Siempre hemos vivido en un diamante

No era por quejarse, porque para eso ya tenía a la chica que le limpiaba en casa, que lo hacía todo mal y era importante que su marido supiera que lo hacía todo mal para que no la subiera el sueldo, en caso de que ella lo pidiera. Porque su marido era muy de dar y la gente muy de pedir. Y dar estaba bien, eso lo sabía Magdalena como que la hierba era verde, aunque dar en exceso era igual de malo que no dar. De eso no estaba tan segura, pero cuando le tocaban el dinero -o el dinero de su marido, que venía a ser lo mismo- le embargaban las certezas. Al fin y al cabo sus joyas, se decía a sí misma Magdalena de camino a la tertulia de aquel domingo, no se habían pagado solas. Las joyas… trataba de apartar sus pensamientos del terrible robo que había sufrido recientemente, pero su cabeza regresaba una y otra vez al colgante Dova que había desaparecido. Joder -pensó, aunque no solía usar semejante palabra- eran siete diamantes incrustados, muchos quilates juntos. Y aunque el colgante no pareciera gran cosa a la gente vulgar que no entendía de piedras, era su pieza más valiosa. Lo había sido, al menos.

Aparcó el Mercedes a la entrada de la Residencia de Estudiantes. Le gustaba aquel barrio y le gustaban las tertulias. Había conocido el club de lectura Ciervo Blanco por recomendación de una amiga. “Anímate, vente conmigo”, le había dicho, “que a ti te gusta mucho leer”. Y era cierto, le gustaba leer. Luego su amiga había dejado de ir al encontrar un compañero, uno de esos que te abraza por la noche, pero ella le había encontrado gustillo a lo de tertuliar; incluso cuando venía aquella horrible Johana, que ira insoportable, mascando chicle sin parar.

Aquel día comentaban Siempre hemos vivido en el castillo, una novelita que pensaba alabar durante el debate, entre otras cosas porque se había sentido muy identificada con los protagonistas. Aquella pobre gente, aislada en su mansión, envidiados por la mala gente del pueblo… Ah, se lamentó Magdalena mientras cruzaba la puerta al pabellón de estudiantes de la Residencia, la vida era así: los que tenían menos siempre querían más. Como su colgante de diamantes, que…

En fin, mejor no pensarlo. Saludó a los asistentes a la tertulia. Habían ido catorce personas aquel día, no estaba mal para un domingo abrasador de agosto en Madrid. Los que no estaban distraídos respondieron con un desganado “qué tal” que le supo a poco. Como el de Ángel, el catalán, que siempre soltaba borderías a la gente. Si Magdalena se hubiera considerado a sí misma una mujer de menos alcurnia, habría dicho de Ángel que era un malfollado. Y probablemente acertara. Así que evitó sentarse a su lado y pasó de largo hacia el fondo de la sala.

Y sí, había venido Johana, la insoportable del chicle que ni siquiera sabía mascar chicle porque abría la boca al hacerlo, esos labios rojo chillón acompañando el movimiento de la mandíbula. Impresentable. Y, por supuesto, allí estaba a su lado ese joven tan gallardo, Lucas. La impresentable sabía bien lo que hacía: siempre conseguía sentarse cerca de él. De vez en cuando, se le notaba mucho, le miraba de reojo como anhelando, y siempre asentía cuando él hablaba. Lo de reírle los chistes no lo hacía porque estaba claro que la tal Johana sabía también manejarse en distancias cortas, pero seguro que sentía ganas de hacerlo y tenía que reprimirse. Qué muchacha más boba, con lo buen chico que era el Lucas, tan formalito, bien educado. Eso sí que debía haber sido una madre como Dios manda, la suya; se le notaba de familia bien. Desde luego, no pegaba nada con la impresentable. Pero quizá estaban juntos, pensó. En secreto, encontrándose para rozarse y copular. Por un instante la imagen de los dos cuerpos desnudos besándose cruzó su cabeza y la apartó al momento, nunca había sido una mujer muy sexual. Y no le hubiera importado imaginar a Lucas, pero los pechos de la mascachicle, seguramente operados, no los quería ver ni en fantasía. Aún así, su cabeza se entretuvo unos segundos en considerar si tendría cicatriz y a qué altura le habrían quedado los pezones y quién habría sido el cirujano que… Uno barato, se interrumpió a sí misma. Seguro que había sido uno barato y se las había dejado fatal.

Trató de no fijarse en el prominente escote de la muchacha -sin conseguirlo del todo- y se sentó a la derecha de Mariana, la señora con la que hacía buenas migas cuando coincidía. No era como ella, claro, en absoluto, Mariana limpiaba escaleras o algo así, pero era agradable para charlar de minucias. A Mariana le gustaba complacer y a Magdalena le gustaba dejar caer aquí y allá, con indirectas, las muchas y muy caras posesiones materiales que tenía, para impresionarla. Aquél día, sin embargo, lo último que quería era hablar de sus cosas. Qué pérdida irreparable la del colgante, por Dios, qué pérdida. Si al menos lo hubiera tenido asegurado… Su marido, que era un tacaño. Para dar donaciones a asociaciones benéficas que sabe Dios qué hacían y si realmente llegaba el dinero a los pobres, para eso sí había dinero. Para un seguro de sus joyas o del iPad, no. Y luego pasaba lo que pasaba, claro. Iban ya por el tercer iPad, aunque casi no lo usara, y ahora había desaparecido su joya más valiosa.

Qué pérdida más irreparable, el collar. ¿Quién podría habérselo robado? ¿Quién? ¿Catina, la chica que limpiaba en su casa? Podía ser. No la veía con valor suficiente para hacerlo, pero no te podías fiar nunca de nadie. Cuando la necesidad aprieta la gente hace lo impensable. ¿El jardinero, el tal Mario que había empezado hacía poco? Venía tres veces por semana y en teoría no tenía por qué tener llaves de la casa, pero entre diario a veces había puertas abiertas… ¿Alguna visita? Quizá, otro día, pero no éste. Su marido gustaba de traer gente a casa a ver partidos y beber cerveza y alguno de sus amigotes podría haberse colado en su habitación buscando el baño, viendo el joyero cogiendo el colgante, pero aquél día no habían tenido visitas. Qué perdida, por Dios, qué pérdida.

Cristina le saludó desde el otro extremo de la sala. Lo de sentarse en corro tenía sus desventajas: veías a todos los demás contertulios, y ver a Cristina no era agradable. Con el pelo muy corto y los michelines derramándose en su cintura, lo peor que podía hacer era ponerse vestidos ajustados. Y lo hacía. No tenía la menor pizca de buen gusto, ni de femineidad. A veces Magdalena pensaba que el mundo se había echado a perder, pero sabía también que todas las generaciones pensaban eso de las siguientes. Aún así, no podía dejar de sentir un poco de repelús por aquella mujer que parecía un camionero. Con esa apariencia nunca iba a encontrar marido, se dijo entre compasiva y complaciente. Respondió al saludo con una sonrisa. Era importante guardar las formas en las reuniones sociales, y al menos Cristina solía aportar ideas inteligentes al debate, aunque era demasiado extremista y Magdalena sospechaba que robaba opiniones de críticos famosos.

Robaba… como quien fuera que había robado su collar de diamantes. Mejor no pensarlo, se repitió. Mejor no pensarlo.

El moderador saludó al grupo y se hizo el silencio. Este organizador no hacía introducciones, directamente saltaba al debate preguntando “¿os ha gustado el libro?” y todos se lanzaban a hablar. El joven Lucas abrió el debate sonriente, diciendo que le había gustado mucho por la fuerte cohesión que mantienen entre sí los protagonistas, y Daniel Sierra le respondió diciendo que el libro era una basura. Daniel, probablemente, no lo había leído. Solía decir sartas de tonterías una detrás de otra en las tertulias y Magdalena le había notado un desagradable pestazo a alcohol en el aliento en más de una ocasión. Una lástima, porque el hombre tenía cierto encanto entre velado, a pesar de ser chileno o paraguayo o algo así de Sudamérica. En su opinión, si no leía los libros los moderadores no deberían dejarle participar. Aún así se le permitió terminar la tontuna que estaba opinando y otros participantes tomaron la palabra.

Entre intervención e intervención Magdalena trataba de concentrarse, pero sus pensamientos se dirigían una y otra vez a algo que ya no tenía. Su posesión más valorada, que había perdido. Para cuando el debate fue perdiendo fuelle y se distendió el diálogo, comentó como de pasada que no había podido disfrutar del todo el final del libro porque no había dormido bien. Andaba preocupada por un robo, dijo.

– ¿Qué robo? -preguntó Gabriel, quizá pensando que se trataba de un evento famoso del que no se había enterado- ¿Qué han robado?

Magdalena sonrió a pesar de la pena de la pérdida. Le caía bien este chico, un adolescente con granos en la cara con los dientes perfectos. Era casi un niño, tan joven, pero ya tenía mejor saber estar que muchos otros miembros del club. Y aunque no solía hablar mucho sobre los libros, entre otras cosas porque le faltaba mucho bagaje cultural para poder opinar de forma contundente, cuando decía algo solía ser muy directo. Como ahora, con una pregunta que se había vuelto necesariamente personal.

– Ay, cariño, un robo irreparable. Ha desaparecido la más valiosa de mis joyas, precisamente el colgante que más quería -y añadió tras una pausa, para impregnar el comentario de más efecto:- De diamantes.

Oyó cómo Mariana a su lado dejaba escapar un suspiro de consternación, quizá sorprendida por una pérdida tan grave o sencillamente lamentando la desdicha de Magdalena, quien asintió levemente sin decir nada, con la vista gacha, dando a entender su pena.

– ¿Y sabes quién ha sido?

La pregunta la había hecho Johana, la impresentable, sin dejar de mascar chicle. Tuvo ganas de responderle: y a ti qué te importa, buscona. Pero no lo hizo, Magdalena apreciaba demasiado las normas sociales como para romperlas a la ligera.

– Niña, si supiera quién ha sido tendría mi collar ya porque la denuncia habría servido de algo.

Esperaba que el “niña” no hubiera sonado demasiado brusco. Lo último que quería era un enfrentamiento público con una impresentable del tamaño de Johanna. La imaginaba furiosa, levantándose de la silla y tratando de arañarle a zarpazos sin dejar de mascar chicle. No, mejor no enzarzarse con alguien así, pensaba Magdalena. Tampoco tenía ánimos para una trifulca, rememorando su collar.

– Una pérdida irreparable -repitió, en voz alta-. Y las cámaras de seguridad estaban apagadas.

– ¿Las cámaras?

Había sido Daniel Sierra quien lo preguntara, con las piernas muy abiertas y una lata de cerveza en la mano izquierda de la que bebía durante la tertulia. Era sólo la segunda lata. Lo había dicho con tono jocoso, como si tener cámaras de seguridad en casa fuera un chiste malo.

– Sí, claro -respondió Magdalena-. Están los detectores de la alarma, en el jardín y dentro de la casa, que tienen vídeo. Pero sólo saltan cuando está conectada. Y no lo estaba. No había motivo para que lo estuviera.

Algunas de las cabezas de los asistentes se alzaron para mirarla; al parecer lo que decía había captado su interés. Magdalena se sintió ligeramente importante al concentrar toda la atención por un minuto. Miró de reojo al moderador. No parecía tener intención de reconducir la discusión al libro. Habría perdido su joya más valiosa, sí, pero al menos recibiría algunos momentos de gloria relatando el suceso en distintos grupos.

– Veréis, había gente en casa cuando desapareció. Esa noche habíamos…

– ¿Seguro que se la han robado? No la habrán perdido.

Era de nuevo Daniel Sierra, levemente insolente.

– No, por supuesto, no se ha perdido. Tanto mi marido como yo recordamos haber puesto el collar en el joyero la noche anterior. No, alguien la cogió. Lo difícil es saber quién, aunque sólo hay dos personas que podrían haber sido. Como decía, esa noche habíamos salido a cenar. Nada demasiado formal, pero el collar Dova va muy bien con mi vestido negro Isabel Marant -en este punto Magdalena hizo una pausa estratégica. Cuando las prendas y los accesorios tenían nombre propio había que dejarlo reposar para que cierto tipo de gente tuviera tiempo de captar la importancia de la persona que tenían delante-, así que lo llevé al restaurante. Es mi pieza más valiosa y, bueno, debo confesar que soy un poco coqueta, ya sabéis -rio juvenilmente, como si tuviera treinta años menos, dudando si a los demás les parecería tan falsa como a ella misma su propia risa-, así que me gusta usarla de vez en cuando. Llegamos a casa tarde, a eso de las doce, y dejamos el colgante en el joyero de nuestro dormitorio. Con certeza -añadió mirando a Daniel-, porque recordamos mi marido y yo haber comentado el hecho de que guardaba la joya antes incluso de quitarme los tacones, por mucho que me dolieran los pies.

– Ese joyero… ¿tiene cerradura?

Esta vez había sido el joven Lucas, con una sonrisa muy leve a medio camino entre la curiosidad y la incredulidad, quien lo preguntara. Era una pregunta acertada. Por desgracia, no le ayudaba a resolver el misterio.

– No la tiene, querido. El joyero fue un regalo de mi difunta tía, y aunque es de buen tamaño y tiene varios compartimentos y pequeños cajones, sólo me sirven para separar las joyas, no para protegerlas. Nunca hubiera pensado que en mi propia casa, en mi dormitorio… inconcebible.

– Entonces, ¿cómo pudo ser, se las llevó Papá Noel?

La desfachatez de Johanna no tenía límites, pensó Magdalena, y el comentario era directamente una gilipollez y no había por dónde coger la mención a Papá Noel, que no tocaba, pero oyó algunas risitas aisladas ante el comentario y no quiso reprenderla por su descortesía. Al contrario, se obligó a proferir ella misma una risa un poco más alto de lo que correspondía.

– ¡O los Reyes Magos! -quiso bromear Magdalena, aunque nadie acompañó la ocurrencia simplona ni siquiera con un resoplido, así que cambió a un tono más serio, casi melancólico, mirando al suelo-. En realidad, sólo dos personas tuvieron acceso al joyero.

De nuevo sintió cómo el grupo se enfocaba en ella. Cruzó la vista con algunos de los tertulianos, que la estaban mirando fijamente. Su momento de gloria. La última frase había captado su atención e incluso Daniel Sierra se incorporó un poco en su silla, así que la repitió:

– Sólo dos personas tuvieron acceso al joyero. Veréis, el día siguiente a la cena era sábado. Mi marido se llevó a los niños al futbol, que juegan los fines de semana y les lleva a los colegios donde se hacen los partidos, así que me desperté algo pronto también, junto con él. Durante la mañana salí a la peluquería a prepararme: tenía una comida con unas antiguas amigas en Núñez de Balboa y quería… bueno, ya sabéis, soy coqueta -y añadió su risa de flirteo, esta vez más breve-. Tardé unas tres horas en volver a casa y, cuando fui a ponerme el collar de diamantes que tanto me gusta, ya no estaba. En esas tres horas, el sábado por la mañana, había desaparecido.

– Eso sí que es raro -dijo Mariana, a su lado, que solía hablar en voz muy baja como si le preocupara lo que pudieran opinar de ella-. En sólo tres horas, y durante el día, con gente en la casa.

– Sí que es raro, sí -convino Cristina-. ¿Y por qué sólo pueden haber sido dos personas?

– Cuando salí esa mañana tres personas se quedaron en la casa, y por eso no estaba conectada la alarma -explicó-: Catina, la chica que limpia en casa, que a veces viene también los sábados si no ha podido venir entre semana, porque le interesa hacer las horas; Mario, un jardinero peruano que desde hace poco viene algunas horas el fin de semana, precisamente el sábado por la mañana, para ayudar con el jardín; y mi hermana Luisa, que está pasando un par de semanas en casa, de vacaciones -dijo vacaciones para evitar tener que hablar del divorcio; un divorcio en la familia no se gritaba a los cuatro vientos- con nosotros, y que puedo descartar como sospechosa porque la quiero con locura y, además, ha sentido la pérdida de la joya casi tanto como yo. Estaba muy compungida ayer. Porque esto fue ayer, todavía estoy que no me lo creo.

– Yo diría -intervino Cristina, al tiempo que se quitaba un hilo de su hortera vestido de lunares-, que entonces hay tres personas que podrían haber cogido el collar. Técnicamente…

– No, no, no -interrumpió Magdalena-, mi hermana nunca haría una cosa así. Robarme a mí, su propia hermana, por Dios, qué disparate. No, de verdad, qué disparate. Ojalá hubiera sido ella, porque así sólo tendría que hablarle para que me lo devolviera. Pero no, es imposible. No me fio nada, eso sí, pero nada de nada, de Catina y de Mario. No porque sean de fuera, que lo son, pero eso no significa nada -en realidad Magdalena estaba convencida, y con certeza, de que la culpa de la mayor parte de los crímenes la tenían los extranjeros, pero sabía que era una opinión muy mal vista y no la compartía en público, al contrario-, nada en absoluto, pueden ser de Rumanía o de Perú y ser más honrados que un santo, pero bueno, no tienen mucho dinero, ya sabéis, y a Mario no le conocemos mucho en casa, así que puede ser, y Catina aunque lleva ya más de diez años con nosotros, pues nunca se sabe, yo siempre he sospechado un poco. No te puedes fiar de nadie.

– Siempre has sospechado un poco… ¿de qué?

Era Cristina, con la cara redondita que ahora había cambiado la sonrisa amigable por el ceño fruncido, quien seguía preguntándole. Era una radical y una izquierdosa, pensó Magdalena, y seguir por el camino de los extranjeros sólo le iba a dar problemas.

– No conocéis a Catina -respondió-. Es buena chica, pero muy envidiosa. Ya sabéis, qué mala es la envidia.

Varias personas asintieron en el corro. Nada como una aseveración con la que todo el mundo pudiera estar de acuerdo, como constatar que la envidia era muy mala, para que los asistentes asumieran que Catina era una mala persona incluso cuando Magdalena había afirmado rotundamente que era una buena chica, pero rumana.

– Hasta las almas más buenas se pervierten cuando la necesidad aprieta-dijo Mariana a su lado, y de nuevo varias personas asintieron, algunas en voz alta: “así es, sí”.

– Por eso no sé cuál de los dos pudo ser -continuó Magdalena-, si Catina o Mario, que aprovecharon que mi hermana confiaba en ellos y no estaba atenta, para robar mi joya más valiosa.

– Magdalena, si me permites, me pregunto si habías hablado de tus joyas con Catina y Mario a menudo.

Era Lucas quien había pedido permiso para preguntarle. Adoraba a este chico, siempre tan educado y formal, pero con confianza en sí mismo: no le estaba pidiendo permiso de verdad porque había formulado la pregunta de corrido tras la fórmula de cortesía. Y Magdalena sabía que de esas quedaban muy pocas en boca de la gente ya.

– Nunca, querido. No se habla del patrimonio con el servicio -añadió en un arrebato de magnificencia, recuperando una frase que había escuchado a su difunto abuelo cuando era pequeña, y que gustaba de decir tan frecuentemente como le era posible a pesar de saber que gente como Cristina Verbena o Daniel Sierra ponían los ojos en blanco al escuchar semejante afirmación. Había sido un interés primario e inconsciente en impresionar a Lucas lo que le había llevado a decirla, y a repetirla palabra por palabra tal cómo se la había escuchado a su abuelo cuarenta años atrás:- No se habla del patrimonio con el servicio.

– O sea -continuó el muchacho, mientras la impresentable Johanna le observaba soñadora-, que ni Catina ni Mario saben muy bien qué joyas tienes, ¿verdad?

– Catina las limpia, y Mario dudo mucho que las haya visto nunca. Más allá de eso, no creo que sean conscientes de lo importantes que son mis joyas -añadió, de nuevo tratando de impresionar tanto a Lucas como al resto de asistentes-. ¿Por qué lo preguntas, crees que haya sido Catina por tener acceso a las joyas?

La curiosidad por saber a dónde quería llegar el muchacho picaba ahora a Magdalena. Los demás tertulianos les escuchaban hablar sin intervenir, absortos en el dilema del robo del collar de diamantes y el misterio de quién habría podido hacerlo.

– Verás, debo confesar que yo no entiendo nada de joyas. Nada en absoluto -afirmó sin rastro de vergüenza Lucas, casi como si se sintiera orgulloso de no ser un experto en pedrería-. No sabría distinguir bisutería bien hecha de una joya única, ni podría siquiera aventurar cuánto costaría cada una.

– Ajá -asintió Magdalena, todavía sin saber cuál era el objetivo del chico con aquella información. Quizá sólo estaba comentando de pasada su poco conocimiento del mundo de la joyería, pensó-. Bueno, eres joven y… chico -añadió, no queriendo decir “hombre” porque la implicación le había parecido demasiado atrevida-, es normal que no entiendas.

– Es chico, sí, de eso no hay duda.

Lo había dicho Daniel Sierra y provocó algunas risitas, incluyendo la de la mascachicle Johanna. También Magdalena rio con el rebaño deliberadamente, forzándose. La idea de que un grupo de gente se riera de ella le aterrorizaba.

– Claro -continuó Lucas-, imagino que en tu familia es bastante normal que haya joyas, tu hermana y tú estáis acostumbradas y entendéis del tema.

– Uf, querido, no sabes cuánto. Acostumbradísimas. Distinguimos un diamante falso de uno de verdad desde la otra punta del restaurante -y se vio obligada a aclarar, para explicarse:-Literalmente desde la otra punta de un restaurante; nos ha pasado.

– Entiendo -siguió el joven- que tu joyero es bastante grande, y tienes todo tipo de… piezas.

– Sí, claro.

– Pues lo siento mucho, pero hay una conversación que debes mantener con tu hermana para que te devuelva el collar.

Por un momento Magdalena perdió el control de sus músculos faciales. No se esperaba algo así de un muchacho como Lucas. Era un disparate y una insolencia, ya había dejado claro que su hermana era imposible que robara. Estaba insultando a su familia y por extensión a ella. Incluso habían hablado de que su hermana y ella estaban muy acostumbradas a vivir entre joyas. No sabía a qué venía esto ni entendía en qué se basaba el chico para afirmar tan rotundamente que la ladrona había sido su hermana. Quizá le había juzgado mal.

– Verás, querido, me temo que te equivocas. Mi hermana nunca haría algo así.

– Ah, ¿pero no es obvio? -preguntó Lucas, y la confusión en varios rostros de los contertulios indicó tanto a Magdalena como a Lucas que no era obvio en absoluto tampoco para ellos-. Disculpa, creí que lo era. Me explicaré. Es algo que has dicho. Has dicho que el collar de diamantes era tu joya más valiosa, más que ninguna de las otras. Precisamente la más valiosa. Le he dado un par de vueltas mientras hablabas. Precisamente la más valiosa. Ni la asistenta ni el jardinero, has comentado, podrían reconocer cuál de ellas se vendería mejor en el mercado. Así que sólo tu hermana, Magdalena, podría escoger de entre todas las piezas del joyero grande ni más ni menos que la más valiosa, dejando el resto.

Magdalena tardó unos segundos en procesar la información, y luego sintió como que se mareaba un poco. No sabía exactamente cuál era la situación económica de su hermana después del divorcio, pero intuía que no era muy buena. Y siempre le había gustado ese collar, tanto como a ella. Y, desde luego, conocía bien su valor. Era la única en la casa, aquel día, que sabía que el collar era la pieza que había que robar, y no las otras. Rebuscando en el joyero, alguien menos entendido como Catina o Mario habría cogido quizá el camafeo de Tous, tan grande, o el anillo de pedida de oro con un diamante de una decena de quilates, de buen tamaño. Pero no, habían robado sólo el collar Dova.

– Oh, Dios -musitó Magdalena en voz alta, sin poder evitarlo, más fuera de sí que en sus cabales, momentáneamente confundida, como si la tierra temblara bajo sus pies-. Dios mío.

Algunos tertulianos profirieron suaves “es verdad” y “ah, claro, cierto” mientras les contemplaban, la tertulia temporalmente interrumpida. Magdalena se levantó lentamente y recogió su bolso, que sostuvo delante suya, como azorada. No estaba azorada, sólo un poco perdida porque no se esperaba semejante revelación. Todo lo que quería era hablar con su hermana cuanto antes.

– Disculpadme -dijo a los asistentes-. Debo irme. Hasta la siguiente.

Dirigió una última mirada al grupo, algunos de cuyos integrantes le respondieron con un “hasta luego” y algún “suerte”, y reservó su saludo con la mano para Lucas, que la miraba entre solemne y risueño, consciente de lo que había pasado en un instante. Magdalena dio media vuelta y echó a andar hacia la salida con el bolso de Prada en la mano, mientras a su espalda escuchaba cómo el moderador recuperaba al grupo de tertulianos y decía:

– Volviendo al libro, ¿por qué creéis que la gente del pueblo odia a los habitantes de la mansión?

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