Todo preparado

Tenía una idea. Iba a ser el mejor invento del mundo. Si hubiera sido otra idea, no hubiera sido tan buena. Porque ninguna idea era tan buena. Lo tenía todo planeado. O casi todo. Le faltaban algunos detalles. El momento y el lugar, por ejemplo. El cómo. A ratos le faltaban también el motivo y el fin. Pero estaba todo listo. Diseñado. Salvo esos detalles. Como que no sabía por dónde empezar.

Ni sabía tampoco exactamente qué hacer.

Pero vamos, casi listo. Estaba hecho, casi. Pasaba el tiempo pensando en qué llevaría puesto cuando lo hiciera. Todavía tenía que pensar en qué iba a hacer, pero cuando lo hiciera tenía que ir bien vestido. Al menos, acorde para la ocasión. Vestir bien significa adaptarse a la situación -pensaba para sí mismo-, no por llevar traje se va siempre bien vestido. Así que imaginaba qué clase de ropa llevaría cuando llegara el momento.

Aunque no sabía muy bien qué momento era, cuál sería.

Se preguntó dónde estarían sus seres queridos cuando llegara el momento. Si estarían a su lado, o le contemplarían de lejos, o le llamarían por teléfono. Dependía mucho de qué fuera lo que fuese a hacer. Era uno de los detalles que le quedaba por cuadrar. Su idea era perfecta, pero primero tenía que decidir en qué consistiría la idea.

Pensó que si se le ocurría algo que pudiera hacerse en un garaje, molaría mucho hacerlo en un garaje. Como las antiguas bandas de rock & roll, pensó, que ensayaban en garajes. Bueno, y las nuevas, añadió a sus reflexiones. Las bandas de ahora también ensayan en garajes. Así que imaginó qué llevaría puesto, dónde estarían sus amigos y familia, y dónde sería. Quizá en un campo de fútbol. Sí, en los campos de fútbol cabía mucha gente.

Básicamente ya lo tenía todo. Era la mejor idea del mundo. Faltaban algunos detalles, como el cuándo, el dónde, el cómo, el por qué y, sobre todo, el qué. Pero cuando lo supiera, lo sabría todo. Podría hacerlo incluso en una terraza. Sí, una terraza sonaba muy bien.

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