Quinto (Parte II)

Y anduvo y anduvo y anduvo. Ágiles patas trasladando un cuerpo hueco y lleno. Hueco de gato, lleno de monstruo. Si Quinto hubiera tenido que definirse a sí mismo – algo que no le preocupaba en exceso- hubiera dicho que era un monstruo de las estrellas. O mejor: un monstruo gatuno de las estrellas. Y así se hubiera presentado a los mortales a su alrededor: “Hola, escuchadme, soy Quinto, monstruo gatuno de las estrellas, he venido a buscar la paz para nuestros pueblos”. Felino, tal vez. Sí, felino definitivamente sonaba mejor que gatuno. Se presentaría ante los líderes mundiales como el Primer Representante Felino de los Monstruos de las Estrellas. O similar. En efecto, era el primero. También era el último. De hecho, era el único. El único que quedaba ya de su raza, de su especie, de su pueblo. “Paz para nuestros pueblos, qué ironía” –pensaba-.  “Paz para mí, y basta. Yo soy mi pueblo, mi especie, mi civilización”. El último superviviente de una raza antaño orgullosa. Tras la masacre de las guerras tribales de Espero, en la nebulosa Blanca, la Proclamación de la Sombra les había matado a todos. A todos sus hermanos, a todos sus congéneres, a todos los que hubiera podido llamar “mi gente”.

Y sólo quedaba él. Se hacía viejo. Muy viejo, lo sentía en las patas animales de este mamífero que había tomado por disfraz. Lo sentía en sus pensamientos. Al menos –se refugiaba en su cabeza- pronto alcanzaré mi meta. Habrá paz para nuestros pueblos, o al menos paz para mí, que es como decir lo mismo. Y no, no necesito a los líderes mundiales. Sólo me hace falta un humano. Uno en concreto. Lo había sentido a kilómetros de distancia en el espacio, a través de la atmósfera, en un punto concreto de la geografía terráquea, en este mundo redondo abarrotado de seres. Y supo que hacer. Si los sentidos de los animales en la Tierra, como el olfato, pudieran trasladarse a su percepción alienígena, Quinto habría “olido” al humano por debajo de las nubes. Y había sabido qué hacer. Cuando tu civilización ha muerto y eres el último que vive, al menos todavía, y eres viejo, saber qué hacer es la tarea más difícil. Porque, ¿qué sentido tiene todo, ya? Pero le había bastado sentirlo, allá abajo, en un lugar que los humanos llamaban Rusia. Quinto era un gato, y un monstruo, y de las estrellas. Era también un explorador que no tenía hogar. Pero al sentir al humano en Moscú había dejado de ser un gato, un monstruo y de las estrellas y, por un instante, había sentido que tenía un hogar.

Le quedaba mucho camino. La paz para su pueblo –para él- y el hogar entrevisto se encontraban muy lejos. Y quizá no los alcanzara nunca. Incluso aunque lo hiciera, ¿qué bien saldría de ello? ¿Entendería el humano, comprendería su viaje, absorbería su pena? Le diría: “hola, humano, he venido a por ti. Dame la paz”. Y el humano comprendería. El humano respondería: “eres un gato del espacio, ven a mí”. Ah, o quizá no. A quién quería engañar –pensó Quinto- el humano probablemente jamás lo supiera, jamás lo comprendiera, jamás le respondiera. No había sitio para monstruos de las estrellas en la Tierra, ni siquiera felinos, ni siquiera de los que recorren el mundo en aviones de carga por encontrar a sus dueños.

Quinto intuyó que haría falta algo más para que el humano le diera la paz. No bastarían sus zarpazos alegres ni su cola respondona ni sus bigotes alegres, el humano necesitaba otra cosa. De sus conocimientos de química en el universo, antes de que la Proclamación de la Sombra borrara todos los registros, sobrevivían también algunos datos útiles en su cabeza. La fórmula para romper las Leyes de la Atracción Pura e Impura, recordaba, era bastante sencilla. Un poco de Zinc aquí, unos gramos de plata, medio litro de agua salada, tres pelos de perro… También un gajo de Diente de León, el aliento de un suspiro de un adolescente escuchando música, un ojo de pez y algunas cosas más, fáciles de conseguir. O sea, fáciles de conseguir para él. No por nada había Quinto sobrevivido a las guerras tribales de Espero, y descubierto un sendero lejos de la batalla de la nebulosa Blanca, donde todos murieron. Donde todos murieron. Donde todos murieron, pensó, una vez más, retumbando. No podía evitarlo.

¡Pero la fórmula serviría! Lo sabía. Sus habilidades felinas le ayudaron a encontrar y capturar los ingredientes: robó el suspiro a un joven moscovita llamado Vladimir Sokolov mientras contemplaba las nubes, perdidamente enamorado, sin darse cuenta de cómo un gato sin ronroneo le quitaba el aliento (casi tanto como lo hacía la dulce Irina, su compañera de clase, constantemente); de un chucho callejero logró más de tres pelos; los gramos de plata los consiguió del anillo de una señora engolada que reía ante los halagos de un canoso caballero cuando ya empezaba a caer la noche, porque no eran las joyas a prueba de gatos. Y por fin logró el brebaje. Bastaría. Sí, su humano caería en la red de su atracción, y lo haría para siempre: una vez rotas las Leyes de la Atracción Pura e Impura, no había marcha atrás. Quinto lo sabía bien. Y habría paz para él, para su pueblo, más allá de los dominios de la Proclamación de la Sombra, de los parajes poblados de cadáveres que no había vuelto a pisar, y de los nombres de sus amigos y familiares muertos en cruel masacre, de cuyos nombres no quería acordarse.

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