Resistencia Inevitable

             Todos los intervalos tienen grados de intensidad. La resistencia es siempre una cuestión de ambiciones. Hablo de spinning. Un compañero de trabajo suele preguntar a los candidatos en las entrevistas para comerciales: “¿eres ambicioso?” Es una buena pregunta. Porque sin ambición, no hay resistencia.

            Verán, los muros contra los que chocamos dependen de tus objetivos, de lo que quieras, de lo que desees. Si no quieres nada, si no buscas nada, si no aspiras a nada, no pueden existir los contratiempos. Y se puede viajar sin rumbo, sin dirección y sin brújula alguna, viéndolas venir. Y el Universo te puede maltratar, pero no pasa nada. Sufres, pero nada más. Estás en un intervalo, bajas la resistencia de la bici, y ya está: a esperar que pase el mal rato.

            Cuando quieres algo, cuando te mueven tus ambiciones, es cuando empiezas a notar la resistencia de la bici. El Universo se mueve en tu contra y lo notas. Es como subir una montaña sin el viento a favor. Algo sobra: no quieres quitar la resistencia porque estás entrenando, subiendo, pero también la resistencia te distrae, te detiene, te putea.

            Lo más sencillo es no intentar nada. No ambicionar nada. Permanecer estático. Y que te de el viento en la cara, con fuerza, que no sucederá res: es un golpe que no sufres porque no tienes perspectivas, objetivos, metas.

            A veces, mientras pedaleas, sin embargo, una parte de ti quiere ir más rápido, quiere obtener más fuerza y forma. Es cuando empiezas a notar la carga. Toda resistencia es un lastre. De eso sé mucho. De lastres. Y de muros.

            Hay un impulso inicial que produce la música. Eso no lo puedo negar, y bienvenido sea. Es como crecerse ante las adversidades pero sin el como. La resistencia está ahí, pero el dolor es casi un aliciente. Aunque llega otro momento.

            Otro en que los golpes que no has sentido a primera instancia en los músculos comienzan a formar moratones, y te vuelven más débil de lo que ya eras. Y quieres volar con la bici, pero sigue puesta la resistencia. Y te duele el cuerpo. Tanto que suplicas, fuera coña, que se acabe la música.

            Pero la música no cesa. Y llegas a un tiempo, a un momento, a un lugar de separación de caminos. A una decisión que hay que tomar. A un instante en el que se ha de elegir. Puedes huir de la resistencia, bajarla, abandonar. Y perder también todas las metas. O puedes luchar contra corriente, aferrarte a una ambición y sufrir, y sufrir, y sufrir hasta que la línea de meta termine por envolver todo tu cuerpo.

            Hay objetivos y objetivos. Algunos tienen que ver con obsesiones. Otros no. Me pregunto cómo, y de qué forma, puede medirse qué tiene en la cabeza el corredor de la bici de al lado. ¿Qué quiere, llegar a la cima de la montaña? ¿De qué montaña? ¿Por qué escala? Está sintiendo el dolor, lo estás viendo. Cada segundo que pasa suda un poco más, la expresión de su cara se vuelve más rabiosa, llorosa o un relé activado ante los pinchazos de los músculos.

            Dan ganas de decirle: “baja de la bici, gilipollas. Que lo estás pasando mal”. Pero sé cuál sería su respuesta. Tiene una meta a la que llegar. No es mi meta. No es tampoco la meta que los demás creen que es. Es la suya. Quizá la resistencia esté puesta ahí para lograr un objetivo, una escalada, una cima. Uno concreto.

            El compañero de al lado no pedalea por eso que tú crees. Tal vez pedalea por algo que está viendo en sus sueños, cuando cierra los ojos con los músculos rotos. Ese sueño no es el final de una carrera, no es quizá el motivo último y primero que los demás puedan tener, creer, ver.

            Sólo él lo sabe. Porque aunque no vea nada, si alguien le dijera: “tienes la resistencia de la bici a este nivel, te la he puesto así para que tus músculos sufran y desistan de llegar a esta meta” probablemente él contestara: “¿qué meta? ¿De qué hablas, esa de ahí? Pero si yo persigo esta otra línea de llegada”. La bici es estática con pies anclados, pero la dirección que él ha tomado es una muy distinta. Ha girado el manillar en su cabeza.

            Con ambiciones, la resistencia de los pedales de la bici es un lastre. Sin ellas, la resistencia de los pedales de la bici es maltrato. En ambos casos, todos los corredores desearían que la resistencia no estuviera ahí. Quienes no tienen ambiciones, sencillamente paran y se bajan. Quienes las tienen, siguen pedaleando.

            Y aquí está la clave: en qué dirección estás pedaleando. Porque si el instructor de la clase te ha subido la resistencia por un objetivo específico que tú no quieres, no deseas, no ambicionas, la resistencia sobra. Porque el monitor de sala no tiene ni la más remota idea de qué parte de tu cuerpo quieres trabajar, y aunque la bici justifique su propio maltrato con un “me dejarás mejor de lo que te encontré, además de deseando no haberte subido encima mío nunca”, lo cierto es que la bici sólo te está puteando. Todas las certezas se resumen en esa.

            La presencia de la bici te está puteando, y ha llegado a convertirse en un lastre. Pero tienes una meta, que no es la que el Universo cree que tienes sino la tuya propia, y entonces te enfadas con los pedales, negocias con los músculos, lloras a tu fuerza de voluntad. Y como nada sucede y el intervalo continúa, lo lógico sería dejar de pedalear. Es curioso comprobar cómo, a veces, aunque hayas dejado de hacerlo, pedalear, tus músculos siguen siendo golpeados en oleadas de dolor. En el ciclo de intensidad no puedes ir más rápido porque la resistencia te lo impide, pero cuando te bajas de la bici tampoco estás luchando por tus ambiciones.

            Y en esa paradoja te mueres en vida. Porque no puedes avanzar pedaleando, pero si te paras tampoco avanzas nada. Y, tanto si estás subido en la bici como si no, la resistencia sigue puesta en los pedales. La única solución en ese instante, la única salida, la única elección válida en ese cruce de caminos, es pedalear haciendo frente a la resistencia como si no estuviera ahí. Ignorarla. Decir: “el Universo es así, con resistencia, siempre, me guste o no. Y va a estar ahí eternamente, ahora y mañana y pasado”. Y acostumbrarse a ella. Como si no estuviera. Porque así el día que cese, si algún día cesa, volarás en la bici. Quizá se produzca esa sensación de apagar la campana de extracción de humos de la cocina, cuando se acaba el ruido del que no eras consciente pero molestaba. De momento, y hasta entonces, la resistencia de los pedales de la bici no está aunque esté. Como la muerte y los impuestos, vaya.

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