Tu cuerpo me salvó la vida

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El 19 de enero Marcos subió a su tejado. Se había convertido en una costumbre aunque él, si se lo hubiesen preguntado, jamás lo hubiera reconocido ante nadie. Sus hormonas de adolescente sentían de vez en cuando, en forma de vaga conciencia remolona, que aquello no estaba bien. La atracción del morbo era más fuerte. Lidia le había gustado desde siempre, en clase, y los grandes ventanales de su habitación no tenían cortinas, sólo un store que casi nunca se molestaba en bajar.

Marcos nunca hubiera imaginado que sus hábitos previos a la masturbación le salvarían la vida, pero cuando los primeros zombies, uno de ellos arrastrando jirones de la cabeza de su vecino Arturo, el del Audi A3, precedieron al río de infectados y a los tumultos que asolaron las calles durante los siguientes días, Marcos agradeció a los dioses en los que no creía que la chica que le gustaba estuviera buena o jamás hubiera sobrevivido por estar en el tejado cuando todo empezó.

Al anochecer, muerto de hambre y de sed, preguntándose dónde estarían sus padres y sabiendo en su fuero interno que estaban ya muertos o al menos no vivos, el rugido de los motores de los cazas militares que sobrevolaban la zona dibujaron el único hálito de esperanza que le podía quedar ya. A lo lejos, más allá de su barrio, humanos todavía humanos encendían hogueras en las calles, barricadas en los cruces y algunos convertían sus terrazas y tejados en alacenas parecidas a fuertes. En la plaza mayor del pueblo una multitud sobrevivía manteniendo a raya a los zombies con escopetas de caza y lanzas artesanales. Para llegar hasta ellos Marcos tenía por delante un manojo de calles repletas de muertos vivientes. Entre ellos, fácil de distinguir con sus prismáticos porque estaba desnuda y muerta al salir de la ducha, avanzaba renqueante Lidia con los otros zombies. Marcos había suspirado cientos de veces al verla; esta vez, el suspiro fue completamente diferente.

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