¿Sabe usted quién soy yo?

– ¿Sabe usted quién soy yo? ¿Tiene usted la menor idea?

Lo decía como si tuviera alguna importancia, así que debía ser alguien importante. O al menos él lo creía, que a veces viene a ser lo mismo.

– ¿Y bien? ¿Lo sabe?

Negué lentamente con la cabeza, mientras le aguantaba la mirada.

– ¡Ni falta que te hace! ¡Tienes que saber que soy el director de este proyecto!

No me quedó muy claro si me hacía falta o no saber quién era. Al principio de su frase parecía que no, pero luego parecía que sí. Nuestros ojos seguían engarzados, y consideré de mala educación desengancharnos.

– Venga, abre la puerta – me dijo.

Como si con haberme hecho saber quién era ya pudiera darme órdenes. Y quizá pudiera. De hecho, con seguridad podía. El sentido de la rebeldía y el amor propio lo perdí hace mucho tiempo, en una estación de tren. En los baños de una estación de tren, para ser más exactos. Ahora sólo me quedaba agachar la mirada y abrir la puerta, o arrancar con una bordería en desafío. Debería haberle soltado un bofetón.

Pero no lo hice.

Y cuando llegué a casa, lo que tan fácil me había resultado en el trabajo se me antojó complicadísimo en mi salón, muerto de vergüenza, sin saber cómo explicarlo: no pude aguantar la mirada de mi mujer cuando le dije “sigo con mi trabajo”.

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