Sobre un dibujo a mano alzada

Hay una pausa eventual en toda lucha prolongada, un lapso efímero para la reflexión celérica y la duda inmediata, un respirar jadeante de recuperación interna y una reconsideración privada de la guerra acontecida y por seguir que implica evaluar en un amago de instante la complejidad inmensa de lo inabarcable, de lo incomprensible y de lo ignoto.

Hágase un dibujo con lápices de minas afiladas. Imagínese un hombre cualquiera y extráiganse de él los lagos de destrucción y de mierda, de miseria y de hambre, de hundimiento y de muerte, que ha generado a lo largo de su rocambolesca vida. Plásmense sobre el papel los trazos oscurecidos y guárdese el boceto incompleto en un cajón olvidado mientras se vuelcan los colores, las luces y la magia en paletas de pleno sol que se difuminan tras su uso y no se dibujan y almacenan en estantes por ser no sólo fugaces, frágiles en su calidez instantánea, sino también inadecuadas para el llanto catártico por no requerir, no pedir, no exigir a gritos ser expulsadas de la mente en fatiga.

Contémplese el universo en perenne movimiento. Imagínese un extranjero tal vez de otro planeta que verde y quizá invasor de Tierras se acercara a un cajón adormilado y observara curioso lo que el mueble olvidado contiene, acaso secretos tan celosamente guardados que ni el ser humano que los dejara allí recordara ya su significado maldito. Observara tal vez extrañado el verde ser el dibujo incompleto en una mirada sesgada y arrugara la nariz al tomar por un todo lo que fuera podredumbre expulsada precisamente por serlo.

Búsquese al hombre. Considérese el ciclo del tiempo, las caídas de las hojas, los ríos interminables, los surcos del destino y, tras interminables senderos, reúnanse el explorador espacial y el ser humano a plena luz del día en un remanso de océanos por sencilla y mera casualidad. Déjeseles conversar amablemente entre ellos, estrecharse las manos, relatar sus batallas y compartir sus creencias para despedirse luego en sonrisas de nuevas rutas.

Créese un viaje al final de todos los lugares en este o en cualquier otro universo de matices extensos hasta el término de todos los puntos donde llega el espacial cansado de viajar. Pregúntese al explorador verde quién es el hombre dibujado en el papel que arrastra en su maleta tras recorrer el fin de sus caminos.

No lo sé -dirá-. Jamás me crucé con él.

Aunque en aquel remanso calmo de paz y andaduras rutas lo hiciera, y no le reconociera.

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