Quinto (Parte I)

En un vuelo de mercancía de cuya numeración no quiero acordarme, viajó una vez gato de cuyos padres él no quería acordarse. Ni siquiera aunque hubiera podido hacerlo. Sabía su nombre, eso sí; se llamaba Quinto. De pelo gris y ojos amarillentos, no era un gato cualquiera. Había nacido en el rincón más oscuro de una calle de Lavapiés un domingo de mayo. Y ya digo, no se trataba de un gato cualquiera: fue el único que sobrevivió de su camada. Porque, veamos… Cuarto, que nació detrás de sus tres hermanos, murió a los pocos segundos de nacer apoyándose sobre Quinto, sin haber siquiera abierto los ojos una sola vez al mundo. Primero y segundo murieron de inanición, apenas duraron un par de días. Tercero y Quinto sobrevivieron un poco más. No es que fueran más listos o más fuertes, es que Quinto tenía algo especial. Tercero murió con una semanas de vida, aquejado de una enfermedad que le había hecho escupir sangre durante unos días.

Quinto no era exactamente un monstruo, en el mismo sentido en que no era exactamente un gato. Quizá un primer vistazo no arrojara ninguna duda sobre su naturaleza felina, pero bastaba pasar un par de horas a su lado para reconocer que se alojaba en su interior un je ne sais qua especial. Andaba con una altanería muy típica de los gatos, pero la forma en que se dirigía certero a su destino, sin detenerse a ronronear, durmiendo lo mínimo posible, no era nada típica. Quinto parecía saber muy bien lo que quería, y andaba durante horas todos los días derechito a su meta. Sólo los gatos especiales tienen metas. Sólo los monstruos no se detienen por nada hasta alcanzarlas.

No es que fuera malo. Entiéndase, Hitler tampoco era malo, sólo tenía una visión. Quinto no era malvado en el sentido más pérfido, sólo tenía una meta. Y si para ello tenía que limpiar todas las calles de Madrid de seres vivos, lo haría. Como monstruo estaba muy bien, muy disimulado, muy discreto. Por las noches, miraba inquieto las estrellas. Aunque necesitaba como respirar, él lo sabía, las pocas horas de sueño nocturno para poder continuar su camino, al menos unos minutos cada noche, pasmado, contemplaba las estrellas sobre él. El domingo de mayo en que había nacido junto a sus hermanos, una de aquellas luces había surcado el cielo sobre el hemisferio norte, visible sobre Madrid. Fueron muchos los humanos que pidieron en silencio un deseo ante el fenómeno. Quinto, sin embargo, no había pedido nada. Le había caído encima, más bien, como un virus cae sobre un cuerpo.

No era un rey mago, era sólo un gato llamado Quinto, pero sabía muy bien en qué dirección debía desplazarse. Pronto abandonó Madrid. No le dolían ya las piernas y mientras aguantaran las pezuñas podría seguir adelante. Comía de lo que encontraba y de lo que robaba. Como monstruo, era muy listo. Como gato, era listísimo. Y siempre había una ventana abierta, un restaurante repleto de comida, una papelera con restos de sandwich de atún. Qué bueno estaba el atún, pensaba. Podría ser gato para siempre. Intentaba mantener una dieta balanceada rica en hidratos de carbono y proteínas para el ejercicio muscular de su peregrinación, aunque no siempre era posible. Lo importante era avanzar, no la comida. Una mañana de martes, en septiembre, se encontró con una hembra cuyos ojos de gata se le antojaron pardos bajo el sol de Córdoba. La montó de forma enfurecida, sin preguntar antes, sin olisquearla previamente en juego de intención, hasta quedar satisfecho. Y se fue. Era a Sevilla adónde quería llegar, no al corazón de una gata cualquiera. Era un monstruo con clase y un gato con ínfulas. Tomaba lo que deseaba y seguía adelante sin mirar atrás.

En Sevilla no se le había perdido nada, ni siquiera una gata, así que no se paseó por los alrededores del aeropuerto. Tenía un avión que coger. Un avión de mercancías con mucha carga en sus tripas y un hueco para él. No fue fácil. Tras hacer los cálculos matemáticos pertinentes para su supervivencia, contando con oxígeno y presión, y esquivando en buena lid al personal del aeropuerto y del avión, piloto incluido, se instaló no sin cierto orgullo entre dos cajas de Amazon bien aseguradas. Le hubiera gustado más disponer de una caja para él mismo en la que poder guarecerse, pero como gato no siempre era feliz. Tenía una misión que cumplir y el sacrificio era vasto. Iba a subir muy alto, eso sí, casi tan alto como la estrella que había surcado el cielo el día de su nacimiento poco antes de que todos sus hermanos murieran, acercándose a través de las nubes a su meta soñada, sin pasaporte, sin visado y sin billete, como viajan los monstruos y los gatos en aviones comerciales de numeración humana.

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