Respeto

En el agitado pesar y gozo de mis dudas y certezas, donde nada está claro y en ocasiones cristalino, quizá la única guía -la única brújula- que pueda ser firme indicación del sendero a seguir, de un norte que conduzca a una vida mejor, a una felicidad mejor, sea el respeto a uno mismo. A lo que uno es, o a lo que uno podría llegar a ser. Porque somos de colores. Y en ese campo, en el de respetarse, cosas maravillosas comienzan a suceder. Por todas partes.

Ahora te respetan más a ti, los demás, como por arte de magia. Ahora ella te quiere más. Ahora el mundo te trata mejor.

Respetarse es algo fácil de decir. Es casi una frase hecha. Es como «hay que quererse» y «confía en ti mismo» o, para el caso, «me dijo que tenía 18». No significa nada. ¿Cómo se come lo de respetarse, qué pasos da uno para llegar a hacerlo? Hacerlo de verdad, por dentro, en la cabeza, en cada pensamiento, y no sólo de boquilla.

Como todo, es un proceso. No se logra de repente. No es un interruptor, un «click» en la cabeza que te lleva, como por ensalmo, a respetarte. Es un despertar, un derivarse en alguien mejor. Y lo más cierto quizá sea esto: el respeto tiene que tener una base real. Tiene que ser verdadero.

No basta con decir «me respeto» y resulta que tienes una vida de mierda porque eres una persona de mierda. Sin gente que te quiera, sin actividades que merezcan la pena, sin nada que te haga distinto, sin desarrollar ningún talento, sin convertir o cambiar el mundo, tu mundo, en algo mejor. Eso no vale, no sirve, no funciona.

Lo que puedes hacer es pensar en alguien que respetes, alguien imaginario. ¿Cómo es esa persona que respetas, qué hace, qué tiene, cómo se comporta en relación al mundo? Y dar pasos, quizá de bebé quizá de gigante, en esa dirección. Únete a amigos y crea grupos, encuentra gente que te valore. Tontea con las niñas -o a la inversa, según género- hasta encontrar a alguien de quien te agrada la idea de pensar «se ha enamorado de mí». Aprende a tocar un instrumento, a bailar, a escribir, a dibujar, a jugar un deporte. Practícalo, diviértete haciéndolo, mejora en ello. Dirige tu carrera laboral al punto donde te gustaría estar; sí, no es fácil, la economía y tal. Ya. Vale, claro, te entiendo. Pero piensa en el concepto de utopía correcto: es el punto al que se debe tender, aunque sea imposible. Es la dirección en la que comenzar a andar. Dirígete hacia allá. Estudia, completa, haz cursos, destaca, innova, funda, crea, muévete. Muévete en esa dirección.

Y verás que poco a poco te acercas a ese alguien que respetabas en tu imaginación. Y ya no hará falta decirte a ti mismo «me respeto» ni ninguna otra soplapollez, porque surgirá sólo, te saldrá solo, respetarte a ti mismo. Porque realmente lo harás.

Escribo esto antes de entrar a currar a un trabajo que me gusta y que está mejor pagado de lo que lo ha estado nunca ningún otro trabajo que haya hecho anteriormente, mientras Sara me escribe Whatsapps dándome los buenos días diciendo que tiene ganas de abrazarme esta noche otra vez y debo contestarle que llegaré tarde y cansado porque juego un partido de fútbol a las nueve, y pienso que además tengo que montar el programa de radio que grabé el otro día con María, mi hobby, y me apunto que tengo que llamar al Yatiri para reservar con mi grupo de veganos y recuerdo que Sanjita, una veggie del grupo, me deja caer que está loca por mí de tanto en tanto de forma entrevelada, y pienso que Raúl, mi amigo de siempre, tiene que venir a arreglarme el timbre de la casa este finde, y quizá sea buena idea aprovechar y montar una barbacoa -cualquier excusa es buena- y no puedo dejar de maravillarme con lo fantástica y genial que es la prosa de McCarthy, de quien estoy leyendo «La Carretera» para la tertulia literaria del domingo, mientras recuerdo que hace ya unas semanas que no juego al volleyball y me apetece ir mañana, me cae genial la gente que juega los martes.

Y hay, no puedo evitarlo, cierta sensación de ego. Del yo maxificado, hecho máximo. Del yo que no podría, incluso aunque quisiera, no respetarse a sí mismo. No es mi mejor yo, sólo un yo bastante bueno. Y el mundo también me trata mejor, porque mi mundo es mejor. Al pensar en decirme a mí mismo «tienes que respetarte» me da la risa y se me escapa una sonrisa a los labios. Qué chorrada. El mundo ya se encarga de eso cuando el mundo sabe que vales un huevo. Y hay poco más que pueda añadirse al respecto.

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