Rancios

Aterrizo en la desventura de tu nombre, de tu familia y de tu casa, que es tanto como decir que me enredo en abolengos y noblezas y riqueza que mi apelligo nunca tuvo. Sois magistrales, vosotros. Mis suegros, mis cuñados, tu familia. Tan engalanados siempre, envueltos en dinero, tan rancios en todos los sentidos que a veces me parece que pudiérais pudriros entre billetes y títulos.

Y yo, que nunca tuve nada, salvo a ti, que te quiero. Que políticamente serán en unos meses mi familia, cuando nos casemos, pero seguiré sin tener nada salvo a ti. No, mi familia nunca fue rica. No, mi familia nunca fue noble. Y no, casarme contigo no me convierte en algo especial. Es sólo que me enamoré de ti y tú de mí, pero esa rectitud en las formas y el comportamiento de tu familia no me sale natural. No consigo mantener la espalda siempre recta al comer. No sé qué cubiertos son para qué. No sé hablar con propiedad. No sé de bonos ni de fondos ni de inversiones bursátiles. Sólo sé hacer el idiota, ser una payasa cuando no toca, decir tonterías a destiempo, reírme por gilipolleces y ser una descarada.

Y de ti lo que me atrae y me gusta es el porte serio, recio, el guardar siempre la compostura como hace continuamente tu familia, que nunca dice una palabra de más, que siempre guarda las formas y no desentona diciendo burradas.

Tu familia, esta noche, en esta reunión familiar de rancio abolengo en la que he bebido demasiada cerveza, y se me ha pirado la pinza, y me he puesto a bailar encima de la mesa y a gritar piropos a tus primos y he acabao saltando al suelo con el mantel a modo de capa completamente borracha.

Esta noche en la que has roto el compromiso porque dices “que no encajo”. Quizá así sea, pero… ¿y lo bien que me lo paso?

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