Rumbo roto I

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– Básicamente -dije, con un aire agrio en el tono-, me pagáis para que me maten.
– Básicamente -me respondieron los gemelos-, quizá te paguemos para que salves a la humanidad.
Por supuesto, todos exagerábamos. Ellos porque su invento, fuera cual fuese, de ningún modo podía cambiar las vidas de todos los humanos o, en sus palabras, “el curso del universo y todo lo que hay en él”. Algo de código genético, no sé. Los monjes Merses traficaban con animales, eso sí lo sabía, y el emperador Paago los odiaba a muerte. Sólo por eso me equivocaba al ayudarles.
Y sólo por eso deseaba hacerlo.
Por eso, y por el dinero. Me gustaba ver el número de créditos crecer en mi cuenta, no podía negarlo, casi tanto como me gustaba todo aquello que hiciera daño al emperador. No repitan esto por ahí, por favor. Mi vida ya corre bastante peligro de por sí, no me la compliquen más. Los tiranos tienen tendencia a matar a quien se les opone. Así que no vayan diciendo por ahí que he llamado “tirano” al glorioso emperador Paago. Mejor digan que le he llamado dictador de mierda asqueroso.
Que digo que se estaban tirando un farol, que el invento de los gemelos que yo debía llevar hasta K-Tare no era ni tan esencial ni tan relevante, pero me lo pintaban como si fuera la revolución científica más importante de la última década, más que los láser rojos de las tropas Tance. Todos sabían ya, después de lo de las murallas de Farensi con los Seres de Luz, que las tropas Tance tenían los mejores láseres del universo, y que nada podía compararse al láser rojo. Y estos monjes me querían hacer creer que su cargamento era más importante que cualquier arma de guerra, que valía más que cualquier otra cosa en el universo.
Y por lo que pagaban, bien podría valerlo.
– ¿Qué es -pregunté, tan indiscreto como siempre- exactamente lo que debo transportar?
– No necesita saberlo -respondieron-, sólo debe saber que el universo, tal y como lo conocemos, cambiará radicalmente para bien cuando la información que transporte llegue a buenas manos, más allá del alcance del innonbrable.
El innombrable, eso lo había aprendido ya desde las primeras tomas de contacto con los monjes Merses cuando me enteré por un conocido de que buscaban un transportista, era ni más ni menos que el propio emperador, al que odiaban tanto que ni siquiera decían su nombre. También, me imagino, porque era peligroso nombrarle: uno nunca sabe cuando un dron, una oreja o un micro iban a captar la palabra “Paago” y provocar que un led parpadeara en sabe URI qué pantalla.
Y no me gustaban los monjes, pero al menos odiaban a Paago casi tanto como yo. Quizá tanto.
Pero digo que iban de farol, porque nada que pudiera cambiar el curso de la Historia se dejaba en manos de un mensajero barato como yo. No tan barato, esta vez.
Y he dicho que yo también me estaba tirando un farol, porque sé negociar. He aprendido a la fuerza, me ha ensañado el viaje interestelar de planeta en planeta. Y no voy a decirles a mis jefes que el camino es fácil, que se completará sin problemas, que cualquiera puede hacerlo a bajo coste.
No, claro. Voy a decirles a estos dos gemelos que el transporte es imposible, que me capturarán, que moriré sin duda, que el peligro y la distancia son demasiado grandes. Eso hace subir los créditos. Y luego, cuando son conscientes de que es una tarea titánica, añado: pero yo puedo lograrlo.
– No saber qué transporto -repuse-, les costará más caro. Quiero al menos un 10% más de lo que hemos hablado. Y si ha de entregarse en mano a esa persona concreta que me comentan, un 25% más. No es lo mismo llegar a un templo y decir: “tomad esto”, que llegar a un templo y ponte a buscar a fulanito de tal que quién sabe dónde esta, y empieza a rastrear y quizá esté muerto y a saber a quién se lo doy.
– El hermano Asr estará en el Templo K-Yovi. Si estuviera muerto, puede activar la cerradura con su huella digital igualmente.
– Eso, si encuentro la mano -repuse-. Quiero ese 25% más.
Los gemelos se miraron entre ellos. Eran monjes pero no tontos. Para mí, cualquiera que creyera en URI a ciegas era gilipollas, pero tampoco estaba bien visto ser ateo en los confines del Imperio. De cara a los monjes, URI era tan real como el artefacto ese que la Federación se empeñaba en construir a base de fragmentos.
– Tendrá su 25% más en la entrega.
– 15% de antemano, 10% extra al entregar.
Los monjes asintieron. Realmente querían entregar la información: apenas unos terabytes de datos encriptados sobre no sé qué basura de manipulación genética que habían descubierto, y que no podían enviar online porque, por supuesto, los ojos del emperador Paago controlaban todas las redes. Paago era tan hijo de puta como lucrativo para los mensajeros como yo. Nada entraba y salía del imperio por los cauces oficiales -si se deseaba mantenerlo oculto- y hacían falta transportistas. A veces, para llenar las bodegas de las naves sin identificar como la mía hasta arriba de contrabando. Otras, para llevar un pequeño dispositivo cargado de información. Siempre, para que los perros del Imperio no se enteraran de nada. Casi siempre, por dinero. Otras, como ahora, quizá también por ideales. A los monjes no les importaba el dinero, les importaba que la información no cayera en manos del emperador y saliera ahí fuera para cambiar el universo o lo que quiera que fuese que iba a causar esa información, que probablemente fuera nada, nada en absoluto.
– De acuerdo -dije-, parece que tenemos un trato.
Sonreí. Los monjes Merses nunca sonreían, porque el placer estaba vedado ante URI y sólo el sufrimiento era el camino, pero se les achinaron los ojitos. Estaban tan emocionados como yo.

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