceta, con geranios, desde una nave espacial. Y le digo que es tonto, y Sergio se rebota, se me enfada, Carlos, se me enfada, ¿tú le has visto alguna vez enfadado? Pues yo tampoco. Ni Lucía, me juego el cuello. El Sergio no se enfada nunca por nada. Pues coge, el muy gilipollas, y se me cabrea al teléfono porque no me creo lo de la nave espacial, y le digo que eso es una chorrada y que deje de decir chorradas y que para chorradas ya está la tele. Pero dale con que un marciano le tiró una maceta, y como me empiezo a reír otra vez coge y me cuelga.

El muy tarado.

Total, que ni corto ni perezoso llamo al cuartel, y me lo coge uno que al principio no sé quién es pero luego ya me reconoce él a mí y es el Alberto, ¿te acuerdas? El del día del coche que no nos puso la multa y sólo nos dijo que la próxima vez nos la ponía. Ese. El que estaba con Sara, antes. Bueno, pues me lo coge él y le pregunto que si está el Sergio ahí, y me dice que sí, que lo tuvieron que meter al calabozo. Y yo, pues claro, le pregunto por qué. Y entonces me cuenta, Carlos, lo imposible. Lo imposible, que a ver cómo se lo explico yo esto a Lucía, pensé.

Pues me cuenta el Alberto que al parecer al Sergio lo pillaron atracando un banco. Más que pillar, le cazaron de pleno, porque lo hizo, o al menos lo intentó, por la mañana. A las once de un martes, que hay que ser retrasado. Pero ya sabemos que el Sergio muy listo, lo que se dice listo, pues no es. Total que se fue al Bankia de al lado del Ayuntamiento. Se mete, saluda a la chica que está en la mesa de hablar las cosas, y se va a la taquilla con el blindaje este del cristal y le dice al cajero que le de toda la pasta que tengan, y saca de debajo del abrigo la escopeta de cartuchos que tenía en el garaje y que hace años que no usa, la de las perdices, y apunta al de la caja a través del cristal y le ordena que le de los billetes. Como lo oyes. ¿Qué no te lo crees? Tampoco me lo creía yo, Carlos, coño, pero me lo estaba contando un Guardia Civil con el Sergio detenido en el calabozo. Y el cajero no sé si se echó a reír o se lo tomó en serio o qué, pero el caso es que hay varios centímetros de cristal blindado, ya sabes, donde los ingresos y eso, y se conoce que el Sergio no lo tenía muy pensado porque la escopeta es una soplapollez con eso pero coño, es un arma de fuego, y el cajero pulsa la alarma, y al Sergio lo detienen y lo encierran. Hasta máscara, me dice el guardia que llevaba, en el Bankia, al atracarla. Una careta de estas de lucha libre que es como un pasamontañas en plan malla de tela. Hay que joderse.

Pero es que no acaba ahí. Porque esto es el martes por la tarde, y esa misma noche llamo a Lucía y se lo quería explicar, pero luego pienso que por teléfono no es buena cosa contar algo así, además está muy preocupada, se le nota en la voz, y digo mira, Lucía, mejor quedamos, nos tomamos algo. Que no me da reparo de decirle de quedar a la Lucía, Carlos, que es mi amiga además de estar buena, la conozco mucho, no pasa nada. Tiene tetas gordas, sí, pero ya está, se puede hablar con ella. Y me dice “pues vente a casa” y para su casa que voy. Y yo me la imaginaba como con bata, o parecido, o con pijama, porque era ya tarde, a lo mejor, o con camisa y en bragas o algo, no sé, las mujeres con sus cosas, pero me abre en vaqueros con una camiseta naranja de Pluto, el perro, o algo así. O Scooby Doo, uno de esos, como de dibujo antiguo. Que le marca las tetas que no veas, Carlos, pero tampoco es para tanto que yo ya sé dónde me ando. Y pasamos a la cocina y yo no quiero decirle nada en plan entre nosotros, sabes, porque no es el momento, porque el tema es Sergio y es serio, es grave, no es momento ni lugar para flirtear, bueno lugar sí, porque está sola en casa y eso, pero que no, coño, que uno de mis mejores amigos, su marido, está encerrado por haber atracado un banco después de que le cayera una maceta y además cree que era un intento de homicidio OVNI, y aunque yo sé que la temperatura está muy alta en la cocina entre ella y yo, y que a lo mejor si intento algo pues hay posibilidad y tal, pues no lo intento. ¿Que no hay posibilidad? Tú que sabrás. Empanao, tú que sabrás. Tú no sabes cómo me mira Lucía. Pero que yo soy legal, chaval, yo no le hago eso a un amigo en un golpe bajo. Por mí como si estalla el mercurio del termómetro entre ella y yo, la amistad lo primero y no me la follo, coño. Total, que se lo explico. Le empiezo a contar lo que había hecho el Sergio en el banco, y se lo digo con todo lujo de detalles porque así soy yo, que lo explico todo muy bien, tú me conoces, lo bien que cuento historias, las anécdotas ganan un montón conmigo, y además que lo de hablar con Lucía me sale sólo, porque es como que tengo mucha labia, que la tengo siempre, pero con ella más. ¿Qué? Vale, ya voy, a eso voy. Y se lo cuento. Y le digo que le han detenido porque ha intentado atracar el Bankia por la mañana, y en esto que mientras se lo estoy explicando, aparece Sergio.

Como te lo digo.

Y empieza a contar que necesitaba el dinero para construir no sé que historias de un transpondedor de flujo definitivo con rayos siderales, o algo así, ni idea. De regadera. Y que en el banco tienen mucho, dice, y le hacía falta para ganar la guerra. Le digo: ¿qué guerra? Y nos dice, señalando al techo: contra ellos. De atar del todo, Carlos. Dice que lo tendrá que hacer casero. Lo que sea. Cuando Lucía le pregunta por los polis, suelta que le han tomado declaración y le van a procesar, pero le han dejado marchar con una fianza y en arresto domiciliario, sin que salga de casa, y siendo así no tiene que hacer noche en cuartel, porque un juez de estos de guardia ha dicho que no había riesgo, o algo así. O eso nos explica, yo no sé. El caso es que no está raro, está muy raro, y se mueve con mucha decisión de un lado a otro de la cocina mientras habla en voz alta y nos va explicando a Lucía y a mí por qué le han soltado, como en monólogo pero para nosotros, y mientras habla no nos mira sino que va toqueteando los muebles de la casa, uno detrás de otro, mirándolos fijamente y como pensando si les tiene que limpiar el polvo, pero no está pensando en eso. Yo empiezo a creer que se ha quedado tarumba pero no un poco, que bueno, que vale, que se puede arreglar, sino tarumba del todo, de los de psiquiátrico y medicación y eso, y entre otras cosas, Carlos, es que tenías que haber visto a Lucía tratando de hablar con su marido, haciendo aspavientos con las manos para que Sergio la mirara, y el Sergio como si ella no existiera, a su bola, de un lado para otro de la casa, y en esto que se baja al garaje ese que tienen que más que nada lo usan de trastero y coge, y esto te lo digo con el corazón en un puño, de verdad, en un puto puño, coge el Sergio el hacha que tiene colgada sujeta con dos clavos en la pared encima de los destornilladores y lo calibra sopesándolo en las manos, el hacha, tal cual.

Joder, Carlos, ya, si no hace falta que me lo jures. Más acojonado estaba yo, te lo digo, y tú sabes que yo no me acojono fácilmente, pero lo estaba, joder que si lo estaba. Y Lucía también, tenías que haber visto sus ojos. Yo pensando “este está de ataque de celos, este nos mata, nos va a descuartizar, ya verás, este ha notado lo que hay entre Lucía y yo…» ¿Qué? Pues claro que hay algo, la hostia, Carlos, hazme caso, ni puta idea tienes, que tú no ves cómo me mira, que a veces cuando hablamos se retoca el pelo, y dice cosas como que tenemos que tomar más cafés y eso, tú no sabes de esto, calla un mes. El caso es que tiene el hacha en las manos y yo pienso que nos va a matar porque qué otra cosa se puede hacer con un hacha, ¿no? ¿No? Pues no, resulta que pasa de largo con el hacha por delante de nosotros y se lía a hachazos con los muebles del salón, sacando tablones a golpes con astillas volando hasta el techo.

Si me interrumpes no te lo puedo contar, Carlos. Tablones, te digo. Y cuando ya tiene suficientes, tira el hacha, coge un destornillador y se va a la cocina, agarra el microondas y lo empieza a desmontar allí mismo, en el suelo de la cocina, abriéndole la tapa. Y Lucía que no da crédito le pregunta qué hace y Sergio le explica, con todo lujo de detalles, lo que está haciendo. Cuando digo todo lujo de detalles es todo lujo de detalles: que si está construyendo un flujo espacio-temporal de no sé qué hostias, y tú sabes cómo es el Sergio, tío, que aprobó la escuela con su cociente intelectual de menos veinte sólo porque le caía bien a Doña María, que era amiga de su madre, pero allí mismo descuajeringa el micro y le saca los chips y las placas y su puta madre, y luego coge y hace lo mismo con la tele. La tele, tronco, la de treinta pulgadas. Y yo mirando a Lucía como diciendo “está tarado, hay que pararle” pero ella está hablando con él y Sergio no para de explicar con palabras muy largas y muy complicadas que no me acuerdo, que necesita los componentes. Y cuando veo que le empieza a dar hostias al ordenador para sacar vete tú a saber qué de dentro ya no puedo más y le agarro del brazo para pararlo pero se me revuelve, joder, se me revuelve el Sergio, que no ha hecho daño a nadie en la vida, a nadie, ni siquiera cuando nos pegábamos con gente de por ahí, te acuerdas, de jóvenes, con veinte años, ni siquiera entonces le gustaban las movidas, siempre ha sido muy bueno, pero a mí en ese momento como que se me encara y retrocedo y el muy cabrón vuelve al ordenador, trabajando en desmontar las piezas o qué sé yo, y miro a Lucía como diciendo “¿Qué hacemos?” pero ella me niega con la cabeza y dice en voz alta “Déjale hacer. Nunca había hablado así”. Y repite: “nunca había hablado así”. Y yo pienso: pues por eso, coño. Pues por eso. Pero es su mujer, ¿sabes?, así que ella sabrá. Son sus muebles, sus aparatos, si ella quiere dejarle, pues yo le dejo. Y en esto que en un periquete el Sergio, que no sabe ni dónde está Madrid en un mapa de España, se construye un yo no sé qué juntando cables, soldando historias con otras historias con el soldador que tiene de estaño en el garaje, y Lucía y yo flipando, no sabes cuánto.

Loco, sí, pero joder, con qué seguridad nos hablaba y construía el chisme todo convencido, fuera lo que fuera lo que fuese que estaba montando con trozos de electrodomésticos de los que hay en todas las casas, menos la tuya que es un poco cutre. Ya vale, hombre, que es coña. Y cuando lo tiene terminado, tío, me dice: “ayúdame a llevarlo afuera”. Y yo pienso que está loco del todo, loco como para cazar moscas con la lengua, pero que me aspen si no le ayudo a llevar el trasto lleno de cables y cosas al jardín, e incluso Lucía nos echa una mano abriendo la puerta y sujetando el borde del superchisme. Así que dejamos en el césped la máquina que es como una caja hecha con los maderos de los muebles que ha roto con el hacha y un atajo de chips mal puestos dentro unidos con conectores de estaño cutre, y cuando ya lo flipamos del todo, y no te lo voy a negar, esto me ha hecho replantearme el mundo y el universo y Dios y todo eso, es cuando Sergio entra en la casa y reaparece con un alargador enchufado a uno de los enchufes del salón y acerca el otro extremo a una de las placas del cachivache que ha montado.
Y entonces, Carlos, quizá no me lo vas a creer, porque tú eres mucho de inventarte historias y piensas que todo el mundo lo hace, pero… Pero que no me discutas, Carlos, cago en la mar salá, que los dos sabemos de qué palo cojeamos cada uno. Y además me da igual, que te lo creas o no, yo sé lo que vi. Lo que vimos los dos, porque Lucía también estaba allí. Y lo que pasó fue que…

No sé si decírtelo, la verdad, porque después nos prometimos Lucía y yo el uno al otro que no se lo diríamos a nadie nunca, y ahora que Sergio está normal otra vez, y van a firmar en breve lo de la venta del terreno y tener un montón de pasta gansa y tal, pues a lo mejor ya no tiene mucho sentido, sobre todo cuando se ha acordado con la justicia que sólo va a pasar 20 días en el trullo por lo del banco y ya está, pero es que tengo que contarlo, porque esto es de lo que no se puede callar, y además eres mi amigo de toda la vida, hemos estado ahí siempre, ya lo sabes tú bien, con el Sergio y el Andrés y los demás, así que te lo voy a decir.

Lo que pasó fue que alargó un brazo Sergio y nos dijo: veis esa estrella de ahí, y seguimos la dirección del dedo y los dos la vimos, la estrella que decía, y Lucía le preguntó “¿cuál, la brillante?” y él le contestó “sí, esa”. Y entonces coge el Sergio y acerca el extremo del alargador de corriente al aparato y no te exagero nada, nada pero nada, surgió del chisme te lo juro una luz como de faro, no lo sé describir mejor, como de faro de mar hacia el cielo, como si hubiera encendido un foco de discoteca y lo apuntara al negro del espacio, hacia la estrella, y en esto que el rayo dura unos segundos nada más y luego sale un humo como de fusible quemado y ya no hay más rayo saliendo de la máquina, se desconecta el aparato. “En 6,7 segundos deberían estar muertos” dice Sergio, muy serio, mirando a la estrella que nos había señalado antes, con un tono como de portero de edificio drogado.

Y en el cielo, Carlos, en el cielo, lo que vimos no sé cómo explicarlo. Porque la estrella a la que había apuntado el rayo parpadeó unas pocas veces… y se apagó. Y se apagó y no volvió a lucir en toda la noche, e imagino que nunca ya, pienso, porque yo no la he vuelto a ver y te juro que la he buscado mil veces. Y Lucía y yo nos miramos después de que se apagara como diciendo “la has visto temblar y apagarse” y sus ojos “sí” y los míos “estoy flipando” y su cara “yo también”.

Esa noche nos explicó el Sergio que era ellos o nosotros, y que los humanos habían ganado la guerra. O una batalla o algo. Y yo no sé, Carlos, yo no sé, pero allí había una estrella y luego no la había. Y las cosas que hablaba el Sergio, tío, joder, no las entendía nadie, ni Einstein si hubiera estado allí siquiera, nadie hubiera entendido eso. Y el rayo… No me creas, si no quieres, no me importa, me da igual, pero no me negarás que es muy raro. Raro de cojones, porque que te caiga una maceta en la cabeza es de lo peor que te puede pasar, pero a veces no. Y te lo digo como lo siento.

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