¿Por qué me dices que vas a Cracovia para que yo piense que vas a Berlín, cuando en realidad vas a Cracovia?

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Nunca encontraría la paz. La Paz. Siempre tensa, preocupada, corriendo de un lado para otro en las calles y en su cabeza, constantemente alterada, nerviosa, al borde de un ataque, presa del estrés. Sólo quería la paz, estar en calma, relajarse, pero jamás lo lograba. Ni un sólo segundo cesaba su cabeza, ocupada con mil y un quebrantos. Había leído docenas de libros de autoayuda, probado la meditación, viajado a Madrid durante una semana para un curso de mindfullness, participado en un retiro de silencio en la Sierra de Gredos. Y no había forma: la Paz se le escapaba, no podía relajarse del todo nunca.

Sentada en la playa que le había visto crecer, una vez más, su cabeza volaba de una idea a otra, tensa, preocupada por los infinitos quehaceres que debía cumplir, y apenas podía concentrarse en la lectura. Se quedó dormida al atardecer y soñó con una sinagoga en Cracovia. En su sueño, un rabino llamado Isaac impartía las liturgias en polaco en este templo del barrio judío de Cracovia, y allí ella encontraba la Paz. Una paz interior como nunca hubiera imaginado. La paz completa, la calma, la quietud. El sentimiento de sosiego y placidez se desvaneció tan rápido despertaba, y de nuevo la acosaron las prisas. «Ojalá fueran reales», pensó, «la sinagoga y la quietud», y lo olvidó enseguida. Mas aquella noche volvió a soñar con el templo judío, y con Cracovia, y con el rabino Isaac. Y la noche siguiente, y la siguiente, y la siguiente; el mismo sueño.

Una búsqueda rápida en Google le informó que, efectivamente, existía un barrio judío en Cracovia. La web de Ryanair le ofreció vuelos disponibles a bajo coste dos días después. ¿Qué otra cosa podía hacer? Compró un billete. Las calles de la ciudad polaca eran tal y como las imaginaba. Tras varios paseos, descubrió una sinagoga parecida a la de su sueño. Aunque de fachada destartalada y colores desvaídos, el templo estaba allí. Durante días exploró la zona y la sinagoga buscando la Paz prometida, sin éxito. Su sueño le había engañado, allí no encontraría quietud para la mente.

Su asistencia a los ritos judíos llamó la atención del rabino, que una mañana se acercó a ella, curioso por aquella extraña que no sólo no era judía sino que, además, rondaba el templo día y noche. Le preguntó quién era y qué quería, y ella le explicó que había soñado con aquella sinagoga y la emoción que sentiría allí, a lo que el rabino no pudo menos que reír. Era un hombre práctico, que se encargaba él sólo de mantener a flote sin apenas un céntimo a una comunidad judía que ya no existía porque había sido aniquilada por los nazis tras la Segunda Guerra Mundial, y no gustaba de abstracciones ni quimeras. “¿Un sueño?”, le dijo, “¡Qué necedad, los sueños no significan nada! Yo mismo soñé, el otro día, con una playa en un pueblo costero del sur de España, y la lectura allí de un libro mecido por las olas, donde la quietud y la calma me embargaban”.

Hizo las maletas apenas una hora después. Ya de vuelta en Cádiz, se acercó de nuevo a la playa de su niñez. Se sentó en la arena y respiró. Sí, había encontrado la calma. Aquella tranquilidad, aquel sosiego, en aquella playa. Aquello era paz.

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