Tiralíneas

Una línea muy fina divide el bien del mal. Habría que empezar, por cierto, a definir qué es el bien, y qué el mal. Habría que empezar por trazar una línea, si es que pudiera trazarse una. Conceptos tan vagos como la maldad y la bondad cambian no sólo de persona en persona si no también, y por supuesto, de cultura en cultura, de época en época, e incluso de situación en situación. Que tú hoy piensas que esto es malo y tú en Egipto hace dos mil años hubieras pensado que es bueno. Que a él ayer en clase de matemáticas le pareció fatal y a ella mañana comprando en el supermercado le parecerá bien. Que dónde está la línea si lo bueno y lo malo son mares sin límites, que suben y bajan y crecen y decrecen, que se mueven, que desaparecen y resurgen, que te arrastran con la marea en direcciones distintas, que te sepultan bajo litros de ola rugosa o te elevan flotando hasta que te quema el sol.

Que no hay cosas buenas ni malas, vaya, quiero decir. Que no hay una línea.

Y, al mismo tiempo, hay una línea. Todos conocemos esa línea. Todos sabemos lo que está bien y lo que está mal. La línea cambia, sí, porque la línea no existe, pero al mismo tiempo la línea está ahí, porque todos la vemos. Y a veces, más allá. Y otras, más para acá. Pero la línea está, aunque no exista. Y separamos en nuestras cabezas lo bueno de lo malo.

Se ramifican las consecuencias de lo que clasificamos; léase: cuando metemos en la saca de lo malo un determinado hecho, persona, idea, a partir de ahí una serie de hechos, personas e ideas se relacionan con lo malo de lo clasificado y todo un árbol de referencias es creado para iluminar la forma en que pensamos. Nuestra conciencia se genera, es creada, se construye. La base puede ser dada; lo construido no, es nuestro. Lo forjamos sobre la marcha clasificando a uno u otro lado de la línea. Como si hubiera una línea, que no la hay, y como si una clasificación dicotómica pudiera servir para ordenar este mundo complicado y caótico. En cierto modo, nos sirve. No es una representación exacta, pero nos sirve. Nos ayuda a ver las cosas claras aunque falseemos la realidad clasificando en dicotomías simples como bueno y malo.

Y al final, de lo que se trata en esta vida, es de ser feliz. Lo he dicho siempre. ¿Te sirve tu mapa del mundo? ¿Te ayuda clasificarme como malo? ¿Te viene bien creer que soy bueno? Clasifícame.

Debe leerse con tono casi erótico: clasifícame. Como quien dice: fóllame. O bésame, para los más parcos. O abrázame. O cuéntame.

Si tu mapa del mundo y del cielo te va a permitir abrazarme, a mí o a otros, clasifica. Clasifica sin piedad. Clasifica en vulgares divisiones sobre lo bueno y lo malo. Pero ay, amigo, si el resultado es hacer daño. Si lo que diferencia a unos de otros te lleva a herir a alguien, a hacer su vida más miserable, a pelearos, a tratar de destrozarle. Ay, amigo, remira tu clasificación. Piensa más allá de las divisiones.

Porque no hay línea que separe un lado del otro. O sea, sí la hay. Pero no la hay. Está sólo en tu cabeza. La línea que te separa a ti de los demás está sólo en tu cabeza. Usa tus esquemas mentales sobre lo bueno y lo malo sólo cuando sirvan para hacer más felices a otros. Cuando no, el mundo es diáfano.

Y no necesita rotring.

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