Sobre personas y muertos (I)

Cantaba Kutxi Romero aquello de “si voy cuesta arriba tú me agarras / y otra vez le meto mano al suelo” y me pregunto quién no ha dicho de una forma u otra alguna vez eso de “sabes que te quiero, pero aléjate de mí”. En voz alta o de alto pensamiento, me da igual, para qué vamos a exigir. Hay cadáveres y hay gente. Y se entremezclan por las calles aunque no son la misma cosa.

Todos los tenemos cerca, a unos y a otros. La ventaja es que los vivos podemos elegir. Ellos, los muertos, también. La desventaja es que no saben conseguirlo. Elegir, quiero decir. Pero me desvío: decía que hay cadáveres y hay gente. Uno de los motivos por los que me gusta andar por ahí con Isa es su capacidad para subir la moral a quienes la rodeen, como lograr que el baboso de discoteca al que acaba de rechazar se vaya sonriendo, pero también su forma de contemplar el mundo desde arriba. Está viva. Y yo agradezco tener al lado a alguien que no se pase el día llorando por sus cuitas, para variar.

A veces pienso en las vidas de los demás. No mucho, ya. Últimamente vivo tan deprisa que me olvido de considerar la vulgaridad de su existencia, pero lo sigo haciendo a ratos. Y hay gente rica –nunca hablo de dinero- que se suicida con un jodido cuchillo de cocina y gente pobre –ya saben lo que digo- que no ha dejado de sonreír en sus cien míseras décadas de vida. Hay cadáveres y hay gente, y no son la misma cosa aunque a veces se entremezclen.

Suelo recordar a menudo a un compañero de facultad, Mariano, que era –y es, me perdonen que la moqueta sea ya el pasado- sordociego. Sordociego se lee muy rápido, así como de pasada, pero la única forma de comunicarse con el mundo de este chico era el tacto. Sí, se dice pronto, pero yo tuve la oportunidad de pensarlo despacio. Iba siempre acompañado por un precioso labrador negro y dos traductoras de la ONCE que se encargaban de dibujarle en la palma de la mano las letras que componían las palabras de las clases magistrales. Una a una. Tuve el placer de hablar con él en varias ocasiones. En una de ellas, para definir a la traductora rubia que le acompañaba, me dibujó una botella de Coca-Cola en la mano. No pudo ver mi sonrisa, pero estaba ahí. La suya también. Y tampoco podía ver el cuerpo de su traductora, pero desde luego sabía cuál de las dos estaba cañón.

Joder, sordociego pero más vivo que la mitad de las personas que conozco, y conozco a muchas. Y a eso voy. A que dejen de llorar(me), que ya cansa. No, pero no es eso. Llorar está bien. Alguien dijo una vez –no tengo ganas de googlear quién- que si podías mirar al año pasado y recordar haber reído o llorado, no era un año perdido. Lloren, de acuerdo. Pero no así. No como un cadáver. No sin lágrimas, sin ese desgarro brutal de quien está vivo sino con cara de seta o sonrisa fingida, con una jodida piedra a modo de corazón allá dónde van.

Me ha dado por pensar en todo esto al leer una entrevista a H.M., un paciente epiléptico al que se le extirpó el hipotálamo en los años cincuenta y no puede almacenar recuerdos nuevos, ninguno, y que hoy sirve de conejillo de indias a los nerds de Massachusetts. Si creen que Memento era dura, lean esto:

Dr. BRENDA MILNER (McGill University): When you’re not at MIT, what do you do during a typical day?

H.M. (Patient): See, that’s what I don’t – I don’t remember things.

Les animo a que no piensen ni un segundo en su existencia, la de este señor, en la clase de vida que lleva. Porque si ustedes, con su abundancia de riqueza, se pasan el día preguntándose qué han hecho para merecer esto –esto, lo que sea- mientras Mariano el sordociego se folla a su atractiva traductora, no van a tener ganas de leer el final de la entrevista:

Dr. CORKIN: What do you think you’ll do tomorrow?

H.M.: Whatever is beneficial.

Dr. CORKIN: Good answer. Are you happy?

H.M.: Yes. Well, the way I figure it is, what they find out about me helps them to help other people.

Mejor quédense con ese “yes”. Porque es un latido de corazón que implica vida como una casa. Como un jodido castillo. Y algunos de ustedes no lo tienen, ese latido, aunque les gustaría. En palabras de Guillermo, a quien siempre me alegra encontrar en Valladolid y a veces en Gandía, que escribe con viveza porque puede hacerlo: “Y si no, id a Lisboa de una puta vez y llorad por la vida que no fue y, probablemente, no será. No es desgracia ser pobre, no es desgracia ser loco. Si la pobreza no nos mata, si la locura no nos mata. Desgracia es cantar un fado, un corazón y a una boca”. Poco más que añadir.

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