Todas las guerras de Exta

             Tiene el gesto cansado y la voz rota. Pero no se ha rendido, es sólo que creo que a veces se agota. He dicho rota, no quebrada. La voz se quiebra cuando pierdes los nervios, el control, la certeza. Y ella no. Porque siempre con fuerza lo hace todo. La tenga o no. La fuerza, quiero decir.

            Siempre están ahí. Las fuerzas. Sus fuerzas. Qué cautivador remolino de intenciones cada una de sus batallas. Aunque a veces se pierda. Aunque a veces no gane. Y se le canse la voz, y se le rompa el gesto. El calor desplegado en cada ademán, en cada decisión intermitente, en cada atrevimiento, en todas las jodidas locuras de un pinar abarrotado. Vaya baluarte, tan crecido como ciego.

            Pero baluarte al cabo. ¿Pueden fluctuar las rocas? ¿Pueden, cuando se les cansa la voz, y se les rompe el gesto, y aún así siguen luchando, creciendo, floreciendo? Pensé una vez decirle no, y recitarle como si de un libro de texto se tratara que necesitaba tal vez entregarse a la gente que alguna vez la rodeara, con su mano en la mía, leyendo las líneas. Qué desatino. Los baluartes no se entregan, no sin armarla -literalmente armarla- en el proceso. Son los fluctuantes baluartes los que están siempre entregados. Y ella es uno. Aunque yo no lo supiera, no lo viera, hasta que rota su voz y cansado el gesto dejara de pegarme con el pecho al otro lado de la línea divisoria. Divisoria en toda la amplitud de la acepción. Sí, precisamente.

            Nunca hay tiempo. Si hay una mentira universal, es esa. Porque lo hay, si se quiere. Si se lucha por tenerlo, fabricarlo, encontrarlo. Como cuando todo baluarte sostiene la puerta del ascensor para continuar hablando dos minutos más antes de irte. Porque cuando se tiene la fuerza, toda batalla es sencilla. Y hoy, cuando fluctúa la más bella atractiva de las rocas preciosas, me da por pensar que quizá también ella esté luchando por conservar el balón bajo presión. Que quizá la ataque ahora lo mismo que alguna vez – y todavía hoy- me ataca a mí.

            Lo maravilloso de los baluartes, lo real maravilloso de los baluartes, es que no importa. Que sean atacados o no. Porque tienen la fuerza. Porque saben cuidarse solos. Porque las rocas son capaces de librar y ganar sus propias guerras sin apoyos accesorios.

            Y se le ha roto el gesto, de acuerdo. Y se le ha cansado la voz, sí. Y a veces se pierde. Y es entonces cuando piensas: vaya resfriado más tonto te has pillado, nena. Porque sólo es el parpadeo intermitente de una luz que no se agota. Como si de un rayo se tratara. Como si estuvieras llorando, reina, porque se te ha metido algo en el ojo, y no por pena. Como si tú, acaso, siempre.

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