Thor girando en círculos antes de morir

Era un Setter Irlandés de pelo rojizo. Cuando estaba limpio, brillaba el pelaje con un resplandor propio. Era rápido para el enfado –el pastor alemán Tas que convivió con él lo sabía bien- y rápido para buscar cariños. Tenía un fuego dentro que sólo tienen los Setter; quien haya cuidado de uno sabe de lo que hablo: esa inquietud nerviosa inagotable, ese espíritu juguetón y temible con el que impregnan cada acto, esa pasión encendida en todo movimiento.

Murió de viejo, aunque le sacrificáramos por aquello de evitarle dolor. Mi hermana y mi padre no quisieron verlo. Yo me quedé a su lado mientras le clavaban la inyección, no sé bien por qué. Le acaricié la cabeza mientras se quedaba dormido en una cama de veterinario fría y ajena. Le vi morir delante mía, pero no es esa la imagen más horrenda y triste que recuerdo de él.

No solían entrar en casa, los perros que tuvimos. El primero, un Doberman que nos metió en problemas con los vecinos, tuvo su caseta en el jardín y allí comía y vivía. Pocas veces, desde que dejó de ser cachorro, le dejamos entrar en casa. Los que vinieron después aprendieron de él y se acostumbraron a no hacerlo: era una norma que cumplían a rajatabla y que les obligábamos a seguir. Sólo cuando tenían mucho miedo –los fuegos artificiales, por ejemplo, les hacían temblar y colarse dentro- se la saltaban. Tuve que meter a rastras a Thor, en sus últimos días, moribundo y empapado en dolor, al interior. Ya no era dueño de sí.

La cocina siempre le había gustado cuando a escondidas, sin que lo supiera nadie, le metía en casa para jugar con él. Disfrutaba recorriendo las habitaciones prohibidas y en la cocina, repleta de olores, salivaba y se volvía loco de contento al darle cualquier chuchería.

Aquel día no. Sin duda percibía los olores y trataba de seguirlos, pero ya estaba ido y sólo daba vueltas en círculo. La última imagen desagradable que guardo de él fue esa: empapado en dolor, usaba todo el suelo de la cocina para dar vueltas en círculo. Una y otra vez. A veces lo hacía, antes de estar mal, pero por mera pasión de Setter: saltaba y giraba de felicidad perdido en su mundo.

Aquel día no. Aquel día sólo describía una circunferencia caminando medio inconsciente. Una y otra vez. Una y otra vez. Le embargaban, creo, la emoción de siempre por estar dentro de casa, la perspectiva de rica y sabrosa comida, y el vivo calor emotivo que siempre tuvo dentro,  pero todo eso lo anulaba su enfermedad. Estaba ya moribundo y sus sentidos no funcionaban ya. Sólo daba vueltas en círculo, por toda la cocina, una y otra vez.

Una y otra vez, ido. Era como ver a un muerto en vida, girando en círculos.

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