Sobre personas y muertos (III)

Esta trilogía sobre vivos y muertos no es casual y tiene un por qué.  Hay quien me conoce bien y no necesita preguntar cuál es.  Tampoco yo se lo diría a nadie. El segundo Wittgenstein empezaba sus Investigaciones con la proposición de sentido “El mundo es todo lo que acontece”. No he oído nada más falso en mi vida. La afirmación en una reciente entrevista al diario AS de Vicente del Bosque, ese referente internacional para la intelectualidad, es quizá más acertada: “en general, todo lo que acontece conviene”.

Decía mi querida petite, a quien ya no puedo leer porque se me cayó accidentalmente, que la vida no es un simulacro. Verán, le daría la razón, pero entonces nos equivocaríamos los dos. Yo creo que no sólo se trata de ser buena sino de parecerlo.  Y sí, ya que estamos, le contestaré a su última pregunta, aunque ya no me lea, con palabras del Poncho K: me desgarra tu bota en la espalda aunque sea un macarra, con o sin droga discotequera de por medio (y no, no estoy hablando contigo ni de ti, a quien por cierto nunca contestaré… porque apenas sé quién eres).

Pero no voy a caerme ni con ella ni por ella. Así que ahí te quedas.  No seré yo quien te patee la boca para hundirte más en el fango, otros se encargarán de eso, pero tampoco te tenderé la mano. Lo que puedes hacer es contarme tu historia. No importa de dónde haya salido, qué me vendas o quién la haya escuchado antes. Con un poco de suerte, entre cigarrillo y cigarrillo, resucitas.

La culpabilidad, para los muertos. Verán, la vida da muchas vueltas. Y cuando te caes y te mueres, te puedes levantar. Es el lugar y el tiempo para un “si tu tombes 7 fois, toujour se relever 8”. Y cuando vuelas demasiado vivo, la hostia hasta el asfalto es de las que hacen época. Es el lugar y el tiempo para el mori memento: recuerda que eres un hombre y no un Dios. Pero no duele si todavía estás anestesiado, regresando del clímax. La diferencia fundamental entre vivos y muertos no es sólo de grado sino cualitativa: los vivos se levantan cuando tropiezan. Los cadáveres, como mucho, a base de electroshocks, se arrastran.

El otro día, en un local al que se me ocurrió entrar con dos copas de más, me dio por delirar. No demasiado, lo suficiente para impresionarte a ti, o creerme que lo hacía. Me dijiste: “¿qué chulo eres, no?”. La respuesta, esa que no te di, es: “sí”. Y si puedo venderte la moto, te la vendo. Si tú te crees que tiene tanta cilindrada es problema tuyo. ¡Es que te lo crees todo! (Y no, no estoy hablando contigo ni de ti, a quien por cierto nunca di las gracias por invitarme a casa. Gracias).

Decía el recientemente fallecido Lévi-Strauss, no el de los vaqueros sino el antropólogo, el de las estructuras latentes que me cuesta descifrar porque no puedo leerle en su idioma natal, que las culturas no sólo no son compartimentos estancos, sino que además evolucionan fusionándose entre sí y mostrando a las civilizaciones vecinas sus logros. Y tenía razón, pero no del todo (y no, tampoco te estoy hablando a ti ni de ti, a quien por cierto nunca di las gracias por el consejo. Gracias).

Por curioso que parezca, los egos de los muertos son tan grandes como los de los vivos. Quizá más, en ocasiones. La diferencia, en todo contexto, es que los primeros reclaman. Y se pasan ocho horas al día buceando en Facebook buscando algo que no está ahí. Los segundos reciben. Y esos egos son como globos rondando entre remolinos. Globos de esos que estallan cuando se les pincha o se juega con ellos, como con una consola, demasiado (y no, tampoco estoy hablando de ti ni de vosotros, a quienes por cierto nunca di las gracias por acogerme. Gracias).

Verán, el tiempo vuela. La vida puede ser, o no, un simulacro. A mí, personalmente, me gustan las historias que se cierran en sí mismas, las que empiezan donde acaban. Sin melosos arrebatos de honestidad radical, sólo historias de las que entran por los ojos, los oídos, la boca, descienden lentamente acariciando el cuello, se entretienen diez segundos fascinando al diafragma, remolonean pizpiretas por el ombligo y terminan por llegar dentro, con fuerza, hasta instalarse para siempre en nuestras vidas. Y sí, estoy hablando contigo y de ti. Sí, a ti, claro que a ti. ¿Quién si no iba a leerme entre líneas… y entenderme?

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