Presidente

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– Vivo con mucho miedo -me dijo.

Era muy mayor, pero también mi preferida del programa de voluntariado para compañía de ancianos. Siempre tenía alguna historia que contar y a mí me encantaba escucharla. También creo que ella agradecía mi compañía más que ninguna otra. Le pregunté por qué vivía con tanto miedo.

– Temo que él regrese a buscarme -respondió mientras señalaba un par de patines colgados de un gancho en la pared como si de calcetines a Papá Noel se trataran.

Le pedí que me explicara.

– Ese macarra de Trump me los regaló. Quería acostarse conmigo.

Le pregunté con tono de mofa si se refería al presidente de los Estados Unidos.

– En aquella época no era presidente de nada -respondió-. Sólo un niñato rico encaprichado de la patinadora más guapa. Estábamos de gira por Nueva Inglaterra y se cruzaron nuestros caminos. Me regaló esos patines para convencerme de acostarme con él. Y ahora temo que vuelva.

Era una anciana entrañable. No era realmente una abuela porque no tenía nietos, pero en la ONG solíamos llamarla así. Me pregunté si se estaba inventando la historia, aunque a menudo había hablado antes de sus giras de juventud por América. Le pregunté por qué iba a volver Trump a por ella.

– Verás, cuando se puso meloso y trató de intimar… ¡Ay, mi niña, por desgracia le motivé demasiado al rechazarle! Le dije: ¡sólo me acostaría contigo si fueras el presidente de los Estados Unidos! Y ahora… quizá tenga que instalar una alarma en casa.

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