Sólo podía esperar

Sólo podía esperar. En aquel momento, en aquel lugar, sólo podía esperar. Y eso hice. Me senté en aquella parada como si me fuera la vida en ello. Y quizá así fuese. Que me fuera la vida en ello, quiero decir. Dependía todo de que pasara el autobús o no, y de que parara o no. Odiaba la sensación de dependencia, de depender de que algo sucediera o dejara de suceder. Odiaba esperar impotente. Pero allí estaba, y sólo podía esperar. Así que eso hice.

Para mí era una ofensa el retraso. Pero si tenía en cuenta la ofensa, y me enfadaba, y me iba, también perdía el autobús. Y no quería eso. Siempre podía echarle la bronca al autobusero cuando llegara, si llegaba, pero entonces quizá no volviera en el futuro a pasar ni a parar para mí. Vaya dilema, saber que tienes derecho a estar enfadado y, al mismo tiempo, saber que no puedes estar enfadado porque pierdes algo que quieres. No morder a la mano que te da de comer, o similar.

Vi cómo una señora a mi lado le dio un libro a una chica joven que esperaba junto a ella. La chica lo abrió por la mitad, lo ojeó unos segundos y lo despreció dejándolo a un lado sin ni siquiera darle las gracias. No me llamó la atención su descortesía. Para bien o para mal, vivíamos en un mundo donde aquello ya no me llamaba la atención. Ya no. Pensé que esperaban al autobús por motivos diferentes. La señora se dirigía a un lugar donde sus hobbies le ocupaban el día y podía pasar unas horas contenta. Sólo quería pasárselo bien. La muchacha sin embargo iba al encuentro de un señor de León, empresario, del que se había enamorado aunque la doblara la edad y estuviera casado, con dos hijos. ¿Por qué iba a querer leer 50 sombras de Grey si su vida era un esperpento de esa novela? Yo no la juzgaba, cada uno es libre de tirar su vida a la basura como quiera. Y de sufrir como quiera. Y de lamentarse eternamente como quiera. A lo mejor la definición de libertad es la capacidad de llorar cuando uno quiere donde quiere. Resistí el impulso de acercarme a hablar con ellas. Ni la señora ni la chica tenían nada que ofrecerme.

Las dejé a las dos cuando llegó, por fin, mi autobús.

Hay compañías circunstanciales, temporales, pasajeras, en paradas de autobús de las que te desprendes sin pensarlo dos veces cuando llega el transporte que realmente quieres coger. Quizá el recuerdo de mí en su memoria sea más grande que el de ellas en la mía.

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